General Dimitri Raubtier
En la frontera de la ciudad, el general había montado un campamento con 365 Oscuros, para ser exactos. Cuidaban los límites de sus territorios, aguardando la llegada de posibles enemigos invasores. En aquel campamento también entrenaban y pulían las habilidades de los nuevos reclutas. Dinsel era su coronel y Kass, su almirante al mando.
Dimitri se encontraba sentado en una silla frente a un escritorio, dentro de una tienda de campaña bastante bien armada. El olor de las flores de lavanda que llevaba en el bolsillo de su camisa le embriagaba la nariz.
Le recordaban a Cielo.
No era como si ella oliera a lavanda. Ella olía mejor.
Pero tan solo imaginarla cortando las flores con sus propias manos y colocándolas en su alcoba era razón suficiente para llevarlas consigo a cualquier sitio.
Cuando volvió en la madrugada, desde el momento en que entró en su alcoba supo que ella había estado ahí. Su aroma estaba por todo el cuarto. Incluso podía apostar que se había recostado en su cama, pues su almohada estaba impregnada de ella.
Gracias a eso, toda la noche la soñó.
A ella.
Y a su voz pronunciando su nombre.
Se estaba quedando loco.
Era la única cosa de la cual estaba totalmente seguro.
Se llevó ambas manos al cabello y se sumergió un poco entre sus pensamientos. Aún no podía creer que una mujer humana llevara dos semanas viviendo en su castillo. Jamás había pensado, ni en sus sueños ni en sus pesadillas más extrañas, que una humana pudiera hacerlo sentir de ese modo.
Los momentos en que la veía o compartían palabras eran breves. Sin embargo, el castillo completo olía a ella y, por donde pasaba, iba dejando un toque de vida...
De color.
Aunque el mocoso imbécil de Adriel dude de mis capacidades para admirar la belleza... ¿Dudará también de mi capacidad para rebanarle el cuello?
—General, ha llegado una carta del sur —dijo Kass, sacándolo del pozo de su mente.
Cuando estaban en servicio, Kass siempre le hablaba con respeto.
—Dámela.
Kass le entregó la carta.
General Raubtier:
El ejército de los humanos rebeldes ha pasado por las tierras del sur. Los daños son incalculables. Mataron sin honor, asesinando a mujeres y niños. Robaron cuantas armas y comida pudieron.
Me he puesto en contacto con gente del este, pero aún no hay indicios de ellos. Se encuentran escondidos por el momento y me temo que les hemos perdido el rastro. Tienen armas de fuego y calculamos que son un ejército de más de500 hombres.
Es un placer colaborar con usted. Suerte y que a sus tierras les vaya mejor que a las mías.
Rey Shilfild
El rey Shilfild era un sabio con demasiado corazón para su puesto. Siempre se había inclinado por un reinado de paz y armonía.
El sur era una de las pocas tierras que trataban a los humanos de una manera digna. Había construido escuelas, hospitales e iglesias para que los habitantes pudieran adorar a su Dios.
Y este había sido el resultado.
El sur no poseía un ejército ni armamento suficiente para sobrellevar una guerra. Una punzada de arrepentimiento atravesó el esternón del general al pensar que quizá pudo haber ayudado.
Los humanos rebeldes se habían atrevido a tocar a mujeres y niños mágicos y herederos.
Malditos engendros.
Su finalidad es terminar con nuestra descendencia.
Dimitri tomó un fósforo de madera e incineró aquella carta.
El odio que sentía hacia los humanos era tan abrasador como las llamas que contemplaba.
Con pasos firmes, dejando sobre el lodo la marca de sus botas, caminó hacia las filas de soldados uniformados y armados que esperaban sus órdenes.
Conforme se acercaba, todos, al mismo tiempo, le mostraron su respeto con un saludo militar.
—¡Descansen! —gritó.
Se escuchó a los soldados cambiar de posición.
—La guerra oficialmente ha comenzado. Dejaremos atrás la vieja guerra para dar paso a la nueva. Y nosotros seremos quienes la terminemos.
—¡Sí, mi general!
—¡Los quiero entrenando cada hora de cada día!
—¡Sí, mi general!
—¡Defenderemos nuestros territorios y acabaremos de una vez con esas escorias!
***
Era medianoche cuando Dimitri llegó a su castillo en compañía de su fiel amigo, Tormenta.
El frío de la noche lo abrazaba y envolvía sin contemplaciones.
Entró en la biblioteca arrastrando su gabardina. Desenfundó sus armas y las colocó sobre el escritorio, como regularmente hacía.
—General...
El viejo Louis entró casi detrás de él.
En cuanto olió a su mayordomo y lo escuchó aproximarse, supo que algo no andaba bien. Por muy buen empleado que fuera, el viejo jamás lo esperaba hasta la madrugada.
—¿Qué ha pasado, Louis?
—Es... es la señorita Cielo...
Al escuchar que se trataba de ella, sintió un vuelco en el corazón.
—¿Qué pasa con ella?
—Es que no ha vuelto.
—¿De qué está hablando, Louis? —preguntó, casi gruñendo.
—La señorita salió sola desde temprano... y no ha regresado.
—¡¿Cómo que salió sola?! ¿¡Quién la dejó salir!?
—No sabía que no podía salir, general...
Sin siquiera pensarlo dos veces, salió disparado.
Pudo haberse llevado un coche, pero eso solo lo haría ir más lento.
Hizo un chasquido con la lengua y su fiel amigo salió de entre las sombras.
—Vamos, Tormenta. Andando.
Chistó y, de un brinco, montó al caballo.
Tormenta arrancó a un galope terriblemente rápido.
Dimitri sentía todos los músculos de su cuerpo en tensión y los huesos helados.
Y nada tenía que ver con el frío.
Por momentos, ideas demasiado horribles acudían a su cabeza.
Que Cielo pudo haber resbalado y quedado inconsciente en algún barranco.
Que pudo simplemente abandonarlo después de cobrar su primer salario.