Sobre la mesa rústica del comedor permanecía abierta de par en par la caja de té de madera ajada.
A su alrededor, el desorden era el testimonio mudo de una vigilia frenética: folios amarillentos con membretes de la clínica privada de Buenos Aires, copias de transferencias bancarias fiduciarias, diagnósticos psiquiátricos fraguados con firmas notariales y las cartas manuscritas de Rosario dispersas sobre el mantel.
Eran exactamente las seis y media de la mañana cuando la llegada de Rafael quebró el silencio del camino de acceso. El abogado no venía solo; descendió acompañado por su asistente de confianza, ambos cargados con carpetas y una impresora portátil. Traía los ojos inyectados en sangre tras una noche en vela redactando traslados judiciales, pero en su semblante estaba la ferocidad del estratega que sabe que la balanza está a punto de cargarse a su favor.
Al ver a Lucas Soto sentado al fondo de la cocina, con el rostro magullado, la camisa ajada y el vaso de agua intacto entre las manos, Rafael se detuvo en seco. Miró a Libertad y luego a Maximiliano, cuyo tobillo izquierdo todavía dejaba escapar el destello intermitente del grillete telemático.
—¿Es él? —preguntó Rafael con tono seco, midiendo la escena.
—Es él —respondió Maximiliano con voz cavernosa, apoyando las dos manos sobre la mesa—. Trajo las pruebas, Rafael. Todo lo que necesitabas para entender por qué Fabiola huyó y por qué esos viejos son capaces de matar para tener a Dana.
Rafael no perdió un segundo en cortesías. Dejó caer el maletín sobre una silla libre, se ajustó las gafas y se abalanzó sobre los documentos. Sus ojos de litigante avezado recorrieron con voracidad los sellos, las fechas y los nombres. A medida que pasaba las páginas manuscritas por Rosario Tezanos y examinaba los diagnósticos forzados de demencia y reclusión ilegítima, el silencio en la cocina se volvió espeso, casi sagrado.
—Por Dios bendito… —susurró Rafael, levantando la vista hacia Lucas con una mezcla de asombro e incredulidad procesal—. Esto no es un conflicto civil por una custodia disputada. Esto es la prueba material de un homicidio calificado y una usurpación continuada de bienes hereditarios por más de tres décadas. Con esto no solo resistimos el Convenio de La Haya; con esto pulverizamos la solicitud de extradición pasiva por fraude a la ley y falta de doble incriminación.
El abogado miró fijamente al aun sargento de Carabineros.
—Soto, hablemos con la ley en la mano y sin rodeos —planteó Rafael con voz templada pero rigurosa—. Sobre usted pesa una denuncia formal en la PDI por allanamiento de morada, amenazas y lesiones, además de la medida cautelar de alejamiento que le prohíbe acercarse a este perímetro. Técnicamente, al poner un pie en este hostal anoche cometió desacato flagrante, lo que bastaría para que termine en un calabozo y sellar su baja deshonrosa definitiva de la institución. Sin embargo, el valor probatorio de lo que trajo en esa caja cambia por completo la correlación de fuerzas.
Lucas tragó saliva, sosteniendo la mirada del letrado con resignación.
—Si usted se compromete a subir a mi auto ahora mismo, comparecer personalmente ante el tribunal y declarar bajo juramento sin ocultar nada —continuó Rafael, inclinándose ligeramente hacia él—, Libertad y yo ingresaremos un desistimiento formal de las denuncias penales en su contra y solicitaremos levantar la orden de alejamiento antes de la comparecencia en tribunales. Necesito que entre a esa sala limpio de trabas procesales, sin órdenes de detención pendientes ni ningún impedimento legal que la contraparte pueda utilizar para impugnar su idoneidad como testigo. Se lo pongo en estos términos: usted nos entrega su testimonio íntegro en el estrado y nosotros le despejamos el camino penal en Chile.
Lucas asintió de inmediato, sin vacilar un solo instante.
—Trato hecho, doctor —respondió Lucas con la voz quebrada por la emoción y el cansancio—. No lo hago para salvar mi pellejo ni el uniforme, pero no quiero que ningún tecnicismo impida que esto se sepa. Estoy dispuesto a declarar lo que sea, hasta la última coma. Quiero que esos viejos paguen por lo que le hicieron a esa pobre mujer y por lo que casi provocan acá.
—Bien —sentenció Rafael, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Redacto el desistimiento en la laptop ahora mismo para que Libertad lo firme y lo envío electrónicamente a la Fiscalía de Puente Alto y al tribunal. Escúchenme todos con atención porque hoy se juega la vida entera de esta familia. A las diez de la mañana está fijada la audiencia combinada en el Palacio de Tribunales en Santiago: la Sala de la Corte revisará de urgencia el pedido de extradición de Maximiliano y, en paralelo, el Tribunal de Familia resolverá la solicitud de restitución inmediata bajo el Convenio de La Haya interpuesta por los apoderados del Grupo Tezanos. Ellos creen que van a una audiencia de trámite. Creen que se van a encontrar con un prófugo indefenso y una dueña de hostal asustada. No tienen la menor idea del terremoto que les vamos a dejar caer encima.
Maximiliano apretó los dientes, mirando el grillete de su pierna.
—Yo tengo arresto domiciliario total, Rafael. Gendarmería me tiene monitoreado por GPS. Si salgo de este perímetro, suena la alarma y me declaran en rebeldía.
—Ya ingresé a las cinco de la mañana una solicitud de autorización judicial de traslado bajo custodia para comparecencia personal fundada en el derecho de defensa material —respondió el letrado con una sonrisa afilada—. Un furgón de Gendarmería vendrá a escoltarte a ti y a Libertad. Vas a entrar a esa sala caminando por tu propio pie, con la frente en alto y de la mano de tu esposa. Y usted, don Germán, se queda acá con doña Luisa cuidando a la niña. Nadie entra ni sale de este hostal.
A las ocho y media, el convoy judicial arribó a la cancela. No hubo forcejeos ni aspavientos. Los dos gendarmes cumplieron el protocolo con un respeto silencioso al ver a Maximiliano vestido con un pantalón de vestir sobrio y una camisa limpia, despidiéndose de Dana en el corredor.