Rafael Silva se puso de pie con una calma casi glacial. No consultó notas. Miró fijamente a los abogados de los Tezanos y luego clavó los ojos en el ministro.
—Su Señoría, la parte requirente ha construido un relato impecable sobre el papel… pero edificado sobre un pantano de mentiras, corrupción judicial y homicidios. En primer lugar, desmiento categóricamente la supuesta paternidad dudosa: incorporo a los autos el informe pericial de ADN practicado con anterioridad y ratificado formalmente, el cual arroja una probabilidad de filiación paterna del noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento entre Maximiliano Quezada y la niña Dana. Maximiliano no es ningún raptor; es el padre biológico reconocido por la voluntad expresa de la madre que dejó su última voluntad por escrito.
Rafael alzó la barbilla, modulando su voz con potencia.
—Venimos a oponernos formalmente tanto a la extradición como a la restitución internacional, e invocamos de manera taxativa la excepción consagrada en el artículo trece, letra B, del Convenio de La Haya: la existencia de un grave e inminente riesgo físico y psíquico para la menor en caso de retorno al entorno de los solicitantes. Y para acreditar que ese riesgo no es una hipótesis, sino una certeza atroz, solicitamos la recepción inmediata de la prueba documental y testimonial de carácter urgente.
El ministro Valenzuela asintió con un gesto sobrio.
—Proceda con la incorporación de la prueba, abogado.
Rafael conectó su ordenador al sistema de pantallas de la sala y dio la primera instrucción a su asistente.
—Comparece en primer término, vía exhorto consular y enlace telemático en directo desde una sede judicial de la Provincia de Mendoza, doña Carmen Benítez, enfermera jefa del Sanatorio Psiquiátrico privado durante más de dos décadas.
La pantalla principal de la sala parpadeó y proyectó la imagen nítida de una mujer de unos cincuenta y cinco años, de cabello canoso recogido y mirada seria, sentada junto a un funcionario ministerial argentino. Carmen levantó la mano derecha y prestó juramento de rigor.
—Doña Carmen Benítez, declare ante este tribunal sobre la paciente doña Rosario Tezanos y las circunstancias de su internación —solicitó Rafael con aplomo.
La mujer tomó aire despacio, cuadrando los hombros frente a la cámara. Su voz, firme y despojada de adornos, llenó la sala de audiencias:
—Conocí a la señora Rosario Tezanos el primer día que entré a trabajar al sanatorio, hace veintidós años. La mantuvieron encerrada en el pabellón de aislamiento bajo diagnósticos falsos de esquizofrenia paranoide y demencia irreversible. Yo misma administraba las dosis de antipsicóticos que los médicos de turno recetaban por orden expresa de su cuñado Arturo y de la esposa de éste Magdalena. Rosario no estaba loca. Era una mujer completamente lúcida a la que fueron quebrando a base de encierro químico para arrebatarle el control del patrimonio y de las empresas familiares.
La anciana Magdalena se removió en el asiento de la primera fila, mientras el magnate Arturo clavaba los ojos en el suelo.
—¿Qué ocurrió con la correspondencia y los registros de la señora Rosario? —inquirió Rafael.
—Rosario escribía cartas a escondidas para su hija Fabiola, explicándole la verdad de su secuestro y la manipulación de las cuentas bancarias. La dirección del sanatorio nos ordenaba destruir cualquier papel, pero yo los guardé. Los escondí en una caja de madera por remordimiento de conciencia. Cuando Fabiola logró entrar una noche al sanatorio para verla, supo que su madre estaba cuerda y que los tíos eran unos monstruos.
Carmen hizo una pausa, con la voz quebrándose levemente por el recuerdo:
—Y lo peor ocurrió cuando Fabiola cumplió la mayoría de edad y se dio por desaparecida; Rosario apareció muerta. Dijeron que se arrojó al vacío desde el techo del edificio en medio de una crisis maníaca. No fue un suicidio; a Rosario la tiraron. Y a mí me fueron a buscar dos matones armados a mi departamento en Buenos Aires para matarme y silenciarme. Apenas alcancé a escapar hacia Mendoza con lo puesto. Esos dos que están sentados en esa corte son unos asesinos. Si le entregan a esa criatura, la van a hacer desaparecer para no perder la herencia.
El impacto de la declaración de Carmen resonó como un mazazo en el estrado. Los murmullos de la prensa estallaron de inmediato. El doctor Estévez se puso de pie, agitando los brazos, sofocado por la furia.
—¡Objeción! ¡Esa mujer no es perito médico, es una exempleada resentida que realiza imputaciones calumniosas sin valor probatorio!
—¡Silencio en la sala o haré desalojar a la comitiva! —advirtió el ministro Valenzuela con tono tajante—. La declaración de la testigo queda debidamente incorporada por haber sido prestada bajo juramento y con intervención de la autoridad consular. Prosiga, abogado Silva.
Rafael no dio tregua. Hizo un ademán hacia el fondo de la sala.
—Comparece ahora de manera presencial don Lucas Soto, funcionario de Carabineros de Chile.
Lucas caminó hacia el estrado. Juró decir la verdad con la voz ronca pero resuelta. Miró de reojo a Libertad, quien lo observaba con una calma serena que le infundió el valor necesario para encarar su propia vergüenza. Durante veinte minutos ininterrumpidos, Lucas relató cada detalle de su intervención: cómo el despecho y los celos lo llevaron a cruzar la cordillera en avión, cómo se reunió en la torre de Recoleta con el matrimonio Tezanos para entregarles la ubicación del hostal a cambio de una recompensa, y cómo sus sospechas policiales lo guiaron hasta el sanatorio y la enfermera Carmen.
—Yo recibí directamente de manos de Carmen Benítez la caja con los expedientes originales y las cartas de Rosario que hoy están sobre esa mesa —declaró Lucas, señalando la evidencia—. Y dos horas después de esa entrega, dos sicarios armados con silenciadores reventaron la puerta de mi habitación en el hotel de Recoleta que los propios Tezanos me habían pagado. Iban a matarme para recuperar esas pruebas y silenciar la verdad. Tuve que escapar por la escalera de incendios y cruzar en autobús de regreso a Chile para entregarle estos documentos a Maximiliano y a Libertad. Fui un miserable al entregar la ubicación de la niña, pero esos ancianos no buscan proteger a su sangre: buscan silenciarla para mantener su imperio.