General Dimitri Raubtier
Cabalgaron ciudades y ciudades, pero solo noventa y cinco herederos Oscuros habían podido reclutar. Muchos no quisieron unirse... Pero fueron aquellos con poco poder, o casi nulo debido a la impureza de su sangre, los que decidieron unirse a su ejército.
Ofreció una buena paga y una mejor vida para sus familiares.
El mundo de hoy en día se mueve a base de oro. Esa es la nueva supervivencia.
Y piensa usarlo a su favor.
Dimitri, Dinsel y Kass habían pasado toda la noche fuera. Eran las nueve de la mañana cuando los tres hombres arribaron al castillo y entraron, sin distracción, a la biblioteca, como era costumbre.
—Cien nuevos soldados Oscuros... —dijo Kass.
—Noventa y cinco —corrigió Dinsel.
—Más los hombres de nuestras tropas, suman trescientos noventa y cinco.
—Tomando en cuenta que la mayoría apenas tiene un susurro de poder, no sé si se les pueda llamar Oscuros —dijo Dimitri, malhumorado.
—La sangre de los dioses es fuerte, aun cuando esta sea su última generación. Aún tienen poder en sus venas —dijo Dinsel.
La sangre de los dioses dura cinco generaciones en la línea descendiente. Si no se fortalece con una unión con otro heredero, cada generación se debilita hasta que los dones desaparecen por completo.
—La mayoría posee buenos reflejos y una capacidad innata para el uso de armas... Con eso debe bastar —agregó Kass.
Recuerda que las hormigas les ganan a los saltamontes.
Aquella estúpida frasesita no dejaba de resonar en su cabeza, lo cual lo tenía de muy mal semblante.
TOC, TOC.
Louis entró a la biblioteca con una bandeja en las manos.
—Les traje algo de comer...
El viejo mayordomo siempre estaba al pendiente de las necesidades básicas de su amo, aunque él a veces las pasara por alto.
—Muchas gracias, Louis. ¡Ya me hacía falta! —Kass corrió a asaltar la charola.
Dimitri no pudo evitar verlo con mala cara.
El más joven de los tres tomó una taza de té, un sándwich al que le dio un mordisco y luego...
—¿Desde cuándo Filemona hace galletas? —preguntó Kass.
Dimitri alzó una ceja, muy consciente de que a su cocinera jamás se le habían dado los postres.
—¡Y están riquísimas! —dijo con la galleta en la boca, antes de agarrar otra.
—Ayer la señorita Cielo se la pasó con ella en la cocina —dijo Louis—. Me parece haber escuchado que ella las cocinó.
—¿Filemona dejó a alguien entrar a su cocina? —preguntó el joven, bastante sorprendido.
Todos conocían el mal carácter de la cocinera.
Dimitri se incorporó, interesado.
Tomó una galleta y la mordió. El chocolate se deshizo en su boca. Por poco cerró los ojos, pero se contuvo.
—¿Es por eso que contrataste a la humana? ¿Por sus galletas? —preguntó Kass—. Solo así lo entendería. Están deliciosas...
—Dicen que ella sola reparó la fuente dorada —agregó Dinsel.
—El porqué la contraté no es asunto suyo. Y deja de tocar mis galletas, Kass.
—No solo la contrató... ¡La tiene viviendo en el castillo! —continuó Dinsel.
Él pocas veces se prestaba para hacer enojar al General, pero cuando lo hacía, se lucía.
Dimitri lo fulminó con la mirada.
—¿La tienes viviendo en el castillo? —preguntó Kass con los ojos bien abiertos.
—Y en una de las habitaciones de huéspedes...
—¡Te has vuelto loco!
—Ya basta, los dos... Nada de esto les incumbe. Yo puedo hacer lo que me plazca con mi castillo, mis habitaciones de huéspedes —hizo una pausa— y mis empleados.
Dijo aquello un poco más malhumorado que de costumbre.
Dimitri escoltó a sus compañeros entrometidos hasta la puerta del castillo.
Era mediodía y el sol quemaba con rudeza.
De pronto, una oleada de dulzor lo cubrió.
Maldita sea. Tenía que ser ella.
La dulce y hermosa mujer, con sus cabellos tomados en una coleta baja, se aproximaba caminando entre el césped, con una canasta en las manos y algunas herramientas de jardinería.
Él, por un momento, se quedó como un idiota contemplándola, olvidando por completo que no estaba solo.
—Creo que ahora lo entiendo todo —le susurró Kass, sacándolo del embrujo.
—No te atre...
—¡Usted debe de ser la nueva colaboradora del castillo! —se acercó Kass a ella.
La mujer bajó la canasta al suelo.
—Así es. Mi nombre es Cielo —respondió tímidamente.
—Cielo... Qué espléndido nombre.
¿Quién se cree para halagar a sus trabajadores?
—Yo soy Kass.
Dimitri, de dos zancadas, llegó hasta ellos y disimuladamente lo apartó.
—Y él es Dinsel. ¡Somos amigos de Dimitri!
Dinsel, un poco más prudente como de costumbre, solo la saludó de lejos con una amplia sonrisa.
—No sabía que el General Raubtier tuviera amigos... Es un placer conocerlos.
Dimitri soltó un resoplido resignado.
—¡Cielo! ¡Ya encontré la pala!
Aquel grito se hizo presente en la conversación.
Adriel se encontraba a la distancia, agitando una pala de jardinería.
—Lo siento, debo irme...
Dimitri de inmediato puso mala cara.
—Le dije que no quería que usted mis...
—General —lo interrumpió Cielo—. Tuve la idea de cambiar unos árboles de lugar y plantar algunas flores para intentar hacer un jardín decente. Y Adriel se ofreció, por su propia cuenta, a ayudarme.
Cielo enfatizó aquellas últimas palabras.
—No le veo inconveniente a eso. ¿Usted sí, General?
Kass y Dinsel se miraron asombrados.
Nadie le hablaba de esa manera a Dimitri.
Y no es que le hubiera hablado mal; pero, aun así, nadie lo hacía.
Quedaron todavía más asombrados cuando Dimitri soltó un suspiro.
¿Y quién podría resistirse a esas pestañas y esos ojos azulados?
—Está bien, Cielo. Vaya con cuidado.
La mujer le mostró una gran sonrisa que dejó al hombre deshecho.
—Un gusto, caballeros.