Entre la oscuridad y el Cielo

14

Cielo

La actitud de su extraño jefe es aún más extraña que él mismo. No duda de su buen corazón, pues no se ha cansado de ser comprensivo y ayudarla. Sin embargo, parece que a veces avanzan dos pasos y retroceden tres. Si hubiera algo en lo cual avanzar, sin duda... Regularmente, en las relaciones de jefe y empleada no hay peldaños que subir ni barreras que romper.

Pero Cielo quiere, sin reconocerlo del todo, subir todos los peldaños y romper todos los muros, ventanas y puertas que los dividen.

¿Acaso se está enamorando de su jefe?

Fue una pregunta que le rondó por la cabeza mientras acomodaba, como cada mañana, las lavandas en las habitaciones.

Por cierto, en la habitación de su jefe, cada mañana, el florero de cristal estaba vacío.

¿Su jefe estaría tirando las flores que ella colocaba?

Dudó un minuto...

Y esta vez decidió no entrar a su alcoba. Quizá era alérgico o intolerante al aroma. Ella amaba el olor a lavanda, pero ahora que lo pensaba, el General no parecía ser el tipo de hombre al que le gustara que su alcoba oliera a flores.

Se mordió el labio inferior, preocupada por no estar equivocándose a lo grande. Ella realmente quería conservar ese empleo y hacer las cosas lo mejor posible, lo cual le sería mucho más sencillo si recibiera un poco de instrucciones acerca de sus labores.

—¿Cómo se encuentra el día de hoy, Louis?

—¡Santo Dios, niña! ¡Me ha sacado un susto tremendo!

Cielo soltó una risita.

—Lo siento, no fue mi intención. Quería preguntar si hay algo en lo que pueda ayudarlo, Louis.

—Nada —respondió tan rápido que no dejó espacio a la negociación.

Cielo hizo una mueca decepcionada.

—Eres la primera persona que conozco que se entristece por no tener más trabajo.

—¿Más trabajo? Si apenas tengo cosas que hacer, Louis. ¡Quiero ser de utilidad en este castillo! Pero me está siendo más difícil de lo que pensé...

—¿Está hablando en serio? Todo el día la pasa de arriba abajo. Ha puesto una parte de usted en todo el castillo y un nivel de cuidado en los detalles que nadie había tenido antes... Como eso que hace con las lavandas.

—Pero no sé si sean tareas reales.

—¿Cómo dice eso?

—Es un castillo tan grande que parece que, si un día no viniera nadie lo notaría.

—Créame que todos notamos su ausencia hace días.

—¿En serio? ¿Incluso tú?

—En serio... Incluso el General.

Dijo eso y después le tendió una sonrisa de lado. Una sonrisa de... ¿complicidad?

Las mejillas de Cielo se pusieron rojas como tomates.

—Pero bueno, ya me tengo que ir... Ya he dicho mucho. Vaya al jardín a caminar un poco, o a las caballerizas... o qué sé yo.

En pocas palabras, lo que le dijo fue: Vaya a distraerse y no esté pensando tonterías.

La dudosa mujer salió a los jardines y no pudo evitar soltar un suspiro de satisfacción al contemplar su obra: la fuente dorada, la cual pensaba que hasta ese día había sido su único acierto. Entre lirios, lavandas y las gardenias que habían plantado, los jardines lucían hermosos.

Pero no pudo evitar seguir ideando dónde poner más y más flores...

Quizá al fondo pueda colocar un plantío de geranios. Sí, eso resultaría hermoso y son sencillos de cuidar.

Siguió caminando entre el pasto y el barro, importándole poco ensuciar sus zapatos, hasta que después de un rato llegó a las mencionadas caballerizas.

Se quedó boquiabierta.

Este castillo no deja de sorprenderme...

Y no pudo evitar preguntarse con qué alimentaban a aquellos caballos. Eran enormes y su pelaje era más luminoso que su propio cabello. Hacían ver a los caballos del pueblo como mulas.

—¿Algo se te perdió?

Un hombre de edad adulta salió de entre los cercos de madera. Tenía una barba un poco larga, con algunas canas asomándose entre ella.

—Hola... Soy...

—Sé quién eres. Se nota tu humanidad a kilómetros —dijo, recorriéndola con la mirada de arriba abajo—. ¿Qué se te perdió?

Volvió a insistir con aquella quisquillosa pregunta.

—Nada, no se me perdió nada... Solo vengo a conocer las caballerizas.

—Mmmm... Ahora veo que lo que dicen es cierto. Eres la mascota del General, a la que deja pasearse y mordisquear todo como perro faldero.

Otra vez aquella insultante referencia...

—Me gustan los perros falderos.

Fue lo único que se le ocurrió responder mientras se acercaba a los cuadrúpedos, dejando a aquel hombre sin nada más que decir.

—Nunca había visto caballos tan grandes y hermosos.

El hombre ni siquiera la miró mientras continuaba alimentando a los animales.

—¿Te puedo ayudar? ¿A alimentarlos?

—Como quieras.

Su respuesta fue fastidiosa y para nada una invitación, pero a Cielo poco le importó y comenzó a imitarlo en lo que hacía.

De pronto, una idea maliciosa se cruzó por la mente del caballerango y de sus ojos brotó una mirada malévola.

—¿No querrás montar uno, cierto?

—¿Montar uno? La verdad es que nunca he montado.

—No me sorprende. Los mágicos aprendemos a hacerlo desde los cinco años... Pero los humanos tienen habilidades nulas para cualquier cosa.

—¡Eso no es cierto! ¡Los humanos aprendemos fácil!

Era cierto que no poseían dones increíbles, pero sabían practicar y practicar...

—Si tú lo dices. Podría apostar a que un recién nacido mágico montaría más rápido que tú.

Cielo nunca había sido competitiva, enojona ni alguien a quien le importara demasiado lo que pensaran de ella.

Pero tampoco le gustaba que la subestimaran.

—No dudo que un recién nacido mágico pueda.

Y, en efecto, no lo dudaba.

—Pero tampoco dudo que yo pueda.

—Pues adelante, mi lady...

Se apartó de los caballos con aire burlesco y Cielo lo miró, achicando los ojos con desconfianza mientras se acercaba.

—¡Pero espere! Debe intentarlo con este... Es el más dócil de todos.




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