Dos Casas Más Allá

18. La casa donde estaba lejos

Una semana después, Fernando tocó el timbre con una caja en los brazos.

Aurora abrió, miró la caja, después a Fernando y finalmente volvió a fijarse en la inscripción escrita con plumón negro en uno de los costados:

FERNANDO — CABLES / COSAS QUE NO SÉ BOTAR

Se apoyó contra el marco de la puerta.

—No.

—Sí.

—¿Tú también?

—Al parecer.

—¿Cables?

—Muchos.

—¿Que no sabes qué cargan?

—Algunos.

Aurora abrió más la puerta.

—Pasa inmediatamente.

Fernando entró sonriendo.

—Sabía que esto nos uniría.

—Más que el sexo.

—Definitivamente.

Aurora cerró la puerta y señaló la caja.

—¿Qué haces con eso?

Fernando miró hacia el rincón de Entreluz, donde la carta de Aurora estaba enmarcada bajo la lámpara.

—Pensé que quizás quería mostrarte algunas cosas.

Aurora dejó de sonreír.

—¿De tu pasado?

—Sí.

—¿Hoy?

Fernando asintió.

—Si quieres.

Aurora miró la caja.

La semana anterior él había permanecido sentado en el suelo mientras ella abría una parte de su vida. No la había interrogado ni intentado ordenar sus recuerdos. Tampoco había usado nada de lo que encontró para explicarla.

Ahora estaba ahí con su propia caja.

Aurora extendió los brazos.

—Dámela.

Fernando retrocedió.

—Pesa.

—Hueón.

—¿Qué?

—La metáfora está demasiado fácil.

Fernando soltó una carcajada.

—Déjala pasar.

—Jamás.

La llevaron juntos hasta el living.

Víctor salió de su pieza cuando escuchó el golpe de la caja contra el suelo.

—¿Otra?

—Esta es de Fernando —dijo Aurora.

Víctor leyó la inscripción.

—¿También guarda cables?

—Gracias —respondió Fernando—. Finalmente, alguien que no juzga.

—No dije eso.

Víctor volvió a su pieza y Fernando lo siguió con la mirada.

—Me agrada.

—A veces.

—¡Te escuché! —gritó Víctor desde el pasillo.

Aurora sonrió.

Enrique había salido con Viviana, así que la casa estaba extrañamente tranquila. Fernando se sentó frente a la caja, pero no la abrió. Aurora se acomodó en el suelo y esperó.

—Estoy nervioso —dijo él.

Eso la sorprendió más que la caja.

—¿Por qué?

Fernando se encogió de hombros.

—Porque una cosa es contarte quién fui. Otra es mostrarte cosas que prueban que existió.

Aurora entendió.

—No tienes que hacerlo.

—Ya sé.

—Ni porque yo abrí la mía.

—También sé.

—¿Entonces?

Fernando respiró hondo.

—Quiero.

Aurora asintió.

No necesitaba nada más.

Fernando abrió la caja.

Había cables.

Por supuesto.

Aurora tomó uno y lo levantó entre dos dedos.

—¿Qué carga?

—No sé.

—¡Hermano!

—Pero podría ser importante.

Aurora se llevó una mano al pecho.

—Nunca me había sentido tan comprendida.

Fernando sacó una bolsa con adaptadores.

—Estos sí sé para qué sirven.

—No arruines esto.

Debajo aparecieron fotografías, carpetas, papeles de los niños, entradas de cine, un llavero roto, una pulsera de hospital y varios dibujos.

Fernando fue sacando las cosas sin orden hasta que apareció una fotografía que Aurora reconoció inmediatamente.

—El bigote.

Fernando cerró los ojos.

—No.

Aurora se la quitó de las manos.

Era mucho más joven, tendría dieciséis o diecisiete años, llevaba una polera demasiado grande, el pelo imposible y, sobre el labio superior, una decisión estética indefendible.




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