Cielo
Se encontraba aturdida y escuchaba la voz de Dimitri bastante alterada.
Que Dios se apiade de quien sea que lo haya hecho enojar.
Por más que intentaba, no podía recobrar la conciencia.
Cielo quería levantarse y ponerse a trabajar. Después de todo, era su primer día de trabajo.
Pero no podía.
Sus ojos pesaban demasiado y, sin pedirle permiso, se cerraron.
Le estampó una fuerte bofetada en el rostro, tan fuerte que la tiró al piso.
—¿Conseguiste el dinero de la escuela de Lydia? —preguntó iracundo.
Cielo percibió el aliento alcohólico.
El miedo desbordó sus ojos y solo pudo negar con la cabeza.
—¡¡¡Eres una holgazana!!! Yo me parto el lomo manteniendo esta casa y tú eres una egoísta malagradecida.
—Tío, voy a conseguir otro empleo. Conseguiré el dinero —dijo en un hilo de voz.
Su tío le dio un par de patadas en el torso para callarla.
—Debí haberte echado en cuanto murió Blanca.
Fue lo último que dijo antes de irse y dejarla ahí tirada.
De pronto, sintió unas manos grandes y tibias rodear su rostro.
—Shhh... descansa, Cielo. Estás a salvo ahora.
Y en ese momento, la neblina espesa que cubría su consciencia se evaporó.
Incluso dormida podía reconocer esa voz.
Lo haría aun cuando un tren le pasara por encima.
Dimitri.
¿Qué hacía Dimitri en su alucinación?
Entreabrió los ojos y se encontró con una habitación totalmente oscura.
No reconocía el lugar.
Miró hacia la ventana y solo distinguió la noche.
¿Cuánto tiempo ha pasado?
Una sombra que también reconocería incluso en medio de un delirio se encontraba a un lado de su cama.
Y todo volvió a hacerse negro.
Sintió un paño tibio sobre su rostro.
—Ahh... qué alivio.
Parece que Cielo dijo aquellas palabras en voz alta.
Y después, todo volvió a quedar oscuro.
***
Abrió los ojos.
La luz de la mañana entraba por un enorme ventanal.
El colchón donde estaba recostada era tan cómodo como lo sería una nube...
O, bueno, eso era lo que ella imaginaba.
Oh, Dios.
Se sentó de golpe.
Una pequeña molestia en la costilla le recordó que sus pesadillas alguna vez habían sido reales.
Se miró a sí misma y vio que llevaba puesta una bata que definitivamente no era suya.
¿Y el vestido que me prestó Karlota?
Recordó cómo, durante la madrugada, había ido a tocar a su casa para pedirle que, por favor, le prestara algo para poder asistir presentable a una entrevista de trabajo.
Por supuesto que no iría con el vestido con el que había pasado toda la noche sentada sobre la hierba húmeda.
Karlota, tan buena, le había prestado uno de sus hijas que casi era de su talla.
Cielo aún no podía olvidar aquella mirada llena de lástima que la señora canosa y arrugada le había lanzado.
Dios, tengo que recuperarlo.
Incluso ella misma reconocía lo absurdo que era estar preocupada por un vestido cuando se encontraba, en ese mismo momento, en una habitación que no reconocía y en la cual seguramente había pasado la noche.
El sonido de la puerta al abrirse la hizo levantar la mirada.
Entró una mujer joven, vestida completamente de blanco, con pantalón y blusa de manta.
Era raro ver a una mujer con pantalones y Cielo no pudo evitar darle más importancia de la que debería.
—Hola, señorita. Mi nombre es Kala. Le traigo algo para que almuerce.
—Hola, Kala. Muchas gracias... Qué amable.
Se levantó de la cama.
—Déjame ayudarte, por favor.
Tomó ella misma la charola y la colocó sobre la mesita de noche.
—Mi nombre es Cielo.
—Sí, lo sabemos. El general Raubtier nos informó.
Dios... claro. Estoy en el castillo de Dimitri Raubtier.
¿Aquí pasé la noche?
Parecía estúpido, pero apenas le estaba cayendo la realidad como un balde de agua fría.
Las imágenes del imponente castillo frente a ella se hicieron presentes.
Una fuente enorme.
Unos jardines preciosos, aunque un poco descuidados.
Recordó la entrevista, claro...
Y algunas partes del recorrido.
Pero lo sentía como si hubiera sido un sueño bastante borroso.
Seguramente debido a la fiebre tan alta que había tenido.
Otro recuerdo la asaltó.
¿Me ofreció trescientas monedas al mes?
No pudo evitar emocionarse ante el recuerdo y, al mismo tiempo, entristecerse.
¿Quién la contrataría cuando en su primer día de trabajo había hecho todo un drama, se había desmayado y, para colmo, había pasado la noche en la alcoba de invitados?
Trágame, tierra.
Hubiera sido bueno, pero esas cosas no te suceden a ti, Cielo.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
Cielo se avergonzó de haberse perdido en su mente, cosa que muy a menudo le sucedía.
—Sí, sí. Gracias.
—¿Algo más con que pueda ayudarle?
—Nada más, Kala. Te lo agradezco infinitamente.
La mujer rubia y joven salió del cuarto.
Dimitri le había comentado que ninguno de sus trabajadores era humano.
Quiso preguntárselo a Kala, pero la pregunta se le quedó en la punta de la lengua.
Después de todo, ella no le había preguntado acerca de sus no poderes.
Y estaba convencida de que, sangre mágica o no, todos eran personas.
A ella no le gustaría que una extraña la acosara con preguntas sobre la simpleza de su sangre.
Pensó que a ellos les molestaría que los molestaran sobre su grandeza.
Después de un rato, Kala regresó con el vestido prestado, pero limpio y planchado.
También le preparó una bañera humeante, lo cual hizo que Cielo se sintiera un poco apenada.
Después de todo, hubieran sido compañeras de trabajo.
—El general Raubtier dice que, si se siente dispuesta, la espera en la biblioteca.