—Dígales a los señores que vengo por esto —interrumpió Lucas, mostrándole la pantalla de su teléfono con el anuncio de búsqueda y la recompensa ofrecida por la localización de Dana Quezada. — Sé exactamente dónde está la niña. Y sé quién la tiene.
El impacto de la declaración abrió las puertas de inmediato. Minutos después, el ascensor lo depositó en el último piso, un espacio dominado por el mármol, los grandes ventanales y la presencia imponente del Grupo Tezanos.
Al salir, lo condujeron a una oficina sobria y elegante. Frente a él se encontraban las figuras aristocráticas de los Tezanos, aquellos de los que tanto había leído. Lucas no titubeó. Mantuvo la espalda recta, usando su temple de carabinero como escudo.
—Buenas tardes —comenzó Lucas, presentando su identificación—. Soy Lucas Soto, carabinero. Estoy aquí porque sé con precisión dónde se encuentra Dana. Tengo todos los detalles de su paradero, el lugar exacto donde se oculta y la red que la rodea. Puedo entregarles toda la información que necesitan para recuperar a la niña hoy mismo.
Los ojos de la familia se iluminaron con una fría ambición. Sin embargo, antes de soltar un solo nombre o dirección, Lucas dio un paso al frente y fijó su petición con firmeza:
—Pero hay una condición innegociable. Quiero que recuperen a Dana sin tomar ningún tipo de represalia ni acción legal contra la mujer que los está alojando en Chile. Les pido, de la manera más clara posible, que no haya ninguna denuncia ni medida contra ella. Libertad no tiene nada que ver; es solo una vieja amiga del hombre, alguien de su pasado a quien él acudió desesperado. Ella no tiene la menor idea de la verdad ni del trasfondo real tras la huida de ese tipo con la niña. Solo actuó por lástima.
Los Tezanos intercambiaron una mirada imperceptible y asintieron con una cordialidad estudiada.
—Por supuesto, joven —dijo la representación de la familia con una sonrisa conciliadora—. A nosotros solo nos importa el bienestar de nuestra nieta. Libertad no sufrirá consecuencia alguna.
Lucas, creyendo haber asegurado la protección de la mujer que aún le quitaba el sueño, comenzó a explicar su versión detallada de los hechos. Les contó que Maximiliano había llegado a Chile de forma clandestina tras cruzar la frontera y que se presentó de golpe en el negocio de Libertad trayendo a la pequeña gravemente enferma. Les detalló cómo el propio Maximiliano Venía destrozado, completamente golpeado tras una golpiza que lo dejó hospitalizado por días, obligando a Libertad a hacerse cargo de la niña por pura compasión y por esa antigua amistad.
Lucas dejó muy en claro que entre ellos dos no existía un vínculo sentimental, presentando a Libertad únicamente como una conocida del pasado que terminó envuelta de buena fe. Lo que omitió de manera deliberada fue el golpe que le destrozaba el orgullo: no les dijo jamás que se enteró de que se habían casado. Una parte muy dentro de él se negaba tajantemente a reconocer ese matrimonio exprés como algo real, consolándose con la idea de que era solo una maniobra de manipulación del argentino. Tampoco sabía que ya había un abogado gestionando la guarda provisoria de la pequeña.
—Están ocultos en el Cajón del Maipo —reveló finalmente Lucas, extendiendo un papel con la ubicación anotada—. Ahí es donde los tiene. En ese hostal.
Magdalena Tezanos, la tía abuela de Dana, observó la rigidez de Lucas y calculó de inmediato sus debilidades. Percibiéndolo como un hombre herido, despechado y fácilmente manipulable, adoptó una postura frágil y maternal para sensibilizarlo y justificar la cacería.
—Ay, hijo... usted no entiende el calvario que ha sido esto para nuestra familia —suspiró Magdalena, secándose una lágrima inexistente con un pañuelo de seda—. Fabiola, la madre de Dana, era una muchacha profundamente rebelde, emocionalmente inestable y problemática. Antes de cumplir la mayoría de edad abandonó voluntariamente a su familia, dándonos la espalda. Conoció a ese Maximiliano y quedó embarazada, pero jamás nos contactó. Nosotros ni siquiera sabíamos de la existencia de la niña... hasta que nos enteramos de que Fabiola había muerto de cáncer, sola y sin recibir tratamiento alguno. Dejó a la niña, sin ninguna explicación razonable, en manos de ese ex camionero lleno de deudas, en vez de recurrir a nosotros, su propia familia, que podíamos darle todo.
Lucas escuchaba en silencio, pero las piezas no terminaban de encajar en su mente. Su entrenamiento e instinto de carabinero comenzaron a chirriar. ¿Por qué una joven, heredera de una familia multimillonaria con recursos ilimitados, preferiría morir de cáncer en el desamparo de un hospital público sin recibir un tratamiento adecuado, antes que pedir ayuda a su cuna de oro?
Sin dejarse conmover del todo por el tono melodramático de Magdalena, Lucas empezó a hacer más preguntas, hurgando en las grietas del relato.
Descubrió que Fabiola se había marchado muy joven, huyendo prácticamente de la casa. Pero a medida que los Tezanos intentaban justificar el pasado, sus explicaciones no terminaban de cerrar. Se contradecían en los detalles, y sobre todo, la familia se refería a Fabiola con una distancia helada, hablando de ella no como una víctima de la fatalidad, sino como si hubiese sido una mujer enferma mentalmente, desequilibrada e ingrata... igual que su madre.
Lucas entrecerró los ojos, detectando la tensión en el rostro de los presentes
—Ustedes dicen que Fabiola estaba inestable mentalmente... —interrumpió él con voz pausada—. ¿Qué ocurrió entonces con la madre de Fabiola?
El aire en la oficina se volvió denso de golpe. Los hombros del hombre fuerte de la familia se endurecieron visibles y la sonrisa ensayada de Magdalena se congeló por completo.
Antes de que la mujer pudiera hablar, el hombre interrumpió la conversación con voz tajante y autoritaria, intentando retomar el control:
—Tras la trágica muerte de mi hermano, esa mujer terminó por enloquecer por completo. La niña quedó desvalida y nosotros, como familia responsable, nos hicimos cargo de ambas. Le dimos a la madre todos los cuidados médicos y las comodidades necesarias internándola en un sanatorio de primer nivel... pero no pudimos evitar la tragedia. Terminó por acabar con su propia vida lanzándose desde el techo del edificio.