Entre la oscuridad y el Cielo

3

General Dimitri Raubtier

—Me han llegado rumores de que tienes a la chica más hermosa del pueblo sirviendo tragos en esta taberna, Joe —dijo aquel asqueroso hombre que olía a perro mojado, con voz aguardientosa.

—¿Te refieres a Cielo?

—Hasta su nombre le hace justicia —terminó de decir la frase con una risa maliciosa—. Te daré diez monedas para que solo ella nos atienda.

Dimitri escuchó la conversación atentamente desde el otro lado de la taberna y, de pronto, se descubrió apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le tornaron blancos.

—Dalo por hecho. Cielo los atenderá encantada —respondió Joe mientras recibía las monedas.

El hombre que olía a perro sacó un billete y, sin decir una palabra, se lo entregó disimuladamente al loco Joe. Este lo guardó en su bolsillo, bastante nervioso. Incluso la mano le tembló ligeramente.

Sin decir una palabra, asintió y mandó llamar con un grito a la castaña.

En cuanto la chica apareció y se enteró del trato de su jefe, su corazón comenzó a latir más rápido.

Está asustada.

Pero de inmediato guardó la compostura y esbozó una sonrisa, accediendo a atenderlos.

Dimitri tuvo que contar hasta diez para no levantarse en ese momento y partirles la cara a aquellos hombres.

Desde hacía meses, Dimitri vigilaba entre las sombras a aquella bella mujer. Antes había intervenido, pero siempre en el anonimato.

La última vez había degollado a un par de sujetos por mirarla de forma pervertida.

Esos pechos jugosos me vendrían bien en mi cara.

Recordó las palabras que uno de ellos había profanado y se regocijó al recordar la imagen de la sangre saliendo a borbotones de su garganta.

Pero interferir de forma pública, mostrando su rostro y presentándose ante ella, era un paso que no tenía planeado realizar.

Sin embargo, las cosas se salieron de control cuando cayó en cuenta de las oscuras intenciones de aquellos hombres.

Escuchó los latidos acelerados de Cielo, su respiración entrecortada... El miedo inundaba su rostro.

Aquel sujeto la tomó con fuerza del brazo y ella se quejó.

Esto es demasiado. Hasta aquí.

Dimitri ni siquiera lo pensó cuando el crujido del brazo al romperse se hizo presente.

Estaba inundado de coraje. El depredador quería despedazar a sus víctimas en ese momento...

Pero un poco de razón golpeó su conciencia al escuchar aquel latido desenfrenado.

Si hacía una masacre, Cielo no lo resistiría.

Así que se contuvo.

Respiró hondo y, para su pesar, decidió no matarlos en ese momento.

—¡Pelea campal! —escuchó gritar a un comensal.

Y todos comenzaron a pelear unos con otros sin ningún sentido.

Típicas acciones de humanos.

Pensó para sus adentros, casi poniendo los ojos en blanco.

Sus reflejos se activaron. Posó las manos sobre la diminuta cintura de la mujer y la movió justo a tiempo.

Un plato pasó rozándola y por poco la noqueó.

—Vámonos —le dijo al oído mientras envolvía su mano con la suya, sintiendo su piel tersa y fría contra la de él.

Aquel contacto le hizo sacar chispas.

La subió a su caballo sin esfuerzo.

Maldición. Su cintura parece estar hecha para que mis manos encajen en ella.

De inmediato borró ese pensamiento de su cabeza y subió de un brinco detrás de ella.

Sus brazos la rodearon y el cabello castaño de Cielo comenzó a volar sobre su rostro.

Dimitri inhaló profundamente, llevando aquel embriagante aroma a lo más profundo de su ser.

Jamás había calculado cómo sería tenerla así de cerca. Solo en sus más oscuros sueños lo había imaginado...

Pero sus sueños no le habían hecho justicia a la realidad.

Entre aquel aroma, el contacto de la piel tersa de su cuerpo contra sus antebrazos y el sonido de su corazón y su respiración tan cerca que parecía estar dentro de él...

Estaba enloqueciendo.

Respira hondo.

Se dijo a sí mismo, intentando tranquilizarse y evadir lo que estaba sucediendo.

Hasta que escuchó:

—Oye...

El corazón de Dimitri dejó de latir por un segundo. No pudo responder. Solo posó la mirada sobre ella.

—Muchas gracias... De verdad que sí. Si no hubieras interferido, no sé...

Una lágrima gorda cayó por sus ojos y la interrumpió.

Dimitri volvió a perder aquel control que estaba recuperando.

—Siento todas las molestias que te has tenido que tomar por mi culpa... Yo...

—No hables —Dimitri la interrumpió.

Si seguía hablando, todo atisbo del autocontrol que tanto esfuerzo le estaba costando mantener se iría al caño.

—Solo... quédate en silencio.

Cielo permaneció callada el resto del viaje, mientras Dimitri luchaba por conservar la compostura, al menos lo suficiente para poder dejarla en su casa.

Al ver la austera vivienda a lo lejos, la mujer soltó un suspiro de alivio, liberando el aroma de su aliento.

Dimitri cerró los ojos por reflejo y saboreó lentamente aquel aroma.

¡Que se aleje!

—Cielo... —hizo una pausa—. Mi nombre es Cielo.

Dimitri sabía su nombre desde hacía mucho. Pero ahora tenía su permiso para llamarla así.

Aquel nombre, sin duda, era el más hermoso que jamás había escuchado.

Dudó en decirle el suyo.

Cielo estaba a punto de entrar a su casa cuando su boca, sin pedirle permiso, soltó:

—Dimitri.

Y su caballo avanzó aprisa.

—Dimitri...

La escuchó susurrar su nombre.

Y el corazón parecía salírsele del pecho.

Joder.

***

—¿Quién eres tú? —preguntóJoe, que se encontraba amarrado a una silla de madera.

—Soy el diablo en persona, Joe. Ese es tu nombre, ¿cierto?

—¿Todo esto es por esa chica? —preguntó—. ¡Lo siento! ¡No fue mi intención!

—Ya es muy tarde para disculparte, Joe.

Dimitri señaló los cuerpos inconscientes que estaban amarrados a su lado.




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