General Dimitri Raubtier
Dimitri se encontraba en la casa de Philip Storm, un heredero descendiente del dios de la sabiduría.
Philip, al igual que casi todos los sabios, era una persona pacífica.
Tanto que resultaba irritante.
Sin embargo, era un conocido —jamás diría que su amigo— desde hacía un par de décadas.
El reinado de Gregorio Bingling estaba atiborrado de discrepancias, desvío de fondos y corrupción.
Y gracias a sus espías, Dimitri había podido confiscar —por no decir robar— un cargamento de armas que el sucesor había enviado directamente a los humanos rebeldes, cuyo único fin era destruir lo que quedaba de los mágicos y herederos.
A eso, aquí y en la Antártida, se le llamaba alta traición.
Aun así, Dimitri consideró que lo mejor era guardar aquella información.
Probablemente después podría utilizarla a su favor.
—Tengo noticias de que en el ejército rebelde operan alrededor de seiscientos hombres, muy bien preparados para ser humanos —dijo Philip.
—Sabes que ni veinte hombres equivalen a la destreza de un oscuro en combate.
—No los subestimes, Dimitri. Las hormigas les ganan a los saltamontes.
Lo miró con mala cara.
Philip amaba decir ese tipo de analogías.
—Probablemente, si habláramos con su líder, podríamos convencerlo de...
—¿Hablar con su líder? Los humanos son tercos y no entienden razones. Además, no confiaría en ellos aunque me dieran su palabra.
—¿Tú hablando de terquedad?
El cabello largo de Philip caía sobre sus hombros.
—Recuerda que hace siglos compartíamos lado a lado con los humanos, Dimitri. Nuestros ejércitos estaban unidos y peleaban juntos.
—Eso fue antes de que nos traicionaran.
—Los humanos son criaturas difíciles de comprender, pero no son tan diferentes a nosotros.
—¿Eso es lo que buscas? ¿Me mandaste a hablar para convencerme de ir a dialogar con el líder del ejército de los humanos? ¿Aquel que ha robado y matado a cientos de los nuestros?
—Nosotros también hemos matado a los suyos. Y, en cuanto a lo material, los hemos despojado de cualquier trato digno. Los mágicos tienen un lugar diferente en la sociedad y los herederos, literalmente, somos realeza.
—¡Los estás defendiendo! —gritó, molesto.
—No los defiendo, pero tampoco estoy en su contra. Y mis palabras no son más que la verdad. Si esa verdad te incomoda porque te hace reconsiderar tu odio hacia los humanos, es diferente.
—Eso sería algo imposible. Ni tú ni nadie me hará reconsiderar eso.
El sabio Philip torció la boca en una sonrisa.
—Yo que pensaba que ya lo estabas haciendo...
Dimitri entendió de inmediato a qué se refería.
Y confirmó, una vez más, que los chismes viajaban rápido.
—No. Eso no tiene nada que ver. ¡No te permito que te entrometas en mis asuntos, Philip!
Dimitri salió más enojado de lo que había previsto.
Casi aventó la silla al momento de levantarse.
Los sabios son tan entrometidos. Se creen con la capacidad de inmiscuirse en los asuntos de todos.
Por eso, a Dimitri, los sabios eran los herederos que menos le agradaban.
Y no es que acostumbrara a que las personas le agradaran.
Sin embargo, Philip jamás estaría en esa lista...
Si existiera.
El coche en el que viajaba se movía aprisa al ritmo del galope de los dos caballos que lo guiaban entre las sombras de la noche.
Por un momento, las palabras de aquel viejo entrometido resonaron en su cabeza.
Cielo, después de todo, era una humana.
¿También odio a Cielo?
No sabía aún qué sentimiento tenía por ella.
Pero odio, definitivamente, no era.
Quizá había cometido un error al romper la barrera del anonimato con ella.
Qué va.
Eso ya había quedado muy atrás.
Su mayor error había sido ofrecerle un trabajo y después prácticamente obligarla a quedarse a vivir en el castillo.
Se llevó una mano a la frente.
Joder.
Era consciente de que estaba siendo un manojo de contradicciones.
Incluso para él era confuso.
Todavía podía ir a buscar a aquella hermosa castaña, darle las gracias, entregarle algo de dinero y llevarla de vuelta a su casa.
Con su tío.
Solo de pensar en la idea, su sangre hervía.
No.
Eso definitivamente no era una alternativa.
Cielo se quedará conmigo y punto.
Bueno...
Trabajando para él.
Sí.
A eso se refería.
Era un poco más de medianoche cuando las grandes puertas del castillo se abrieron para recibir a su amo.
Dimitri bajó de mal humor del coche, algo nada extraño en él.
Su gran gabardina casi arrastraba por el suelo mientras avanzaba con pasos firmes, dejando huellas sobre el pasto que pisaba.
De pronto, se quedó pasmado a medio camino.
Pocas cosas en la vida sorprendían a Dimitri Raubtier.
Se quedó unos instantes admirando la fuente dorada, completamente funcional.
Debido al oro de los azulejos, daba la impresión de que el agua también era del mismo color.
Toda una obra de arte.
Parpadeó un par de veces.
Y, sin querer, vino a su memoria un día que creía haber olvidado.
—¡Hola, mi amor!
Su madre estaba sentada sobre aquella misma fuente dorada, cuyos azulejos brillaban todavía más bajo los rayos del atardecer.
—¡Mami! ¡Te traje una flor!
El pequeño Dimitri estiró la mano con un tulipán.
—Tus favoritas.
Su madre se llevó la flor a la nariz e inhaló con fuerza.
—Son mis favoritas porque tú me las regalas siempre.
—Si te regalara hierba, ¿también sería tu favorita? —preguntó el pequeño Dimitri.
Su madre rio y comenzó a hacerle cosquillas.
—Así me regalaras la hierba apestosa que usa Louis para sus remedios.
Ambos rieron a carcajadas.