Elena
La distancia que había puesto entre nosotros se estaba volviendo insoportable para los dos.
Luca ya no solo me buscaba. Me acechaba.
Lo sentía en cada pasillo, en cada esquina de la mansión. Sus ojos grises seguían cada uno de mis movimientos. Cambiaba mis tareas para tenerme más cerca, aunque yo encontrara excusas para irme rápido. A veces lo veía desde lejos, de pie en las escaleras o en la terraza, observándome con esa expresión fría y obsesiva que me hacía temblar.
Mis síntomas del embarazo seguían empeorando lentamente. Las náuseas eran más frecuentes por las tardes, el cansancio me obligaba a sentarme a escondidas en la cocina de servicio, y mis pechos estaban tan sensibles que el uniforme se sentía como una tortura constante.
Una noche, después de un día especialmente duro, me encerré en mi habitación y me toqué el vientre. Ya se notaba un pequeño abultamiento si te fijabas bien. Cuatro bebés. Cuatro vidas que crecían dentro de mí mientras yo huía del padre.
Lloré en silencio, abrazándome las rodillas.
No podía seguir así mucho más tiempo.
Al día siguiente, Luca me interceptó en uno de los pasillos largos y poco iluminados.
—Elena —dijo, bloqueándome el paso—. Ya basta.
Intenté rodearlo, pero me sujetó suavemente del brazo.
—No huyas otra vez —pidió, aunque su voz sonaba más a orden—. Mírame.
Levanté la vista lentamente. Sus ojos estaban llenos de frustración, dolor y esa posesión que nunca desaparecía.
—¿Qué te he hecho? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué ya no me quieres cerca? ¿Te lastimé sin darme cuenta? ¿Te arrepientes de todas las noches que pasaste en mi cama?
—No me arrepiento —susurré, con la voz quebrada—. Pero no puedo seguir como antes.
—¿Por qué? —exigió, acercándose más—. Dime la verdad. Porque verte huir de mí me está destruyendo.
Sus manos subieron a mi rostro, sosteniéndolo con una mezcla de ternura y desesperación.
—Te extraño —admitió en un murmullo ronco—. Extraño tu sonrisa tímida. Extraño cómo temblabas cuando te tocaba. Extraño oírte decir mi nombre mientras te hacía mía. No soporto esta distancia.
Una lágrima escapó de mis ojos.
—Luca… por favor… dame más tiempo.
—No tengo más tiempo —respondió, su frente apoyada contra la mía—. Porque siento que te estoy perdiendo. Y no sé cómo vivir con eso.
Me besó. Fue un beso lento, profundo, cargado de todo el deseo reprimido y el dolor acumulado. Por un momento me rendí, respondiendo con la misma intensidad, mi cuerpo traicionándome como siempre.
Pero luego me aparté.
—Necesito irme —susurré, escapando de sus brazos.
Caminé rápido por el pasillo, sintiendo su mirada quemándome la espalda.
Esa noche no dormí.
Sabía que Luca estaba al límite.
Y yo también.
El secreto de los cuatrillizos ya no podía ocultarse por mucho más tiempo.
Pronto todo iba a explotar.