General Dimitri Raubtier
No sabe cuánto tiempo lleva congelado en las caballerizas. Quizá han pasado unos minutos o quizá horas.
Por un momento, casi rozó los labios de Cielo con los suyos. Respiró su aliento, el cual tuvo tan cerca. Su cabello alborotado le rozó la nariz y sintió el tacto de sus manos apoyarse sobre su hombro.
Tiene la boca seca y, al parecer, su voz abandonó su garganta.
Se imaginó una vez más cómo sería comerse su boca y alimentarse de su respiración y su aliento, de su dulce saliva.
Una firmeza se apoderó de él de inmediato y su corazón, que antes estaba congelado, ahora latía desbocado.
Es un adicto.
Como un alcohólico en abstinencia que acaba de oler un whisky de la mejor barrica y con cien años de añejamiento.
Cielo. Cielo. Cielo...
Miró a los dos caballos que tenía frente a él. Su yegua, Tormenta, y Noche, aquel maldito salvaje.
—¿Cómo rayos hizo para montarte? —le preguntó mientras lo guiaba de nuevo a la caballeriza.
Definitivamente, aún no sabía si era buena idea conservarlo, pero había descubierto que no toleraba ver llorar a aquella mujer. Pensaba que podría acceder a cualquier cosa con tal de evitarlo.
—Una oportunidad más. Si vuelves a ponerla en peligro, le diré a Filemona que te haga en estofado.
Dimitri no mentía.
Por supuesto que no...
Aquella noche la pasó en vela.
No durmió ni un segundo.
Y el motivo de su desvelo tenía solo un nombre.
Un nombre que lo tenía tan inquieto como un león de circo.
—Dimitri... Dimitri... Dimitri...
Escuchó aquella voz adormilada susurrar su nombre.
La escuchó como lo había hecho cada noche en sus sueños.
Solo que esta vez no estaba dormido ni soñando.
¿Acaso estoy alucinando?
Su corazón comenzó a acelerarse.
Se levantó de la cama, se puso unos pantalones de manta y, sin darle demasiadas vueltas, siguió aquella voz que en susurros lo llamaba.
Su cuerpo sabía a dónde se dirigía, pero su mente aún se mantenía incrédula.
Se quedó unos segundos afuera de su alcoba con el pomo de la puerta en la mano. Estaba a punto de dar media vuelta e irse; sin embargo, volvió a escuchar aquella voz llamándolo y no pudo negarse.
Entró con pasos tan sigilosos como los de una pantera.
Se detuvo justo frente a la cama, donde Cielo se encontraba tendida boca arriba, con la manta cubriendo apenas sus pies descalzos. Su cabello estaba un poco revuelto y llevaba un camisón bastante ligero que dejaba entrever la piel de sus hombros y las formas de su cuerpo.
Su respiración era ligera.
Su pecho subía y bajaba con cada bocanada.
Se quedó observándola, estupefacto, inhalando su aroma.
Lo respiraba como si apenas pudiera hacerlo después de un largo tiempo.
—Dimitri... Dimitri... Dimitri...
Volvió a llamarlo.
La ansiedad lo quemaba vivo.
Moría por acercarse y decirle que ahí estaba. Que, para lo que fuera, no tenía que llamarlo más...
Pero se contuvo.
Cielo, de pronto, liberó un gemido.
Dioses.
Sus manos comenzaron a temblar y su corazón parecía salírsele del pecho.
Se hincó frente a ella.
Sus labios húmedos lo atraían como un imán.
Y, sin poder evitarlo, la besó.
Fue como si en ese mismo momento hubiera descubierto el acertijo del universo, la vida y la muerte.
Como si hubiera descubierto un nuevo sabor y un color diferente.
Como si hubiera descubierto el Cielo.
Su sabor y su olor eran exageradamente adictivos para él.
De pronto, sintió que ella respondía, moviendo la lengua en su interior.
Estaba enloqueciendo.
Su mente estaba totalmente abrumada.
Ella liberó un gemido en su boca y él lo saboreó antes de tragárselo.
Cerrando los ojos con pesar y reuniendo todas sus fuerzas de voluntad, tuvo que separarse de ella o sería demasiado tarde.
Y, al hacerlo, sintió un dolor en el pecho, como si le hubieran arrancado el corazón.
Le miró el rostro y los labios, ahora hinchados.
Ella seguía dormida.
Solo se había dejado llevar por su sueño, creyendo que se trataba de una jugada bastante real de su mente.
Y él se descubrió sintiendo celos de sí mismo.
Se reincorporó. Las manos aún le temblaban.
Se fue alejando lenta, muy lentamente, sin darle la espalda, como si no quisiera desaprovechar ningún momento de la vista de su perfecto cuerpo dormido.
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—Te voy a advertir una cosa, Hopkins... Si vuelves a poner en peligro a mi ama de llaves, si atentas contra su vida de la forma que sea... serás hombre muerto. ¿Entendiste?
Eran las seis de la mañana cuando Dimitri se encontraba en las caballerizas, acorralando al caballerango contra el muro de madera.
—Pe... pero, General...
—¿Entendiste? —dijo en un gruñido.
Aunque Cielo le había dado su nada convincente versión, él estaba seguro de que aquel sujeto había tenido mucho que ver en lo que sucedió el día anterior.
—Sí, General.
—Y otra cosa más... De esto, ni una palabra a la señorita Cielo.
El sujeto puso una mirada confusa, pero asintió.
—¡Buenos días!
Escuchó la voz dulce y alegre de su ama de llaves.
—¿Está todo bien?
—Sí, Cielo... Todo bien.
Se alejó de Hopkins, lanzándole una mirada amenazante.
Y, por un momento, le pareció ridículo que justamente él estuviera mintiendo.
—Llegó antes...
—Sí, bueno... Usted también.
Sonrió.
—¡Lo que pasa es que dormí de maravilla! Y la cama me escupió sin aviso.
No pudo evitar que una sensación agradable se instalara en su pecho.
—Pero usted parece no haber dormido nada, General. ¿Se encuentra bien?
Le preguntó mientras se acercaba un poco más para observar sus ojeras.
Aquella cercanía hizo que el temible General quedara un poco desarmado.
—¡Hopkins! ¡Ensílleme dos caballos! —ordenó tajante.