Cielo
El sonido de alguien llamando a la puerta la despertó.
Ya era de día y, al parecer, había dormido demasiado.
¿Se me hizo tarde para trabajar?
Se incorporó de golpe.
—Adelante... ¿Kala, qué haces? —preguntó Cielo al ver entrar a su compañera de trabajo con una charola en las manos, llena de comida.
—¡Ay! Pero ¿qué te pasó? ¿Estás bien?
Cielo recordó en ese momento el moretón que tenía encima del pómulo y una oleada de vergüenza la cubrió.
¿Por qué debería sentirme avergonzada?
No había ninguna razón.
Y, aun así, se sentía de ese modo.
—Una larga historia, Kala. Pero estoy bien... No tenías que traerme el desayuno.
—Un placer, Cielo. Además, fueron órdenes directas del general.
—¿En serio?
—Sí. Comentó también que hoy te tomarías el día para descansar y mañana te reincorporarías al trabajo.
Cielo se mordió el labio mientras enfrentaba una oleada de pensamientos.
¿Así es como se siente la depresión?
Cielo jamás había tenido tiempo de sentirse triste.
¿Acaso trabajaba tanto y se esforzaba tanto por mantenerse ocupada solo para no sentirse de este modo?
¿O era que simplemente se sentía así porque su tío, al que consideraba su única familia, había querido encerrarla para obligarla a trabajar como una esclava en beneficio de sus propios intereses?
Sin olvidar que le había dado un par de jalones y un golpe que le había dejado aquella marca.
Por una cosa o por todas, no había dejado de llorar.
Y eso que nunca había sido una mujer particularmente llorona ni dramática.
Qué patética eres, Cielo.
Se lo repitió varias veces a sí misma.
Una vez más, alguien llamó a su puerta.
La castaña se limpió rápidamente las pequeñas lágrimas que le brotaban de los ojos y, según ella, se arregló un poco el cabello frente al espejo.
Nuevamente sintió vergüenza de que la vieran todavía en ropa de cama a esas horas del día.
—Hola, Louis —saludó Cielo desde el marco de la puerta.
—Señorita Cielo... Han venido a mostrarle algunas telas y a tomarle sus medidas.
—¿Qué?
—Sí, el sastre ha llegado. ¿Podemos entrar?
Cielo no entendía del todo qué estaba sucediendo.
¿Sastre?
Ella no podía pagar vestidos hechos a su medida, mucho menos confeccionados con telas finas.
—Louis, pero yo no puedo pagar esto —dijo casi entre dientes.
—¿El general no le dijo nada? No debe preocuparse por eso, señorita. Me pidió que le dijera que solicitara los vestidos que quisiera... De los colores que quisiera.
Cielo abrió los ojos y se hizo a un lado para que el sastre y Louis pudieran entrar.
—Y no se preocupe, señorita. Me quedaré con usted para ayudarle en lo que sea que requiera.
—¡Oh, Louis! No quiero ser una molestia. Sé que siempre estás tan ocupado...
—Nada de eso, señorita. El general me lo pidió muy efusivamente... Y ya sabe cómo se pone cuando no se siguen al pie de la letra sus indicaciones.
Qué vergüenza.
¿Acaso ese sería el nuevo sentimiento que reinaría en la mente de Cielo?
Porque, por una cosa o por otra, no dejaba de sentirlo.
—¡Una cintura de apenas cincuenta y siete centímetros! ¡Qué maravilla! —gritó el sastre emocionado.
Cielo le lanzó a Louis una mirada de auxilio.
—Es muy difícil encontrar una cintura de estas medidas, señorita... Ha de ser la envidia de cuantas la conocen. Porque, aparte, no está nada flacucha. No, no. Tiene una cadera prominente y un bus...
Vergüenza.
—Señor Goiry —interrumpió el mayordomo—. Por favor.
—Discúlpeme. Solo me dejé llevar por la emoción. Hacer vestidos para un cuerpo tan privilegiado, sin duda, entusiasma.
¿Cuerpo privilegiado?
Un mágico acababa de decir que su cuerpo, que poseía sangre humana, ordinaria y sin ápice de magia, era...
¿Privilegiado?
Era un cuerpo grandioso, funcional y sano.
Pero para nada era privilegiado.
—Puede elegir entre los bocetos su estilo favorito...
Goiry mostró unos dibujos de vestidos demasiado pomposos, con los cuales estaba segura de que no podría trabajar ni moverse con libertad.
—Señor Goiry, quisiera algo un poco menos... sofisticado. Estos vestidos son hermosos, pero no podría trabajar con ellos.
—¡Pero mis vestidos no son para trabajar!
—Señor, por favor. Le suplico que haga lo que la señorita le pide... Y evitémonos un mal rato —pidió Louis de la manera más amable e incluso un poco suplicante.
El sastre soltó un profundo suspiro, resignado.
—Está bien, pero el corsé no es negociable.
—Está bien, pero omitamos los escotes. Por favor.
Goiry torció los ojos.
—Qué aburrida. ¡Está bien! Pero déjame hacerte un vestido de fiesta... Solo uno.
Cielo miró a su mayordomo.
—El general fue claro en que podía pedir lo que quisiera.
—¡Perfecto! Entonces serán dos —gritó el sastre emocionado.
Los colores para los vestidos eran más que hermosos. Jamás había visto ni sentido telas tan delicadas y finas.
¿Cómo se sentirá llevar esta tela encima de todo el cuerpo?
De pronto, entre las medidas, los colores de las telas, los diseños y las extrañas pláticas de su nuevo amigo Goiry, Cielo olvidó que estaba triste.
***
—Te he extrañado, Cielo —dijo su amiga File desde detrás de la barra de trabajo de la cocina, mientras amasaba con bastante efusividad.
Eran las ocho de la mañana.
Desde que había amanecido, Cielo se había arreglado y apresurado para incorporarse a sus actividades. No quería que pensaran que era una comodina.
No.
Claro que no.
—¿Qué he escuchado? ¿Acaso el cielo se va a caer? ¿Filemona acaba de decir que ha extrañado a alguien en su cocina?
—Basta. Hasta yo puedo echar de menos a alguien —respondió mientras seguía amasando con fervor—. Y es tu culpa. Primero nos acostumbras a todos con tus revoloteos y después nos dejas...