Entre la oscuridad y el Cielo

8

Cielo

Despierta por los rayos del sol que se cuelan por su ventana y acarician su rostro.

¿Acaso aparecer en su alcoba sin recordar nada sería una costumbre?

Lo último que recuerda es estar en la biblioteca, leyendo uno de los libros que Dim, el General Raubtier, le solicitó sacudir... Y ahora se encuentra en su alcoba, tapada con el cobertor color azul rey.

Ah, y tampoco lleva zapatos.

¿Cabe la posibilidad de que, de la nada, se haya vuelto sonámbula?

Sin duda, eso es más probable a que, por arte de magia, apareciera de pronto en su alcoba. En un castillo rodeado de mágicos eso sigue siendo imposible, ¿no?

Pero vaya que le había hecho bien descansar. No recordaba la última vez que había dormido largo y tendido. Aún era de día cuando se quedó dormida.

Qué vergüenza.

El rubor cubrió de pronto sus mejillas al pensar que apenas llevaba dos días allí y ya se había quedado dormida en plena jornada laboral. ¿Qué pensará su jefe cuando vea que no sacudió todas las páginas de los libros que le pidió? Pensando, claro, que haya sido una petición real y no una extraña forma de demostrar su poder.

Aunque él tiene todo el poder. No necesita demostrar nada.

Se puso uno de los vestidos de manta que le había prestado Kala. Parece ser que cada vez se llevan mejor. Aún no tienen la confianza suficiente para considerarse amigas, pero van por buen camino.

Sin embargo, aun con la amabilidad de Kala, Cielo está consciente de que no puede vivir de vestidos prestados. En cuanto reciba su primer pago, irá al pueblo a comprar algunos. No será un número escandaloso; quizá con uno para cada día de la semana le baste.

El día de ayer pensaba curiosear por la galería, ya que su jefe en algún momento también la mencionó. De ese pequeño atisbo de indicaciones que recibió aquel día está basando todo su desempeño laboral.

Se encaminó a la galería. Recordaba bien dónde estaba. Desde que la mencionaron, aun en su pésimo estado, la curiosidad la carcomió.

Tomó el pomo con la mano y se descubrió un poco nerviosa. Jamás ha visto arte de los herederos con sus propios ojos, pues es algo que los humanos no son dignos de admirar. No tienen el dinero suficiente para acceder a él ni tampoco el talento para crearlo... no como los herederos.

Al entrar se decepcionó un poco. Todas las piezas estaban cubiertas con sábanas blancas que, debido a las toneladas de polvo, se veían grises.

Comenzó a destapar los cuadros uno tras otro...

Y cuando por fin todas las sábanas se encontraron en el piso, Cielo se quedó anonadada.

No supo cuánto tiempo estuvo así hasta que escuchó:

—¿Le gusta el arte, Cielo?

Dimitri ya se encontraba a su lado. Ni siquiera lo había escuchado entrar.

—No lo sabía hasta hoy.

Sintió una humedad correr por sus ojos y se la limpió rápidamente, con la esperanza de que su jefe no lo hubiera notado.

—Antes, esta era mi habitación favorita de todo el castillo... —dijo, con la vista también clavada en las obras de arte.

—¿Y ahora?

—La verdad, llevaba años sin pisarla.

—No imagino vivir bajo el mismo techo que estas piezas y no admirarlas a diario...

Hubo silencio.

—Ahora usted también vive aquí y puede venir cada vez que quiera.

¿Acaso eso había sido amabilidad de parte de mi gruñón jefe?

Lo miró de reojo y simplemente le sonrió.

Unos minutos después, el hombre salió tan sigiloso como entró.

En cambio, Cielo no salió hasta que sacudió cada rincón de aquella habitación, cada marco de cada cuadro y quitó todas las telarañas.

***

—¡No dejaré que una sucia humana toque mis utensilios de cocina! —gritó Filemona, furiosa.

—Entiendo. Respire, por favor... No quiero que le vaya a dar un infarto.

—Vienes aquí a querer entrometerte en mi cocina. Niña igualada.

—No, no, es solo que... usted es una leyenda por los pasillos de este castillo.

—¿Qué?

—Sí, todos hablan de Filemona, la heredera con descendencia sanadora, pero que cocina como los mismos dioses.

Para un heredero perteneciente a una comunidad es difícil tener otra vocación que no tenga que ver con su linaje; además, claro, de la valentía de cuestionar los dones sagrados. Así que sí, es digna de admirar... aunque Cielo quizá ha exagerado un poquito.

—¿Así? ¿De verdad dijeron eso?

—Sí, de verdad... Además de sus ricos platillos, hablan de ese temple de acero. Tiene a más de uno cacheteando las banquetas.

La mujer regordeta se sonrojó.

—No mientas... Yo pensé que no valoraban mis platillos ni mi esfuerzo.

—No, lo digo de verdad... —Por lo que ha escuchado, los mágicos no están familiarizados con las mentiritas piadosas. ¿A veces se valen, ¿no?—. Yo simplemente quería poder compartir recetas con la leyenda de leyendas... Pero ya será en otra ocasión.

Hubo un silencio.

—¡Humana! Ven aquí... Te dejaré ayudarme. Anda.

Pasaron toda la tarde cocinando.

Primero hicieron una receta de tallarines y anchoas que, sin exagerar, quedó más que deliciosa a File, como ahora Cielo la llama.

Después hicieron unas galletas que File accedió a cocinar cuando Cielo le dijo que era una receta de su madre difunta y que no las podía cocinar desde hacía años.

Y es nada más que la verdad, pero dramatizó un poco la historia para evitar recibir una negativa. Las personas, mágicas o no, por lo que ve, siempre se sensibilizan con los padres difuntos.

Algunas ventajas tendrá ser huérfana.

Pensó aquello para borrar ese atisbo de remordimiento por haber manipulado un poco a la cocinera.

Ambas se encontraban sentadas en las sillas del antecomedor que estaba en el interior de la cocina.

—Muchas gracias por dejarme cocinar contigo. Ha sido un honor.

File se puso un poco roja y, una vez más, quedó claro para Cielo que a veces las personas más duras solo requieren un poco de reconocimiento para ablandarse.




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