Entre la oscuridad y el Cielo

4

Cielo

Son las once de la noche y Cielo se encuentra en su alcoba. Ya limpió y fregó los pisos, acomodó sus pocos vestidos y sacudió todo su armario.

Cielo no está acostumbrada a quedarse en casa sin algo que hacer... De hecho, aún no se acostumbra a la idea de no trabajar en la taberna.

¿Dios, y ahora qué voy a hacer?

Piensa mientras se recuesta en su cama y mira el techo de madera, cubierto de humedades.

Le había dicho a su tío que le daría el dinero de la escuela de Lydia... pero no pudo juntar toda la cantidad.

Se mordió el labio inferior, como hacía cada vez que estaba angustiada.

Me va a matar. Mi tío me va a matar.

No tuvo el valor de confesarle nada ese día. Le inventó un estúpido pretexto: que estaban fumigando la taberna debido a las termitas y que por eso no abrirían esa noche.

Al parecer, su tío le creyó.

Quizá si mañana consigo otro empleo no tenga que decirle nada y aún pueda conseguir el dinero para la fecha que lo necesita.

Con esa idea, un atisbo de esperanza le iluminó el corazón.

De repente, comenzó a caer en un sueño profundo sin darse cuenta.

En sus sueños vio el rostro de Dimitri...

—¡¡Eres una maldita mentirosa!! —gritó su tío entrando en su alcoba.

Cielo se despertó de golpe.

—¿Creíste que no me iba a enterar? ¡La taberna está hecha cenizas!

¿Qué?

—No, no... Yo no sabía.

—¡Me mentiste! ¡Te quedaste sin empleo y, en lugar de estar buscando, estás aquí dormida!

—Tío, lo siento mucho. Pensaba mañana...

Le estampó una fuerte bofetada en el rostro, tan fuerte que la tiró al piso.

—¿Conseguiste el dinero de la escuela de Lydia? —preguntó iracundo.

Cielo percibió el aliento alcohólico.

El miedo desbordaba por sus ojos y solo pudo negar con la cabeza.

—¡¡Eres una holgazana!! Yo me parto el lomo manteniendo esta casa y tú eres una egoísta malagradecida.

—Tío, voy a conseguir otro empleo. Conseguiré el dinero —dijo en un hilo de voz, aún sobre el piso.

Su tío le dio un par de patadas en el torso para callarla.

—Debí haberte echado en cuanto murió Bianca.

Fue lo último que dijo antes de irse y dejarla ahí tirada.

No era la primera vez que su tío la golpeaba, pero de la última vez hacía poco más de un año.

En aquella ocasión, su tío también había vuelto borracho. Al día siguiente se disculpó, o algo así, y prometió jamás hacerlo otra vez...

Cielo se quedó en esa misma posición, sin moverse, y lloró toda la noche.

Le dolía respirar.

Quizá me rompió una costilla.

Al amanecer se incorporó.

Como de costumbre, se bañó con un balde de agua fría y una esponja medio deshecha.

Los moretones en sus costillas estaban púrpuras y un dolor agudo le punzaba el alma.

Soltó un gemido de dolor al ponerse su vestido, pero, aun así, se esmeró en su peinado y pellizcó sus mejillas para darles color, como lo hacía cada vez.

Y aunque aquella bofetada no le había dejado marca, sus moradas ojeras se podían ver a kilómetros de distancia.

Gracias a Dios aún me queda un poco de maquillaje con el cual puedo cubrirlas.

La señora Karlota se lo había regalado en su cumpleaños hacía dos años.

Era la única persona que le había regalado algo.

Y antes de que el sol saliera por completo, ella ya había salido de su casa.

No puedo volver a casa si no encuentro un empleo.

Desde que salió de su casa hasta la hora de entrada a la mercería, se la pasó preguntando negocio por negocio, incluso en algunas viviendas, si requerían empleada, ayudante o lo que fuera...

Siempre dejando muy claro que si importaba cuál fuera el trabajo, porque notó en algunos hombres que la idea equivocada les cruzaba por la mente.

Hombres asquerosos y pervertidos... hombres.

Esa frase la pensó e incluso la susurró varias veces durante la mañana.

Porque, para empezar, si estaba metida en aquel lío, era por eso mismo.

Aun con la evidente urgencia de conseguir otro empleo, cuidó de no llegar ni un minuto tarde a la mercería.

Bastante problema era encontrar un empleo; si se quedaba sin los dos, estaría perdida.

Se calmó varias veces diciéndose a sí misma que, en cuanto fuera su hora de salida, saldría disparada para continuar con su búsqueda.

Aunque la esperanza de encontrarlo se iba apagando.

Su hora de salida era a las seis de la noche, cuando la mayoría de los negocios decentes estaban cerrando.

—¡¡Noticiario!! ¡¡Compren su noticiario!!

—¡Timoti! —lo llamó Cielo.

El niño, de unos doce años, se acercó junto con su paca de periódicos.

—Dame uno, por favor.

—Claro. Son treinta centavos.

Extendió el periódico y se lo entregó.

Cielo hurgó entre sus bolsillos y sacó las monedas.

Sí, por un momento se sintió tentada a decirle a Timoti que la dejara ser su compañera de trabajo.

En su estómago se formó un nudo al ver en primera plana del periódico la noticia del incendio de La Taberna del Loco Joe.

Se llevó una mano al pecho al leer.

"Taberna es encontrada hecha cenizas y polvo, así como cinco cuerpos calcinados. Uno de ellos fue identificado como el dueño, a quien se le conocía como el loco Joe.

Ciudadanos de los alrededores declaran que la noche del incendio hubo una pelea campal, situación bastante común por esos tuburios. La policía real investiga, pero parece que fue una continuación de la pelea. Las cosas se calentaron de más. Tanto, que ardieron en llamas."

¿Quién demonios redacta las noticias? Mira que hacer un chiste de esto es ruin.

Por unos momentos, una oleada de lástima cubrió a Cielo.

Joe, quien había sido su jefe durante mucho tiempo, había muerto y, por lo que veía, de una forma bastante dolorosa...

Creo que tendremos que esforzarnos el doble para que esto funcione, querida Cielo.




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