General Dimitri Raubtier
El General Dimitri y su ejército tenían habilidades extraordinarias, aun cuando la mayoría se encontraba en su última línea de magia. Aun así, su puntería, fuerza y velocidad eran mucho más eficaces que las de un humano común.
Sin embargo, los rebeldes tenían dos cosas muy a su favor: coraje y armamento de fuego... Y no cualquier armamento. Pistolas, escopetas de pólvora y muchas bombas. Las bombas eran considerablemente peligrosas porque eran difíciles de detectar.
En el campo de batalla había caos: neblina ocasionada por la pólvora, tierra y un sol abrumador.
Dimitri cabalgaba con Tormenta y su mejor aliada de combate: su espada. Al ritmo del galope, mataba a uno, dos, tres. En pocos minutos, así como Tormenta avanzaba, iban cayendo los muertos a su paso.
—¡Fuego!
Kass y todos los tiradores se encontraban en las colinas, cubriéndolos desde las alturas. Todos con escopetas, disparando de manera coordinada.
¡Las lecciones de Kass sí que habían rendido frutos!
Los Oscuros luchaban con pistolas aunque escasas, espadas y arcos en su mayoría. La agilidad con la que se movían era extraordinaria y Dimitri, por fin, lo olió.
Miedo...
Aquellas cucarachas ahora sí conocerían el verdadero terror.
El General encabezaba el ejército, abriendo paso a sus soldados, y a un lado de él se encontraba su más confiable aliado: Dinsel. Ambos cabalgaban uno al lado del otro, destrozando, destripando y decapitando a un rebelde tras otro.
Sin embargo, eran más de los que habían previsto. Salían como una maldita plaga, hasta por debajo de las piedras.
Siguieron luchando durante horas.
Su espada y su empuñadura estaban cubiertas de sangre.
Entonces vio a un hombre a lo lejos, parado y observándolo con una furia avasalladora. La barba de días y días cubría su rostro y su cabello marrón le llegaba hasta los hombros. Su ropa estaba sucia y cubierta de sangre; su pecho subía y bajaba con agitación y, aun a la distancia, Dimitri podía escuchar el retumbar de su corazón.
Era el líder de los rebeldes.
Dimitri lo observó desde la montura de su caballo con una sonrisa en los labios. Una sonrisa digna de un demonio.
Su corcel blanco lucía impecable y él apenas tenía el cabello fuera de su sitio. Aquella batalla había sido solo una pequeña demostración de su poder.
Sin siquiera desviar la mirada de su enemigo, extendió la espada en un movimiento sagaz y decapitó ahí mismo a un soldado rebelde que corría despavorido.
Una demostración.
Una advertencia.
Una sentencia de muerte para todos los humanos.
Su enemigo lo miró con más furia.
Dimitri empuñó la espada con mayor firmeza, haciéndole una invitación.
—¡Retirada! —gritó su enemigo.
Luego volvió a gritar, con más fuerza:
—¡Retirada!
Sin dejar de mirar al General.
Dimitri podría haberlos acabado en ese mismo momento. Sin embargo, el General sí conocía el honor y los códigos de combate. No mancharía su cargo ante los dioses por unas viles ratas.
Lo dejó marchar.
A él, a sus heridos y a los pocos sobrevivientes que quedaron.
Habían ganado esta batalla.
***
—¡Démosle la bienvenida a nuestros valientes héroes! —gritó el rey de Dembul reino de piedras preciosas.
Era un hombre alto, gordo y con barba blanca. Sus manos estaban repletas de anillos y de su cuello caían gruesas cadenas de oro. Algo bastante exagerado para Dimitri.
El rey Niccolay de Grifin era un heredero de la diosa de la belleza. Bastante excéntrico.
En agradecimiento por salvar su ciudad, ofreció un banquete rebosante de comida, bebida exagerada y música en vivo.
—Sus soldados están siendo atendidos por manos sanadoras en este momento y les he enviado a mi campamento a mis más hermosas damas de compañía.
—Mis soldados no violan mujeres —respondió tajante.
El rey rio con fuerza.
—¡Todas fueron gustosas! ¡Le aseguro que no hay una dama en este reino que no quiera meter entre sus piernas a los soldados que han salvado sus tierras!
Dimitri lo miró con mala cara.
Sin embargo, cuando volteó el rostro, vio a su fiel amigo Kass siendo muy bien atendido por una hermosa mujer que yacía sentada sobre sus piernas y le empinaba una copa de vino en la boca.
—¡Lo ve! Sus hombres necesitan relajarse y la están pasando bien... Déjeme demostrarle mi agradecimiento.
—¿Así es como demuestra su agradecimiento, De Grifin? ¿Ofreciendo una fiesta? ¿Como si la guerra fuera un simple juego de polo?
Niccolay se atragantó con el vino.
—¿Mi hospitalidad es poca cosa, General? ¿Está despreciando la hospitalidad de un rey?
Dimitri por poco entornó los ojos del fastidio.
—Si me disculpa... —sonrió falsamente—, iré a los aposentos que me ha asignado para darme un baño. Aún tengo sangre escurriendo por mis extremidades.
Entró en la tina de... ¿oro? Llena de agua humeante, que se tiñó ligeramente de rojo, y liberó un gran suspiro.
Había ganado una batalla, pero para nada se sentía victorioso.
Esto estaba lejos de terminar.
Pensaba que el rey De Grifin debía estar haciendo de todo menos danzar y coquetear con prostitutas.
Por un momento tuvo que recordarse que, sin importar que congeniara o no con aquel extravagante personaje que festejaba como un niño la sangre y el sudor derramados aquel día —que, por supuesto, no fueron suyos—, su intervención en la guerra iba mucho más allá de una ciudad u otra.
Se puso una bata de dormir que se encontraba tendida y lista sobre la cama.
Junto a ella había una charola rebosante de comida y una botella de vino.
Un trago quizá no me venga mal.
Si hubiera sido por él, esa misma noche habría puesto en marcha a sus soldados para volver a Mideltown. Sin embargo, era consciente de que incluso él requería un descanso.
Llevaban ya más días de lo esperado y, por más que el General intentaba no ir en esa dirección, su mente no lo dejaba en paz.