El mensaje llegó un martes a las 10:43 de la mañana, mientras Aurora estaba en el colegio intentando terminar frente al computador algo que debía haber entregado el viernes anterior. Apenas vio el nombre de la corredora supo, incluso antes de abrirlo, de qué se trataba.
Hola, Aurora. Necesitamos coordinar la entrega definitiva de la casa. Quedó pendiente una caja en la bodega y también debemos recibir las últimas llaves. ¿Podrías venir durante mayo?
Lo leyó dos veces. No había nada amenazante en esas palabras, ninguna urgencia ni un problema que resolver. Solo una caja olvidada, unas llaves que debía devolver y una casa en la que ya no vivía.
Aun así, su cuerpo reaccionó antes de que su cabeza pudiera recordárselo. Sintió el pecho apretarse y las manos enfriarse mientras aparecía esa vieja necesidad de organizarlo todo de inmediato: la fecha, el viaje, los niños, el auto, la hora de llegada, la caja, las llaves y cuánto tiempo tendría que permanecer ahí antes de poder marcharse.
Aurora cerró el mensaje sin responder.
Lo hizo cuatro horas después, cuando consiguió volver al mensaje sin sentir la misma urgencia de resolverlo todo en ese instante.
Sí. Puedo ir el sábado 16. ¿Les sirve cerca del mediodía?
La corredora confirmó poco después y Aurora anotó la fecha en el calendario antes de volver al trabajo. O, al menos, intentarlo, porque ahora el sábado 16 estaba ahí, instalado en algún rincón de su cabeza junto con una casa a la que tendría que regresar una última vez.
Esa noche, Fernando estaba en El Templo. Habían terminado de comer y, mientras Víctor permanecía en su pieza, Enrique intentaba convencer a Lucas por videollamada de que existía un dinosaurio capaz de ganarle a un megalodón. La discusión no tenía ninguna posibilidad de llegar a una conclusión.
Aurora lavaba los platos y Fernando los secaba cuando decidió contárselo.
—Tengo que ir a Cauquenes.
La mano de Fernando se detuvo apenas sobre el plato que sostenía.
—¿Cuándo?
—El sábado dieciséis.
—Ya.
Aurora siguió lavando mientras esperaba algo más, pero Fernando simplemente terminó de secar el plato.
—¿Eso es todo?
Él levantó la cabeza.
—No sé.
—¿No vas a preguntar nada?
—Puedo.
—Pensé que ibas a decir que me acompañabas.
Fernando dejó el plato sobre el mesón.
—¿Quieres que te acompañe?
La pregunta la irritó de inmediato, sin motivo o quizás con demasiados.
—Puedo ir sola.
—Sí.
Peor.
Aurora cerró la llave con más fuerza de la necesaria.
—Perfecto.
Fernando la observó.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Aurora.
—Nada.
—Estás enojada.
—No estoy enojada.
—Ya.
Ese ya terminó de molestarla. Aurora se secó las manos y se volvió hacia él.
—Es que pensé que ibas a ofrecerte.
—Puedo ofrecerme.
—Ahora no vale.
Fernando parpadeó.
—¿Cómo que no vale?
—Porque te lo tuve que decir.
—Pero no me dijiste que querías que fuera. Dijiste que tenías que ir a Cauquenes.
—Sí.
Fernando apoyó ambas manos sobre el mesón.
—¿Y yo tenía que adivinar la segunda parte?
Aurora cerró los ojos.
Conchetumadre.
—No.
—Bien.
—Pero…
Se quedó callada. En realidad, no había ningún pero que tuviera que ver con Fernando. Lo que había era otra cosa, y reconocerla resultaba bastante más incómodo que seguir enojada con él.
Aurora respiró.
—Me dio miedo.
La expresión de Fernando cambió, pero no se acercó. Esperó.
—Cuando llegó el mensaje —continuó ella—, automáticamente pensé que tenía que hacerlo sola. Después te lo conté y una parte de mí esperaba que tú dijeras que ibas conmigo para no tener que pedirlo.
Ahí estaba. Feo y clarísimo.
Aurora se apoyó en el mesón.
—Y como no lo hiciste, me enojé contigo por no haber adivinado algo que yo estaba evitando pedir.
Fernando hizo una mueca.
—La letra chica.
—La conchetumadre.
Él sonrió apenas y Aurora terminó haciendo lo mismo.
Editado: 15.09.2026