Entre la oscuridad y el Cielo

10

Cielo

Son las diez de la mañana. Cielo se encuentra a mitad del jardín, con ambas manos sobre sus caderas, admirando orgullosa su obra.

El trabajo que ella y Adriel han hecho con las flores y los árboles resultó hermoso. Los enormes pastizales del castillo ahora tienen algunas notas de color debido a las flores que plantaron.

¡Y todavía les falta demasiado!

Pero ya tendría suficiente tiempo para colorear cada rincón.

—¡Jamás se habían visto tan coloridos los jardines, Cielo! —dijo Adriel mientras se colocaba a un lado de ella.

—Se ve hermoso, ¿verdad? ¿Crees que al jefe le guste?

—Mmm... No sé si el General Raubtier tenga la capacidad de admirar la belleza de los colores.

Cielo torció la boca.

—¿No dormiste bien?

—¿Qué?

Adriel estiró la mano y Cielo, por reflejo, se apartó.

—Tus ojeras...

Lentamente llevó su dedo índice a los surcos bajo sus ojos.

Ups. Quizá debí ponerme un poco de maquillaje. Qué vergüenza.

El ruido de un galope lejano se hizo presente.

El General Raubtier se encontraba sobre su caballo, con su uniforme, su usual gabardina y sus guantes de piel.

A Cielo se le puso la piel de gallina con aquella mirada que les lanzó.

Una mirada que un asesino pondría antes de apuñalar a su víctima.

—¡Señor Adriel! —gritó desde la lejanía—. ¡Deje de estar perdiendo el tiempo y póngase a trabajar! Los surcos no se harán solos.

Los ojos de Adriel se abrieron como platos.

—D-debo irme... —balbuceó nervioso antes de echar a correr hacia donde fuera que estuvieran aquellos surcos.

El caballo blanco, junto con su jinete, se acercó a ella.

—Hizo un buen trabajo, Cielo.

—¿Usted cree? —preguntó, tratando de ocultar la necesidad de reconocimiento. De su reconocimiento.

—Lo que yo crea no importa. Le estoy diciendo la verdad.

¿Quiere decir que hizo un buen trabajo aunque él no lo crea?

El caballo siguió avanzando sin detenerse.

—¡Y, Cielo! ¡No dude por un segundo de mi capacidad para admirar la belleza!

—¿Qué?

—¡Créame, lo he hecho muchas veces! —dijo antes de perderse en el camino.

¿Nos habrá escuchado? Eso es imposible.

¿O se habrá quedado sorda y Adriel, en lugar de hablarle casi al oído, le había gritado?

***

Después de revisar todas las habitaciones, o casi todas, del castillo —que son bastantes— y colocar sobre cada mesita de noche un ramillete de lavandas recién cortadas en un florero de cristal, Cielo se detuvo unos minutos delante de la puerta del cuarto del señor Raubtier.

Suspiró hondo.

Soy su ama de llaves... Es completamente normal que entre a su alcoba, ¿no?

Podría haber omitido esta alcoba. Sin duda, pudo haberlo hecho.

Pero, después de todo, Dimit... El señor le había dicho puntualmente que quería que revisara que todas las habitaciones estuvieran impecables siempre.

¿Acaso todas las habitaciones excluyen la de él?

Lo dudo.

Y la verdad que Cielo jamás aceptaría en voz alta es que la curiosidad de ver los aposentos de su mal encarado jefe la carcome por dentro.

¿Sería un hombre desordenado que deja los calzoncillos y las botas regados?

¿O, por el contrario, sería un maniático del control y el orden que acomoda todo por colores?

Bueno, si es que tiene colores en su alcoba...

Cielo mordió su labio inferior, haciendo callar su mente y, sin darle demasiadas vueltas, entró.

Nada fuera de lo común.

Nada digno de un villano de cuento.

Al contrario, parecía un lugar que desprendía...

¿Paz?

Los pisos y muros, al igual que en todo el castillo, eran de cantera y piedra. Los techos altos daban una sensación de amplitud.

Justo en medio se encontraba su cama, más amplia de lo normal. Sus sábanas eran de seda color blanco y su cobertor, de plumas de ganso.

No pudo evitar la tentación y se sentó sobre ella.

Deliciosa y confortable.

Levantó una almohada y la llevó a su rostro, inundando sus sentidos con el aroma hechizante de su jefe.

De pronto se preguntó cómo sería despertar en esa cama...

Borró el pensamiento de inmediato.

Este cuarto, a diferencia del suyo, tenía una gran terraza, donde al parecer a su jefe le gustaba pasar el tiempo, pues había una silla, una pequeña mesa y una copa de vino vacía.

Cielo sintió una sensación extraña arremolinándose en su estómago al imaginarse a aquel hombre sentado allí, bebiendo, como lo había encontrado la noche anterior en la cocina.

Su mente le jugó una mala pasada y ya parecía casi estarlo viendo delante de ella con esos pantalones de manta y su camisa de algodón medio abierta, con el cabello alborotado por la almohada y los pies descalzos.

Dimitri Raubtier era un hombre sumamente atractivo.

Su uniforme de General lo hacía lucir indestructible, intocable, inaccesible.

Al verlo vestido de aquella manera tan casual, había removido sentimientos desconocidos y oscuros en Cielo.

Deja de estar fantaseando con tu jefe.

Las ganas de curiosear por sus cajones y su ropa la inundaron, y fue entonces cuando supo que estaba yendo demasiado lejos.

Tomó su pequeño jarrón de cristal, puso las lavandas en la mesita justo al lado de la cama y salió presurosa.

Al terminar sus múltiples actividades, que, por cierto, ella misma se había asignado, fue a la biblioteca a tomar algunos ejemplares.

Libros de herbolaria, historia, matemáticas y filosofía y letras.

No estaba segura de si podría comprenderlos del todo debido a la ignorancia que había cargado durante tantos años...

Pero estaba decidida a dejarla atrás.

Su jefe había llegado en la madrugada y no es que estuviera esperándolo. No, por supuesto que no...

Pero, casualmente, hasta que supo que Dimitri se encontraba en sus aposentos, Cielo cerró el libro con el título El inicio de la Gran Guerra que estaba leyendo y se dispuso a dormir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.