Luca
Elena se estaba escapando de entre mis dedos y eso me estaba volviendo peligroso.
Ya no era solo frustración. Era una obsesión que me consumía día y noche. La veía cambiar de pasillo cuando me acercaba. La oía inventar excusas para no quedarse sola conmigo. Notaba cómo evitaba mi mirada, cómo su cuerpo ya no se inclinaba hacia mí como antes.
Y lo peor: la veía deteriorarse físicamente.
Estaba más pálida, más cansada, con ojeras que intentaba disimular. A veces la sorprendía con una mano en el estómago, respirando profundo como si le doliera algo. Cuando intentaba tocarla, se tensaba. Cuando intentaba besarla, se apartaba.
Eso me estaba matando.
Esa mañana la encontré en mi despacho, limpiando el escritorio. Entré y cerré la puerta con llave.
—Elena.
Se sobresaltó y siguió limpiando sin mirarme.
—Termino rápido y me voy.
—No —dije, acercándome—. No te vas hasta que hablemos.
La acorralé contra el escritorio. Mis manos se posaron a cada lado de su cuerpo, atrapándola.
—¿Por qué ya no vienes a mi habitación? —pregunté con voz ronca—. ¿Por qué ya no tiemblas de deseo cuando te toco? Antes gemías mi nombre como si no pudieras vivir sin mí. Ahora actúas como si te diera miedo.
Sus labios temblaron.
—Luca… las cosas han cambiado.
—¿Qué cosas? —exigí, inclinándome más cerca—. Dímelo. ¿Estás enferma? ¿Alguien te está amenazando? ¿Es mi hermano otra vez?
—No es nada de eso —susurró, con los ojos llenos de lágrimas—. Solo necesito espacio. Por favor.
—Espacio —repetí con amargura—. Te di espacio y te estás alejando más cada día. Te veo pálida, cansada, huyendo de mí. ¿Crees que no lo noto? ¿Crees que no me duele verte así?
Una de mis manos subió y acarició su mejilla. Ella cerró los ojos, como si mi toque le doliera y le gustara al mismo tiempo.
—Te extraño en mi cama —murmuré contra su boca—. Extraño tu cuerpo contra el mío. Extraño oírte gemir cuando entro en ti. Extraño que me mires como si yo fuera lo único que importara.
La besé. Al principio suave, luego más profundo, intentando recuperar lo que sentía que se estaba rompiendo. Sus labios respondieron por un segundo, pero luego se apartó.
—No puedo… no ahora —dijo con voz rota.
La solté, respirando agitado.
—Sea lo que sea que te está pasando —dije con tono oscuro—, lo voy a descubrir. Y cuando lo haga, no voy a dejarte escapar. Eres mía, Elena. Aunque tú ya no quieras serlo.
Salió del despacho casi corriendo.
Me quedé solo, con los puños cerrados sobre el escritorio.
La obsesión ya no era solo deseo.
Era necesidad.
Necesidad de tenerla cerca, de protegerla, de entender por qué se estaba alejando.
Y cuanto más huía, más peligroso me volvía.
Esa noche volví a rondar el pasillo de la zona de empleados. Me quedé frente a su puerta durante casi media hora, escuchando. No entré. Solo esperé, como un hombre al borde del abismo.
Elena Bianchi me estaba volviendo loco.
Y yo no sabía cuánto tiempo más podría contenerme antes de explotar.