En busca de Libertad

Capítulo 41: Volver y Revelar

Capítulo 41: Volver y Revelar

San José de Maipo

Había pasado un día completo desde la intempestiva y humillante visita de los Tezanos al hostal. Veinticuatro horas de una calma espesa, casi irreal, que en la precordillera no auguraba nada bueno. Era como encontrarse atrapado en el ojo exacto de la tormenta: un paréntesis engañoso donde el viento se detiene, pero el cielo se oscurece con la certeza de que el vendaval definitivo está a punto de arrasar con todo.

La primera noche tras el regreso de Maximiliano del centro penitenciario poco y nada habían podido descansar. Los nervios estaban a flor de piel, el grillete electrónico parecía quemar en el tobillo y cualquier sonido en la gravilla los ponía en guardia. Sin embargo, esta segunda noche había sido distinta. No sabía si por el agotamiento atroz acumulado durante semanas o por el calor tibio que le brindaba el refugio del pecho de Libertad y su aroma a lavanda y hogar, pero Max había logrado conciliar un sueño más reparador, durmiendo un poco más de lo habitual.

Aun así, la tregua duró poco. Cerca de las cuatro de la madrugada, la garganta reseca lo obligó a levantarse con sigilo de la cama. Bajó descalzo a la cocina a tomar un vaso de agua y luego caminó por el pasillo hasta la habitación de Dana. Empujó la puerta despacio: la pequeña dormía plácidamente, arropada bajo el edredón rosado, con Mateo custodiando su almohada. Respiró hondo, acarició el aire sobre la frente de su hija y volvió al dormitorio principal. Al acostarse de nuevo junto a Libertad, el sueño se negó a regresar. Se quedó de espaldas sobre el colchón, con las manos entrelazadas sobre el vientre, clavando la mirada en las vigas del techo en penumbra mientras el parpadeo verde y tenue del dispositivo telemático en su pierna le recordaba su confinamiento.

Fue en medio de ese silencio absoluto cuando un sonido ajeno quebró la noche.

Unos faros amarillentos barrieron las cortinas de la habitación con un destello fantasmal. En el exterior, el motor agónico de un automóvil viejo subió fatigosamente la cuesta de tierra, deteniéndose a escasos metros de la cancela con un crujido seco de frenos. El golpe metálico de la portezuela al cerrarse resonó con la violencia de un disparo en la quebrada.

Maximiliano se incorporó de golpe, con el pulso disparado a mil revoluciones.

—Max… ¿qué pasa? —susurró Libertad, despertando sobresaltada y buscando instintivamente su mano en la oscuridad. El pánico a que los Tezanos o una nueva comitiva policial hubiesen vuelto en la sombra se reflejó en sus ojos.

—Quedate acá —ordenó él en un susurro urgente, calzándose los pantalones a tientas y pasando por alto la punzada que aún le oprimía las costillas.

Afuera, en el corredor, don Germán ya estaba en pie. El anciano empuñaba una horqueta de hierro y una linterna de mano, con el rostro endurecido por la alerta.

—¡No dé un paso más! —bramó Germán hacia el sendero, encandilando las sombras con el haz blanco. Los ladridos lejanos de los perros del valle acompañaron su advertencia—. ¡Esta casa está bajo resguardo y tiene prohibición de paso! ¡Identifíquese o llamo a Carabineros!

Maximiliano salió a la galería de piedra y bajó los escalones con los puños apretados, colocándose junto al anciano.

Bajo la luz cruda de la linterna apareció la figura que descendía del taxi. No era un matón de traje ni un oficial de uniforme impecable. Era un hombre deshecho, cubierto de polvo y con la ropa arrugada y sucia tras un viaje de pesadilla. Lucas Soto apenas lograba sostenerse sobre sus piernas. Habían pasado más de veintiocho horas desde que se subió a trompicones a un autobús en el andén de Retiro, esquivando a los sicarios en Buenos Aires, soportando las demoras gélidas de la aduana en Los Libertadores y tomando el primer taxi en la terminal de Santiago para subir al Cajón de madrugada.

Tenía la mandíbula rígida, los ojos inyectados en sangre por el insomnio y la fiebre, y bajo el brazo derecho apretaba con desesperación una caja de cartón sellada con cinta de embalar.

Al ver a Maximiliano de pie frente a él, Lucas se detuvo en seco, temblando.

—¿Vos? —escupió Maximiliano. La presencia del carabinero suspendido desató en su pecho una ola incontrolable de rabia acumulada. Se acordó del allanamiento, de las esposas apretándole las muñecas frente a su hija y de las horas en el calabozo—. ¡Tenés una orden de alejamiento judicial, infeliz! ¡Don Germán, no lo deje dar un paso más!

Lucas alzó una mano temblorosa, con la voz rota y desprovista de cualquier asomo de la altanería con la que antes vestía el uniforme.

—No… esperen. Por favor, no llamen a nadie —suplicó Lucas, arrastrando las palabras con dificultad—. Fui yo… Yo les dije dónde estaban. Fui yo el que viajó a Buenos Aires y les dio la dirección del hostal a los Tezanos.

La confesión estalló en el patio como pólvora encendida.

A Maximiliano se le nubló la vista. Todo el dolor, la angustia de los calabozos y el pavor de ver a Dana arrancada de sus brazos se concentraron en un único impulso salvaje. Sin medir el peso del grillete ni las consecuencias legales, rugió con furia y se abalanzó contra él.

El impacto derribó a Lucas contra la grava del sendero. La caja de cartón rodó por el suelo. Max se montó sobre su pecho, lo aferró de las solapas de la camisa gastada y le estampó un derechazo seco en el rostro, haciéndole rebotar la cabeza contra la tierra.

—¡Sos una basura egoísta! —bramó Maximiliano, sacudiéndolo con furia desatada mientras Germán intentaba vanamente tirar de sus hombros—. ¡Entregaste a una criatura inocente a esos carniceros! ¡Entregaste a mi hija solo porque tu orgullo podrido no soportó que Libertad no te eligiera! ¡Lo que sentís por ella no es amor, pedazo de mierda! ¡Es posesión! ¡Es una obsesión enferma que casi nos cuesta la vida a todos! ¡Casi nos destruís la vida a los tres!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.