Entre la oscuridad y el Cielo

16

Cielo

Han pasado cuatro días desde que el General partió.

Cielo ha intentado distraerse con trabajo, como siempre hacía para silenciar su mente. Comenzó su plantío de geranios. Por ella, lo habría terminado en un día, pero realmente era mucho trabajo y, en esta ocasión, aunque su amigo Adriel le ofreció su ayuda, ella quiso hacerlo sola.

Su jefe quedaría fascinado al regresar y verlo.

Lucía realmente hermoso con todos aquellos colores.

Claro que sabía que al General realmente le importaban un cacahuate los geranios, pero había ido a su habitación a pedirlo y ella lo haría.

Porque, por supuesto, él volvería.

El General no parecía ser un hombre fácil de vencer.

¿Verdad?

Cada vez que abrían las enormes puertas del castillo, el corazón de Cielo volaba solo para después caer de golpe al darse cuenta de que no era él.

Ya habían entrado la despensa, el inspector de plagas y el sastre a entregarle sus vestidos que, aunque quiso aparentar que la emocionaban, era más que evidente que los vestidos nuevos eran su menor preocupación.

El malencarado de su jefe pasaba mucho tiempo fuera del castillo. Sin embargo, ahora que se encontraba lejos, Cielo sentía que aquel castillo enorme, lleno de empleados y de gente subiendo y bajando, estaba vacío.

¿Acaso estoy siendo dramática? ¿Me estoy interesando de más en mi jefe?

Cielo se mordió el labio inferior mientras cambiaba el ramillete de lavandas de la habitación de Dimitri.

Desde que se fue, pasaba un poco más de lo normal en aquella alcoba.

Sentada en su cama.

Observando.

Cielo, tan dramática y estúpida.

Desde los ventanales percibió que las puertas gigantescas de la muralla del castillo se abrían.

Y nuevamente le salieron alitas a su corazón.

Salió corriendo de la alcoba y bajó las escaleras.

—¿Quién es, Louis? —preguntó emocionada.

Pero, al ver la mala cara del viejo mayordomo, supo que no se trataba de su jefe.

—Señorita, será mejor que suba a su alcoba...

La confusión de Cielo no le permitió responder.

Y, en eso, las puertas principales se abrieron.

Un hombre de baja estatura, calvo y regordete, se hizo presente, vestido de una manera bastante elegante.

—¡Louis! ¡Qué gusto verlo!

—Conde, ¿qué hace aquí? —preguntó Louis.

El visitante aún no había notado la presencia de la mujer.

—¡¿Acaso no puedo pasar a saludar a un amigo?!

—El General no se encuentra, pero me imagino que usted ya lo sabe. Entonces, la pregunta sigue siendo la misma...

En eso, una mujer de unos treinta años, alta, con cabello rubio y corto hasta el cuello, entró al castillo.

Vestía un atuendo digno de una reina, de color rojo sangre, y llevaba joyas que rebosaban de su cuello.

—¿Esa es la forma de recibir a los amigos de tu jefe, Louis? —preguntó con altanería.

—Simplemente estábamos por el rumbo y quisimos visitar este hermoso castillo...

Aquella mujer caminó un poco más sin preguntar.

Como dueña y ama.

Como buscando algo.

Como buscando a Cielo.

Hasta que sus miradas se toparon.

—¿Y ella es? —preguntó con aquella voz refinada, pero afilada.

—Es nuestra nueva colaboradora... —respondió Louis cortante—. Por favor, suba a su alcoba.

—Ja. ¿Una colaboradora que duerme en el castillo? —preguntó burlona—. ¿Qué? ¿No tienes lengua? ¿Quién eres?

Cielo respondió lo más firme que pudo.

—Mi nombre es Cielo. Soy el ama de llaves del castillo.

—¿Un ama de llaves? —rio falsamente—. ¡Qué tontería es esa!

Por aquella actitud, seguramente se trataba de algún familiar del General.

—Señorita Simonne, Conde, no quiero ser grosero, pero el General no me informó nada de su visita. Imagino que no está enterado... Así que les pido que se retiren y vuelvan a su regreso.

—¿Cómo te atreves a hacer tal desplante a la futura prometida del General, Louis?

La mujer se dirigió al mayordomo, pero toda su atención estaba puesta en Cielo, quien no pudo evitar desencajar el rostro ante aquellas palabras que le cayeron como un balde de agua fría.

Y Simonne lo notó.

Claro que lo notó.

Pues de inmediato su cara se tornó satisfecha.

Como si el cometido de su visita se hubiera cumplido en ese mismo momento.

—Si me disculpan, tengo labores que hacer...

Cielo por fin subió las escaleras.

Justo lo que debió haber hecho desde que Louis se lo solicitó.

Pero, de haberlo hecho, no se habría enterado de que su jefe era un maldito conquistador infiel.

Maldita sea.

¿Futura prometida?

¿Qué significa eso?

¿Es algún título válido en el mundo mágico?

¿Se refiere a que es su novia?

El maldito Dimitri Raubtier había estado conquistándola, moviendo fibras de su ser, y resulta que tenía novia...

Después de una pequeña rabieta, Cielo cayó en cuenta de algo.

El General no la había estado conquistando.

Solo había sido bueno con ella.

Él no tenía la culpa de su carencia de afecto, que le hacía pensar que cualquier demostración de cariño era una declaración de amor.

Cielo, estúpida.

Al final de cuentas, ella era la pervertida que había estado soñando con su jefe, con novia o futura prometida, lo que fuera que eso significara, casi desnudo, besándola y tocándola...

Todas.

Las.

Noches.

Sin excepción.

***

—¿Futura prometida, dijo? —preguntó File, bastante sorprendida.

—Sí. Fuerte y claro.

—Qué raro... Esa mujer ha venido solo una vez al castillo y hace poco vino su padre. El Conde tuvo una reunión con el General, pero salió sacando fuego del enojo —agregó Kala.

—Algún desacuerdo familiar... Supongo —dijo Cielo.

—La verdad, lo dudo mucho.

—Oye, ¿y tú y el General qué historia tienen? —preguntó Kala.

—¿Historia? Ninguna.

—¡Por favor! Se nota a distancia su... entendimiento.




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