Entre la oscuridad y el Cielo

5

General Dimitri Raubtier

Aquella noche se demostró a sí mismo que podía controlarse y no fue a buscarla. Casi tuvo que amarrarse a la cama para lograrlo.

Pero lo consiguió.

Aquello le dio a Dimitri la esperanza de que podía estar cerca de ella sin perderse en el intento.

Cerca, pero no demasiado, por supuesto.

Solo lo suficiente para tener su exquisito aroma cada día...

Trabajando para mí, claro está. Ella será mi ama de llaves, que buena falta le hace a este castillo. Y listo.

No le veía nada de raro al trato.

Ella requería un empleo y él, una empleada.

Y, después de todo, él había sido el culpable de que por fin dejara de trabajar en aquella asquerosa taberna.

Su castillo, sin duda, sería un lugar mucho mejor para ella.

Más seguro.

Más cómodo.

Sin borrachos acosadores.

Sin embargo, ahora se encontraba dando vueltas en la biblioteca de un lado a otro y comenzaba a preguntarse qué tan buena idea había sido.

Aún no había llegado y ya se encontraba...

¿Nervioso?

Miró su reloj.

Las nueve de la mañana.

¿Qué parte de "a primera hora" no entendió?

Dimitri llevaba en la biblioteca desde las siete de la mañana, lo que él consideraba la primera hora del día.

Su mano temblaba ligeramente.

No recordaba la última vez que había estado ansioso por una cita.

No va a venir.

Comenzó a pensar que seguramente se había asustado cuando le reveló que era un general.

TOC, TOC.

El sonido de alguien tocando a su puerta se hizo presente y Louis entró a la biblioteca.

—Señor, una... joven lo busca —hizo una pausa—. Dice que tiene una entrevista laboral con usted. Se llama Cielo.

Su corazón se aceleró, pero su rostro continuó imperturbable.

—Hazla pasar, Louis.

Dimitri se paró frente a su estantería de libros, fingiendo observarla.

En cuanto Cielo se aproximó a la biblioteca, ya podía percibir su aroma.

Al mismo tiempo, escuchó los pasos delicados de la mujer.

Y sí...

Hasta sus pasos podían ser delicados.

—¿Conque las nueve de la mañana es primera hora del día para usted?

Por supuesto, no iba a desaprovechar la oportunidad de echarle en cara que lo había tenido esperando durante dos horas.

—Lo siento mucho. No pensé que estuviera tan lejos...

Dimitri se giró para verla y la encontró con los zapatos y unos buenos centímetros del vestido cubiertos de barro.

Su cabello no estaba tan bien peinado como el día anterior y lucía un poco cansada.

—¿Se vino caminando desde el pueblo?

De repente, Dimitri tuvo un sentimiento que no muy a menudo experimentaba.

Vergüenza.

—No pensé que viniera hasta aquí caminando, Cielo. Habría mandado...

—¡No se preocupe! Me gusta caminar —dijo con una gran sonrisa forzada en el rostro.

Aquí va nuevamente con esas mentiras.

Dimitri enarcó una ceja.

—Bueno, por favor, tome asiento. ¿Gusta algo de beber?

—¡Sí! —contestó rápidamente—. Un café caliente me pondría feliz.

Dimitri, de pronto, se sintió con ganas de pedir un cafetal completo.

—El trabajo será relativamente sencillo. Tengo gente encargada de la limpieza, jardineros y personal de mantenimiento. Pero requiero a alguien que se encargue de vigilar que todo funcione, que cada habitación se encuentre en buen estado, que los jardines siempre estén verdes, la galería sin polvo, la biblioteca ordenada... esas cosas. ¿Entiende?

Hizo una pausa.

—Obviamente, usted no lo hará personalmente. Tendrá gente bajo sus indicaciones.

Estornudó.

Y si los estornudos también pueden ser delicados...

Matenme ya, por favor.

—Salud.

—Gracias.

—Le decía que... yo no tengo tiempo para eso. Si acepta el trabajo, le será sencillo porque mis empleados son pocos, pero eficientes. Solo quiero que el castillo tenga un poco de...

—¿Vida? —preguntó ella.

Y otro estornudo.

—Salud. ¿Se encuentra bien?

Dimitri no pudo evitar poner mala cara.

—Sí, sí... Solo es alergia —respondió nerviosa.

Su corazón se había acelerado un poco más de lo habitual.

En eso entró Louis con dos tazas grandes del mejor café que había en el castillo.

Dimitri miró las pequeñas manos de Cielo tomar la taza.

Ella la llevó hasta su rostro y, al sentir el vapor sobre él, cerró los ojos con regocijo.

—Mmm...

Liberó un leve gemido de sus labios, desprendiendo un aroma mezclado entre su aliento y el café.

Dimitri, por unos instantes, se congeló.

El hombre tragó saliva, nervioso.

Pero, claro, jamás lo admitiría.

—Si decide aceptar mi propuesta, la paga que le ofrezco para empezar serían trescientas monedas al mes, divididas en dos pagos. Habrá un periodo de prueba mutuo y, después, podría subirle un poco más el sueldo.

Cielo se atragantó ligeramente con el café.

—Es mucho más de lo que ganaba antes...

—Lo entiendo. ¿Entonces está de acuerdo?

—¡Claro que sí!... Digo... sí, acepto la propuesta —se corrigió, tratando de no parecer emocionada.

Fue inútil.

Dimitri ya había escuchado su corazón agitado.

—Y, Cielo, respecto a nuestras diferencias en cuanto a...

—Tranquilo. No hay nada que explicar...

—Muchos mágicos odian a los humanos y, sobre todo, los herederos. Yo soy el general al mando del ejército oscuro y, entre mis empleados, usted sería la primera...

—¿La primera humana?

—Así es.

—Está bien. Estoy de acuerdo con eso.

—Quizá haya quienes no estén contentos de convivir con usted.

Parecía que, por aquel pequeño y único momento, estaba convenciéndola de no aceptar el empleo.

Una parte de Dimitri deseaba que saliera corriendo, asustada, por su propio bien.

Porque sí sería por su propio bien.

En cambio, Cielo solo asintió en respuesta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.