Elena
El peso de los cuatrillizos se hacía más real con cada día que pasaba.
Ya estaba en la semana ocho aproximadamente. Mi vientre seguía casi plano, pero mis pechos habían crecido y dolían constantemente, la fatiga era tan fuerte que a veces tenía que apoyarme en las paredes para no marearme, y las náuseas aparecían en los momentos más inoportunos. Había empezado a vomitar en secreto, escondiéndome en baños alejados o en mi habitación cuando nadie miraba.
Evitar a Luca se había convertido en una supervivencia diaria.
Ya no solo cambiaba de pasillo. Ahora planeaba mis rutas por la mansión: usaba las escaleras de servicio, entraba a las habitaciones cuando sabía que él estaba en reuniones, y respondía a sus llamadas con excusas cortas y educadas. “La señora Rossi me necesita en la lavandería”, “tengo que organizar el comedor para la cena”, “no me siento bien hoy”.
Cada vez que lo veía venir por uno de los pasillos largos y elegantes, mi corazón se aceleraba y giraba sobre mis talones. Sentía su mirada gris acero clavada en mi espalda, pesada, frustrada, cada vez más oscura.
Una tarde, mientras estaba en la terraza trasera recogiendo hojas secas del suelo (una tarea que pedí expresamente para estar lejos de las zonas principales), lo sentí antes de verlo.
—Elena.
Su voz grave resonó detrás de mí, baja y controlada, pero cargada de algo peligroso.
Me tensé, apretando el rastrillo entre las manos.
—Señor D’Avenzi.
—No me llames así —dijo, acercándose. Sus pasos sobre la grava eran lentos y deliberados—. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir huyendo de mí como si fuera un extraño?
No me giré. Seguí recogiendo hojas, aunque mis manos temblaban.
—Tengo trabajo que hacer.
En dos pasos estuvo detrás de mí. Sus manos grandes se posaron en mis hombros, girándome con firmeza pero sin lastimarme. Sus ojos grises me estudiaron con intensidad.
—Estás más delgada. Tienes ojeras. Y ya ni siquiera me miras cuando te hablo. ¿Qué te he hecho para que me evites de esta forma?
Tragué saliva, luchando contra las lágrimas que siempre parecían estar a punto de salir.
—Nada, Luca. Solo… necesito distancia. Todo entre nosotros fue muy rápido, muy intenso. Necesito pensar.
—Mientes —gruñó, sujetando mi barbilla para obligarme a mirarlo—. Puedo verlo en tus ojos. Hay algo que no me estás diciendo. ¿Es por Nico? ¿Te dijo algo? ¿Te amenazó?
—No es Nico —respondí rápidamente—. Es… complicado.
Su mandíbula se tensó. La mano que sujetaba mi barbilla bajó lentamente por mi cuello, rozando mi piel con una mezcla de posesión y preocupación.
—Complicado para ti. Para mí es muy simple: eres mía. Duermes en mi cama. Gimes mi nombre cuando estoy dentro de ti. Y ahora actúas como si te diera asco mi presencia.
Sus palabras me dolieron profundamente. Quería contarle todo. Quería gritar que llevaba a sus cuatro hijos dentro de mí. Pero el terror de su reacción me paralizaba.
—Luca… por favor, dame tiempo —susurré, apartándome suavemente.
Me dejó ir, pero su expresión se volvió más oscura.
—No voy a darte mucho más tiempo —advirtió en voz baja—. Porque cada día que pasas huyendo de mí, siento que te estoy perdiendo. Y yo no pierdo lo que es mío.
Se alejó por el jardín, dejando atrás una tensión que me dejó temblando.
Esa misma noche, mientras intentaba descansar en mi habitación, escuché pasos en el pasillo de servicio. Sabía que era él. Luca había empezado a rondar la zona de empleados por las noches, como si necesitara comprobar que yo seguía allí.
No golpeó. Solo se quedó afuera un rato largo. Sentí su presencia a través de la puerta. Finalmente, se fue sin decir nada.
Me acosté abrazando mi vientre, llorando en silencio.
Cuatro bebés.
Y su padre estaba perdiendo el control porque yo no podía mirarlo a la cara.