En busca de Libertad

Capítulo 38: Silenciar

El zumbido del teléfono sobre la mesa de noche quebró el silencio denso de la habitación del hotel.

Lucas dio un respingo en el sillón. El pulso, que apenas comenzaba a serenarse tras el horror descubierto sobre la familia Tezanos y el destino fatal de Rosario, volvió a dispararse. Con la respiración contenida, estiró el brazo y deslizó el dedo por la pantalla.

—¿Aló? —contestó con voz ronca.

—Lucas… soy yo —la voz de la enfermera del sanatorio llegó entrecortada, sofocada por un jadeo constante y el ruido metálico de un viento callejero—. Tienen ojos en todos lados. De alguna forma los Tezanos se enteraron de que estuve hablando con vos. Se dieron cuenta de que faltan los expedientes y los registros clínicos de Rosario…

A Lucas se le secó la boca y se puso de pie de golpe.

—¿Cómo lo supieron?

—Una compañera de turno me avisó a tiempo —explicó la mujer, con el pánico filtrándose en cada sílaba—. Llegaron dos tipos de traje preguntando por mí a la clínica, revisaron mi casillero y fueron a recursos humanos. Apenas alcancé a pasar por mi departamento, agarrar algo de ropa, unos ahorros que tenía guardados y salir corriendo antes de que cayeran a buscarme. ¡Están cazándome, Lucas! Esos viejos son unos monstruos; no van a dejar que nada de lo que pasó con Rosario o con Fabiola salga a la luz. Te lo advierto: agarrá tus cosas y tomáte el primer vuelo de vuelta a Chile. Andáte de Argentina ya mismo si apreciás tu vida. No sabés con qué clase de mafia te metiste. Si te agarran, vas a desaparecer como desapareció Rosario. Y nadie va a reclamar por vos. Borrá este número.

—¡No, espere! —suplicó Lucas, aferrándose con angustia al aparato—. Por favor, no cuelgue. Si usted desaparece ahora, no voy a poder probar nada. Esos papeles sin su testimonio no alcanzan.

—¿Y qué pretendés que haga? ¿Que me quede a que me tiren del décimo piso de mi departamento como hicieron con ella? —replicó la mujer con amargura y rabia contenida—. Tengo una vida, tengo miedo. Yo solo guardé esos papeles por culpa, por remordimiento con esa pobre mujer… pero no voy a morir por vos ni por un desconocido.

—Escúcheme bien, se lo ruego —insistió Lucas, caminando a zancadas por la alfombra del cuarto—. No me deje solo en esto. Sé que no tiene motivos para confiar en mí, pero le juro por mi vida que la voy a sacar de aquí. Dígame dónde está.

Al otro lado de la línea hubo una pausa larga, rota únicamente por el rumor lejano de altavoces y motores de gran tonelaje.

—Estoy en la terminal de Retiro —susurró finalmente la mujer, cediendo con un hilo de voz cansada—. Compré pasaje para la salida de los micros a Mendoza. Te espero ahí, cerca de la plataforma cuarenta, pero no te garantizo nada. Si veo un solo movimiento raro o a alguien sospechoso, me subo al micro y me voy. No pienso perder la vida por tus líos.

—Voy para allá. No se mueva —respondió él.

Cortó la llamada. El sudor frío le empapaba la frente. Giró hacia la mesa donde reposaba la caja con los documentos clínicos sustraídos del archivo psiquiátrico: hojas amarillentas con diagnósticos amañados, firmas de médicos comprados y notas que demostraban la reclusión forzada de Rosario para despojarla de sus bienes. Era la verdad descarnada que destrozaba el relato impecable de los Tezanos.

Rápidamente, cerró la caja y la metió en su bolso de lona junto a su ropa.

Estaba por cerrar el cierre cuando un sonido sutil, casi imperceptible, lo congeló en el sitio.

Un crujido leve en la madera del pasillo, justo al otro lado de la puerta de la habitación.

Lucas contuvo la respiración. Los meses de entrenamiento policial afinaron sus sentidos de inmediato. No eran los pasos arrastrados de las mucamas ni la charla de los huéspedes que volvían de pasear. Eran pasos medidos, cautelosos, calculados para no hacer ruido. Dos pares de zapatos pesados.

Miró hacia la puerta. Por debajo de la rendija, las sombras taparon la luz del corredor exterior.

Un leve clic metálico vibró en la cerradura. No estaban tocando; no llamaban al servicio de habitación. Alguien estaba deslizando una tarjeta maestra o forzando el tambor con precisión milimétrica.

«Vienen por las pruebas», pensó Lucas con un vuelco helado en el estómago. Los Tezanos no solo sabían lo de la enfermera; habían rastreado sus pasos hasta el hotel.

Sin perder un segundo y moviéndose como un fantasma, Lucas tomó el bolso con los documentos y se deslizó hacia el estrecho armario empotrado junto al recibidor de la entrada. Se metió en el fondo, entornando la puerta de listones apenas un milímetro para no perder visibilidad.

La puerta de la habitación se abrió despacio, con un quejido seco de las bisagras.

Dos hombres entraron con una parsimonia siniestra. Llevaban chaquetas de cuero oscuras, guantes de látex y rostros impasibles, cortados con la frialdad de quienes realizan un trabajo rutinario. Uno de ellos empuñaba un silenciador enroscado al cañón de una pistola compacta. Lucas, se encogido en la oscuridad del placard, sintió que el corazón le martillaba contra las costillas con una fuerza ensordecedora. Su mano derecha buscó por reflejo la cartuchera en su cintura, solo para toparse con el vacío: no tenía su arma de servicio, se la habían retirado en Chile con la suspensión. Estaba desarmado, en territorio hostil, frente a sicarios contratados por el poder corporativo bonaerense.

—Revisá el baño y la cama —ordenó uno de ellos en un susurro seco—. El viejo dijo que nos llevemos los papeles del sanatorio y limpiemos todo. Al chileno hay que callarlo.

El otro avanzó hacia el interior de la estancia, revisando debajo del colchón, abriendo cajones y volcando los recipientes del cesto de basura.

—No está, aquí no hay nada—dijo el segundo desde el baño—. El bolso tampoco. Debe haber salido recién.

El que sostenía el arma se detuvo a escasos centímetros del armario donde Lucas contenía el aliento, apretando la mandíbula amoratada para no soltar el menor gemido. La mirada del matón recorrió los espejos y el escritorio desordenado.




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