Entre la oscuridad y el Cielo

1

General Dimitri Raubtier

Dimitri es un hombre de 36 años. Él es heredero del dios de la muerte y las sombras, Ygor. A ellos les llamaban los “Oscuros”.

Se ha quedado huérfano desde muy joven; sin embargo, sus dones son invaluables, pues posee uno de los linajes más puros que aún existen sobre el Mundo Azul.

Se despierta igual que las aves, pues el ruido de su aleteo siempre lo ha despertado. Posee un sueño bastante ligero. Demasiado para su gusto.

Abre los ojos sin levantarse de la cama y suspira el aire mañanero que se cuela por sus enormes ventanas abiertas. Es el único momento del día en el que puede respirar con tranquilidad...

Dimitri es un hombre al que le encanta la soledad. Los hombres como él son demasiado territoriales para compartir espacio demasiado tiempo con alguien.

—Buenos días, señor Dimitri. ¿Cómo se encuentra?

—Como cada mañana, Louis.

Louis siempre pregunta lo mismo y Dimitri se encuentra cansado de responder siempre lo mismo.

Louis es de las personas que resultan tolerables para Dimitri. Como buen Oscuro, uno de los grandes dones que posee es el de tener un agudo olfato. Tan agudo que puede oler a las personas de una manera peculiar. Huele sus miedos, sus alegrías, sus intenciones.

La mayoría de la gente posee un olor desagradable y los demás son apenas aceptables. Louis huele a clavo, o al menos eso es lo que Dimitri puede relacionar con él. No es como si realmente oliera así, ya que lo que él puede percibir no está relacionado con la higiene, sino con el alma.

Dimitri siempre busca una forma de asociar el olor de una persona con algo más rudimentario. Le entretiene esa especie de juego.

El amable mayordomo le sirve el desayuno y Dimitri come sus huevos tibios y tostadas con apetito feroz.

Saca su reloj de bolsillo y mira la hora. Recuerda que debe asistir a una junta sumamente importante con sus aliados.

El reinado de Mideltown está encabezado por Bingling, el cuñado del rey Osmin, quien ha estado convaleciendo durante casi media década debido a una extraña, pero corrosiva, enfermedad que le ha impedido todo movimiento y pensamiento cuerdo, dejando así el reinado en manos de esa sanguijuela corrupta y vil.

Las intenciones de Dimitri son desenmascarar sus artimañas, exponerlo ante el Parlamento y mandarlo a la horca o a la guillotina.

—Me ha llegado una carta del sur, donde el invierno ya ha golpeado —dijo Dinsel, un hombre joven y apuesto, de piel morena y mano derecha de Dimitri—. Dicen que el número de rebeldes es cada vez mayor y que han aumentado los ataques contra los mágicos y herederos, así como los saqueos de reses y cosechas.

Los rebeldes son humanos. Humanos que han formado una guerrilla o, mejor dicho, que iniciaron como una guerrilla. Ahora ya son un ejército bastante consolidado para seguir acabando con el mundo mágico. Utilizan métodos bajos y corruptos, como lo es su simple naturaleza.

—Estoy seguro de que Bingling está implícito en esos ataques... —continuó Dimitri.

—Me es difícil creerlo...

—No hay otra explicación para que unos simples humanos estén llegando tan lejos —agregó Kass—. No podemos permitir que el equilibrio del mundo sucumba. ¿Qué pasará si se extinguen los pocos sanadores que quedan? ¿Los sabios? ¿Qué pasará con las cosechas de los naturales?

—Los humanos están creando sus propias medicinas, sus propios métodos de cosecha... —dijo Dimitri—. Y eso los está haciendo fuertes.

—¡Lo logran gracias a las tecnologías de los sabios!... Las pocas que quedaron después de la Gran Guerra.

—¡El Ejército Oscuro debe interferir!

—Y lo haremos, Dinsel. Empezaremos hoy mismo.

Dimitri sacó de un gran portafolios un mapa, un mapa gigante de todo el territorio, y con su dedo señaló una equis marcada en él.

—Debemos estar ahí en punto de las tres de la mañana. Pasará un grupo de rebeldes con un cargamento de armas.

—¿Armas? ¿De dónde demonios consiguieron armas? ¡Malditos engendros! —soltó Kass.

—Son armas a base de pólvora, algunos arcos y navajas... Pero lo que más me interesa son los explosivos.

Kass silbó por lo bajo. Las armas a base de pólvora y los explosivos eran difíciles de encontrar.

—¿De dónde sacaste esta información? —preguntó Dinsel.

—Tengo un espía en todos los caminos. Y sé también que ese cargamento se los pudo haber facilitado nuestro querido Bingling.

—¿Bingling confabulando directamente con los rebeldes?

***

En punto de las 7:00 p. m., Dimitri hace lo que acostumbra desde hace meses.

Se coloca una gran capucha de color negro que cubre por completo su rostro, sube a su caballo y cabalga hasta el pueblo, hacia los rumbos humanos específicamente.

Salir de su mansión le causa algunas molestias. Los ruidos son demasiado abrumadores para su oído agudo. Tuvo que entrenar bastante para poder controlar sus habilidades y no volverse loco...

Baja de su caballo de una zancada. Con sus grandes piernas le resulta sencillo. Como de costumbre, le hace un gesto a su caballo, que parece entenderlo, y el cuadrúpedo da media vuelta y se retira con pasos lentos.

El desgastado y viejo letrero de madera, que se encuentra medio chueco, colgado de un muro, dice:

“La Taberna del Loco Joe”

Entra y pide una cebada de raíz, que es la única bebida humana a la cual le ha tomado algo de cariño, y se sienta en el mismo lugar de cada noche, apartado del bullicio de la taberna, con las sombras de su capucha cubriendo su rostro.

Esperando.

Esperando.

Esperando.

Ahí está.

Aún no la puede ver y su aroma ya llegó a sus fosas nasales. Un aroma... ¿a vainilla, jazmín, quizá algo parecido a la lavanda?

Lleva meses tratando de relacionar aquel delicioso aroma con algo que él conozca... y le es imposible.

El aroma se intensifica.

Y aquella mujer, blanca como la leche, de cabello castaño y ondulado hasta la cintura, ojos azules como el cielo y labios rojos y carnosos, sale de una puerta del fondo con una charola llena de botanas.




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