Cielo
Las mañanas cada vez son más frías. A pesar de que el invierno se encuentra lejano, el viejo poblado siempre ha sido frío y húmedo, y la desgastada capa de Cielo no logra mantenerla del todo caliente.
La mira haciendo una mueca.
Espero que con mi sueldo de esta semana pueda comprar otra.
Y unas botas tampoco me vendrían mal.
Pensó al mirar sus desgastadas y rotas botas.
Se puso un vestido color guinda; su favorito, que, a decir verdad, el tono ya estaba unos matices más claro por el uso. Se colocó un moño del mismo color al final de su trenza, se pellizcó un poco las mejillas y salió con una amplia sonrisa de su pequeña alcoba.
Prendió el fogón para comenzar a hacer el almuerzo.
Los padres de Cielo habían muerto cuando ella era una niña y se quedó al cuidado de su tía, quien en ese entonces acababa de contraer matrimonio. Su esposo, al principio, fue bueno con ella, pero después de que nació su prima Lydia comenzó a tratarla diferente.
Al poco tiempo, su tía Bianca falleció de una enfermedad llamada tuberculosis.
Cielo comenzó a trabajar desde niña para ayudar a su tío con los gastos de la casa.
Cielo sabe que su tío realmente no compartía sangre con ella y, aun así, la dejó quedarse, y por eso siempre le estaría agradecida. Los malos tratos los podía dejar pasar por alto.
—¡Buenos días, tío! —saludó Cielo con una amplia sonrisa—. Ya les hice el desayuno.
—Mmm... ajá —respondió desganado—. ¿Qué? ¿Hoy no vas a ir a trabajar a la mercería?
—Sí, es solo que hoy entro un poco más tarde.
—¿Y eso por qué motivo? No debes de ser holgazana, niña.
—No fue idea mía, tío. El dueño me pidió que abriera más tarde.
Su tío se sentó a la mesa de madera y comenzó a comer el desayuno humeante.
—Recuerda que la siguiente semana es el pago de la escuela de Lydia.
Lydia es menor que Cielo y ella sí tuvo la oportunidad de ir a la escuela.
—Sí, tío, no se preocupe. Ya casi lo tengo.
Aunque Cielo entiende que su tío ame más a su hija que a ella, lo entiende y lo acepta sin rencor.
—Es hora de irme. Que tenga un buen día —dijo mientras solo tomaba una manzana arrugada del frutero.
—Cierra la puerta con cuidado. No quiero que despiertes a Lydia.
—Sí, tío...
—Y... Cielo.
La castaña regresó con una sonrisa, esperando que quizá esta vez su tío le deseara un buen día.
—No olvides dejar las propinas que ganaste ayer.
—Ah, sí...
Sacó unas monedas de su vestido guinda y las dejó sobre la mesa.
—¡Hasta pronto, tío!
Aun así, se despidió de forma amorosa
***
Abrió el negocio tres minutos antes de su hora de apertura. El local es pequeño, pero tienen telas y listones de todos los colores.
Se había prometido hacía algunos años aprender a usar la máquina de coser para poder hacerse cientos de vestidos, o por lo menos un par. Pero con sus dos empleos y las actividades del hogar, apenas le queda tiempo para dormir de forma medio decente.
—¡Buenos días, Cielo! Luces espléndida.
—¡Buenos días, señora Karlota! ¡Muy amable! Usted luce radiante. ¿Qué va a llevar hoy?
La señora Karlota va cada semana por listones para cada una de sus hijas. Tiene cuatro y siempre elige los más hermosos.
—¡Dame lo nuevo que te haya llegado! Y ya sabes... elige un listón para ti —le guiñó un ojo.
Cielo se giró para mostrarle el que tenía atado a su espesa trenza.
—¡Qué hermoso te luce!
Cielo envolvió los listones en una bolsa de papel.
—Si supiste lo que sucedió...
La chica negó con la cabeza. El cotilleo no es algo que disfrute particularmente.
—Hoy por la mañana encontraron a Sotolmo y a Cronte... asesinados —dijo, abriendo los ojos.
La castaña se llevó una mano a la boca, sorprendida.
—No es posible... Ayer en la noche fueron a la taberna.
No pudo evitar recordar aquel momento cuando les puso sus botanas sobre la mesa... y Sotolmo se la comía con la mirada. Después se giró hacia Cronte y le susurró algo al oído mientras ambos reían.
Le dio la impresión de que lo que dijo fue acerca de sus pechos.
—Sí. Dicen que pudo ser una banda de asaltantes... Los golpearon y después los degollaron.
Aquel comentario de Karlota la sacó de sus recuerdos.
—Dios mío.
—Tienes que ser muy precavida cuando salgas de trabajar de esa taberna. Deberías renunciar a ese empleo... No es seguro.
—Ya sabe que no puedo... Mi tío y mi prima cuentan con ese ingreso.
—Ese par te están arruinando la vida... Pero tú no te das cuenta.
Cielo soltó una risita.
—Qué exagerada es usted, señora Karlota.
Lo peor, o mejor de todo, es que Cielo realmente piensa que Karlota exagera. Ella cree que su vida no es tan mala.
De hecho, es bastante tolerable...
Pensó para sus adentros.
***
—¡Hola, Joe! ¿Cómo estás? —dijo Cielo mientras iba entrando a la taberna y amarraba su mandil tras su cintura.
—Preocupado. La violencia en este pueblo cada vez está peor... A este ritmo nos quedaremos sin comensales.
A Cielo le resulta curioso notar que la única preocupación de su jefe respecto a la muerte de aquellos sujetos es que significa dos clientes menos para su negocio esta noche.
—No te preocupes, Joe. Unos van y otros llegan... —Fue lo único que se le ocurrió decir para consolarlo, aunque se quedó unos segundos meditando si había sido un comentario cruel.
—Tendremos que esforzarnos el doble para mantener este sitio de pie, mi querida Cielo —dijo mientras limpiaba la barra con un trapo con el que incluso podía estarla ensuciando más.
Pasaron las horas. La noche transcurrió como todas.
A Cielo le gusta trabajar en la taberna y nada tiene que ver con los sujetos borrachos y ella corriendo de un lado a otro atendiéndolos. Tiene que ver con la música.
Le fascina y es el único momento de su día en que puede apreciarla. De hecho, se considera afortunada de poder oír melodías cada noche.