Dos Casas Más Allá

34. La pregunta

Después de cinco meses de conversaciones, una consulta con una abogada, varias páginas de acuerdos y una comisión infantil que había adquirido atribuciones que nadie recordaba haberle entregado, Aurora y Fernando llegaron a una conclusión bastante poco espectacular.

Querían casarse.

No porque hubieran conseguido eliminar los riesgos ni porque la bendita libreta garantizara que nunca iban a herirse, equivocarse o descubrir alguna letra chica que todavía no habían visto. Querían hacerlo porque habían mirado las partes difíciles y, después de cinco meses de mirarlas, el deseo seguía ahí.

Fue en junio.

Estaban en la cocina de Fernando después de comer, con los platos todavía sobre la mesa y una bolsa de pan abierta entre ambos.

Fernando la miró.

—Entonces…

Aurora levantó una ceja.

—Entonces.

—¿Estamos comprometidos?

—No.

Fernando parpadeó.

—¿Por qué no?

—Dijiste que me preguntarías.

—¿Quieres que te pregunte ahora?

El corazón de Aurora se aceleró.

Miró la mesa, los platos, la bolsa de pan y a Fernando sentado frente a ella con una polera vieja y una expresión que parecía debatirse entre la ternura y el desconcierto. Podía decir que sí. De hecho, sabía que probablemente diría que sí.

Pero no era lo mismo.

—No.

Fernando asintió.

—Ya.

Nada se quebró. No apareció una decepción escondida detrás de su sonrisa ni tuvo que explicarle que aquel no, no era un rechazo. La respuesta había salido limpia y él la había recibido igual.

—Quiero la pregunta —dijo Aurora.

—Entiendo.

—No necesito fuegos artificiales.

—Bien.

—Pero quiero que sea bonita.

Fernando suspiró.

—Eso aumenta bastante la presión.

—Es información relevante.

—Lo estoy registrando.

Aurora lo miró con sospecha.

—Y quiero anillo.

—Perfecto.

—No uno enorme.

—Bien.

—Ni con un diamante de señora tradicional.

—¿Qué piedra quieres?

Aurora no sabía.

Pensó en Entreluz, en los colores y en el limonero que había cruzado con ella desde otra vida para volver a echar raíces en esa.

—No sé.

Fernando sonrió.

—Entonces tendremos que mirar juntos.

La sorpresa no estaría en el objeto.

Estaría en el momento.

Y, contra todo pronóstico, a Aurora eso le gustó muchísimo.

Fueron a una joyería pequeña que les recomendó una artesana de La Hebra.

La orfebre escuchó la versión resumida de la historia: dos casas, un limonero, una mujer que trabajaba con fibras, un hombre que hacía cosas con madera y una relación donde las puertas se seguían tocando incluso después de aprender dónde estaban las llaves.

—¿Quieren símbolos evidentes? —preguntó.

—No —respondieron los dos.

La mujer sonrió.

—Eso ayuda.

Les mostró varios diseños hasta que Aurora encontró una banda de oro cálido e irregular, como una hebra rodeando el dedo. En el centro podía llevar una piedra pequeña.

Probaron distintos verdes. Algunos eran demasiado oscuros, otros demasiado brillantes o perfectos, hasta que apareció una turmalina cuyo color cambiaba de un extremo al otro, verde profundo en una parte y mucho más claro en la otra.

—Parece una hoja —dijo Aurora.

Fernando la miró.

—O un brote.

Aurora pensó inmediatamente en el limonero.

—Esa.

La orfebre tomó la medida y después le entregó el diseño a Fernando.

—Estará listo en tres semanas.

Aurora salió de la joyería sabiendo exactamente cómo sería su anillo y sin tener idea de cuándo iba a recibirlo.

Descubrió que esa combinación era muchísimo más emocionante de lo que había previsto.

También bastante más insoportable.

Durante las semanas siguientes sospechó de absolutamente todo.

Fernando la invitó a cenar y Aurora se arregló como si fuera a recibir un premio internacional.

No pasó nada.

Salieron a caminar y ella revisó discretamente sus bolsillos.

Solo llevaba las llaves.




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