Entre la oscuridad y el Cielo

13

General Dimitri Raubtier

—¡No, no, no! ¡Por favor! ¡No me lastime! —gritó el hombre, llorando y casi ahogándose con su propia saliva—. ¡Ella es mi sobrina! ¡Juro que no pensaba hacerle daño!

Dimitri, furioso, se abalanzó sobre él y le dio un golpe tan fuerte que le hizo escupir unos dientes.

Si algo detestaba eran las mentiras.

—Eres zurdo, ¿verdad?

El general hizo aquella pregunta aunque conocía perfectamente la respuesta.

El sujeto, con aquel olor a podredumbre, asintió asustado.

—Por favor... Mi hija no tarda en llegar. Se lo ruego...

—Oh, no, no. Esto no tardará mucho...

Los ojos de Dimitri estaban ensombrecidos. Aquel color gris claro que los caracterizaba había desaparecido. Ahora eran negros en su totalidad.

—No voy a matarte.

El general aborrecía dejar con vida a la escoria que tenía enfrente y aborrecía aún más no poder desmembrarlo y despellejarlo por haber lastimado a su trabajadora.

—Gracias... gracias...

—Pero me voy a asegurar de que nunca más vuelvas a ponerle una mano encima.

El depredador tomó la mano izquierda del sujeto, aquella con la que había golpeado a su ama de llaves, y, utilizando únicamente la fuerza de una mano, se la hizo trizas.

Los gritos de dolor del hombre llenaron la desgastada casa.

Le rompió cada hueso, asegurándose de que jamás pudiera utilizarla de nuevo.

El hombre empalideció y gruesas gotas de sudor cayeron por su frente.

—Has abusado de ella. La has maltratado y lastimado de muchas formas...

El llanto y los gritos asustados salían de su garganta.

—Y aun así, por ella... solo por ella y su frágil corazón, te dejo con vida.

Solo fue necesario pisar su tobillo con un pie para romper por completo el hueso.

Sin la ayuda de algún sanador, le costaría mucho trabajo volver a utilizar ese pie.

El hombre se desmayó del dolor.

Dimitri maldijo no tener un poco más de diversión.

Sin duda merecía un poco más.

Solo un poco más de sufrimiento.

—Malditos humanos —susurró antes de salir de aquella pocilga.

Pero no sin antes escupir sobre su cuerpo inconsciente.

Por sujetos como el que tenía enfrente estaba convencido de que los humanos eran la peor escoria del planeta.

Claro, dejando de lado a su hermosa ama de llaves.

Tan hermosa y gentil que se le hacía increíble pensar que alguien hubiera sido capaz de hacerle daño.

***

Llevaba dos días enteros comportándose como un desquiciado.

Su mente revivía una y otra vez el momento en que encontró a Cielo en aquel cuarto, tan indefensa, temblando y muerta de miedo.

Con aquellos tonos púrpura en su rostro.

Color que ahora aborrecía.

Recordaba el sonido de su llanto.

El castañeo de sus dientes.

Sin duda, había sido una de las peores noches de su vida.

Y no.

No estaba exagerando.

—¿Estás bien? Te he notado muy extraño estos días.

—¿Por qué no debería estarlo, Kass? —respondió fastidiado.

El general se encontraba en compañía de su coronel y su almirante, observando el entrenamiento de los soldados.

—No lo sé, pero luces... distraído. Y más irritable de lo normal. ¿Has recibido malas noticias?

—Nada que no sepan ya.

—¿Y entonces...?

—Deja de cuestionarme, por el amor de los dioses.

Kass guardó silencio unos segundos.

—¿No estarás así por Cielo?

Cielo.

¿Quién se cree para pronunciar su nombre como si la conociera?

—¿Cómo la llamaste? —preguntó amenazante.

—Cielo —respondió.

—Te prohíbo que la llames de ese modo.

Las caras de sus dos amigos y mejores aliados fueron de absoluta confusión.

—¿De qué hablas? Ese es su nombre, ¿no? —preguntó Kass.

Y sí, ese era su nombre.

Incluso para Dimitri mismo resultaba exagerado.

Pero acababa de descubrir que le molestaba que alguien más lo pronunciara.

Le molestaba escuchar aquel nombre en la voz de otro hombre y, por muy tonto que sonara, no podía controlarlo.

—¿Cómo puedo llamar a la señorita Cielo si no es por su nombre? —insistió Kass, completamente extrañado.

Dimitri estaba seguro de que, si volvía a pronunciarlo, simplemente le estamparía el puño en el rostro.

Kass debió de leer su expresión porque de inmediato cedió.

—Está bien. Corrijo. ¿Tu actitud no tiene que ver con tu ama de llaves?

Aunque se había dado cuenta de que, efectivamente, podía tener algo que ver con aquella hermosa castaña, Kass quiso ver por sí mismo la expresión de su amigo.

—Estás pensando demasiado en mis empleados, ¿no crees? Es mejor que te concentres en tus asuntos... Los nuevos son un asco con el tiro a distancia.

Kass era el encargado de las prácticas con cuchillos.

Con una mueca, el joven intrépido se alejó hacia el grupo de soldados para comenzar con sus enseñanzas.

—¿Y qué harás con ella? —preguntó Dinsel.

Ahora soltó un suspiro.

¿Acaso se habían puesto de acuerdo para molestarlo?

Dimitri alzó una ceja, limitándose a guardar silencio.

—¿Sí te das cuenta de que es una humana? Es un peligro que la tengas en tu castillo y, además, te puede traer consecuencias...

—Cuando requiera tus observaciones estúpidas o las preguntas más estúpidas de Kass, yo mismo los buscaré.

Se acercó un poco más de lo normal.

Con su uniforme de general y aquel semblante que podía intimidar a cualquiera.

—Ahora dejen de estarme tocando las pelotas.

Se fue molesto.

Subió a Tormenta como un niño haciendo una rabieta y salió cabalgando del campamento.

Por supuesto que se daba cuenta de que su nueva trabajadora era una humana.

Si era la única cosa que le había estado rondando en la cabeza desde la primera vez que la vio.

Y aunque él mismo aceptaba que quizá aquella castaña se le había clavado demasiado hondo, eso no cambiaba en nada su postura respecto a los humanos.




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