Elena
El evitar a Luca se estaba volviendo cada vez más doloroso.
Cada vez que cambiaba de pasillo para no cruzármelo, sentía un nudo en el estómago. Cada vez que respondía rápido y me iba, veía el dolor y la frustración en sus ojos grises. Cada vez que evitaba quedarme sola con él, una parte de mí se rompía.
Pero el secreto de los cuatrillizos pesaba más que todo.
Mis síntomas empeoraban. Las náuseas eran más frecuentes, el cansancio me obligaba a sentarme a escondidas, y mis pechos estaban tan sensibles que hasta el delantal me molestaba. Empecé a usar ropa más holgada debajo del uniforme cuando podía.
Luca seguía insistiendo.
Una tarde me llamó a su despacho. Entré con el corazón en la garganta.
—Ciérrala —ordenó desde su sillón.
Obedecí y me quedé de pie frente al escritorio.
Se levantó lentamente y se acercó. Su presencia imponente llenaba la habitación.
—¿Cuánto tiempo más vas a seguir con esto? —preguntó con voz baja y peligrosa—. Ya no duermes en mi cama. Ya no me miras. Ya no tiemblas cuando te toco… o tiemblas por otras razones.
—Luca… —intenté decir.
Me acorraló contra el escritorio, sus manos a cada lado de mi cuerpo.
—Dime qué está pasando —exigió—. Porque estoy a punto de perder la cabeza. Te veo pálida, cansada, huyendo de mí como si te hubiera hecho daño. ¿Te arrepientes de haberme dejado entrar en tu cuerpo? ¿De haber gemido mi nombre mientras te follaba?
Las lágrimas llenaron mis ojos.
—No me arrepiento —susurré—. Pero no puedo seguir así ahora.
Su mano subió y acarició mi mejilla con el pulgar.
—Entonces déjame ayudarte. Sea lo que sea.
No pude decírselo. Todavía no.
Me aparté suavemente y salí del despacho casi corriendo.
Esa noche, en mi habitación, me toqué el vientre con ambas manos. Ya se notaba un leve abultamiento si prestabas atención. Cuatro bebés. Cuatro hijos de Luca D’Avenzi.
Y yo seguía huyendo.
Luca, mientras tanto, se estaba volviendo más obsesivo.
Lo sentía en su mirada cuando me observaba desde lejos. En las órdenes que daba para que estuviera cerca aunque yo encontrara excusas. En la forma en que su mandíbula se tensaba cada vez que me veía escapar.
La distancia que yo ponía solo alimentaba su obsesión.
Y yo sabía que tarde o temprano explotaría.
Solo esperaba poder encontrar el valor para contarle la verdad antes de que fuera demasiado tarde.