El sol de las dos de la tarde caía con una violencia seca sobre el asfalto de Buenos Aires, densificando el aire con ese calor húmedo y sofocante propio del verano porteño. Lucas se acomodó en el asiento trasero del taxi mientras el vehículo se abría paso con brusquedad entre el tráfico ruidoso de la capital. A través de la ventanilla, el paisaje urbano desfilaba como un mosaico de contrastes: los colectivos escupiendo humo negro, las avenidas anchas atestadas de peatones apresurados y la arquitectura neoclásica mezclada con edificios de líneas modernas.
Siguiendo las indicaciones del GPS de su teléfono, el conductor dobló por una calle empedrada donde la luz de los faroles apenas arañaba la sombra de las arboledas. Allí, resguardado por un muro perimetral de piedra volcánica y rejas de hierro forjado que terminaban en puntas de lanza, se erigía el Sanatorio Nuestra Señora de la Paz.
El lugar no se parecía en nada a un hospital público desvencijado. Era una mansión neoclásica reconvertida, un "sanatorio de primer nivel" diseñado para que la alta sociedad pudiese esconder sus tragedias sin perder el estatus. Un edificio de fachadas impolutas y ventanales alargados, donde el silencio no era de paz, sino de sofocamiento.
Lucas apagó el motor y observó la edificación desde la acera de enfrente. El ambiente era denso, enrarecido por el olor a pino húmedo y desinfectante industrial que escapaba del vestíbulo. Cruzó la calle con la solapa de la chaqueta levantada y empujó la pesada puerta de bronce.
En la recepción, el eco de sus pasos sobre el mármol retumbó con una resonancia metálica. Detrás de un mostrador de caoba pulida, una mujer madura de moño tirante y uniforme impecable le ofreció una sonrisa corporativa, carente de cualquier atisbo de calidez.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó, ajustándose las gafas de pasta.
—Buenas tardes —dijo él, manteniendo la compostura. De nada le servía ahí su identificación de carabinero para imponer presencia, debía apelar a la simpatía que no era su fuerte—. Busco información sobre una antigua paciente de este establecimiento. Su nombre era Rosario de Tezanos.
La sonrisa de la mujer no se desvaneció, simplemente se congeló. El nombre pareció actuar como un golpe de corriente de aire en la estancia. Sus ojos se empequeñecieron detrás de los cristales y la rigidez de su postura delató de inmediato una alerta instintiva.
—El sanatorio mantiene una política de absoluta confidencialidad sobre la ficha clínica de sus antiguos residentes —respondió la mujer con voz gélida, adoptando una postura defensiva—. Además, esos registros son sumamente antiguos. Si usted no es un familiar directo con una orden judicial, no hay nada que yo pueda ni deba informarle. Le sugiero que se retire. Estamos fuera del horario de atención al público.
—Solo necesito saber las circunstancias de su estadía y si dejó algún registro —insistió Lucas, dando un paso hacia el mostrador, intentando leer la tensión en el rostro de la mujer.
—Le he dicho que se retire, señor —sentenció la mujer, poniéndose de pie e indicando la salida con una rigidez de acero—. O me veré en la obligación de llamar al personal de seguridad.
Lucas se dio cuenta de que no sacaría nada más de ella. Sin embargo, a espaldas de la administradora, en el pasillo iluminado por luz fluorescente que conducía a los pabellones de internación, una enfermera de mediana edad vestida con ambo azul se había detenido en seco al escuchar el nombre de Rosario. Sostenía una bandeja con suministros que vibraba en sus manos. La mujer miró a Lucas con una mezcla de pánico, curiosidad e insistencia muda, clavando sus ojos en él de una forma tan penetrante que al carabinero no se le pasó por alto.
Fingiendo acatar la orden. Asintió, hizo un ademán de disculpa y caminó lentamente hacia la salida. Pero antes de cruzar la puerta giratoria, miró de reojo. La enfermera de ambo azul lo seguía con la vista, clavando en él una mirada penetrante que era una súplica directa.
Caminó una cuadra y se apostó bajo la sombra de unos álamos, vigilando la salida de servicio del sanatorio. No tuvo que esperar demasiado. Pasados unos veinte minutos, la enfermera del ambo azul se escurrió por la puerta lateral. Echó una mirada nerviosa a ambos lados de la calle y, al divisar a Lucas, caminó apresurada hacia él, ocultándose en la penumbra que proyectaba la pared divisoria del parque contiguo.
Al alcanzarlo, la mujer lo agarró bruscamente del brazo y lo jaló hacia la sombra, respirando de manera agitada.
—No debe dejar que lo vean conmigo —dijo la mujer con la voz quebrada por el nerviosismo, mirando fijamente la calle—. Si los administradores o la gente de la familia Tezanos se enteran de que estoy hablando con usted, me destruyen la vida. Nadie se atreve a hablar de ella aquí. Sabemos perfectamente lo que nos puede pasar si abrimos la boca... pero se lo debo a Rosario. Ella no merecía esto.
De entre los pliegues de su abultado abrigo, la enfermera sacó un paquete envuelto en tela oscura y se lo entregó a Lucas con manos temblorosas. Se trataba de una caja de madera de té, bastante ajada por el tiempo, sujetada por un broche de latón oxidado.
—Esa caja la encontré días después de que Rosario murió... de esa forma tan sospechosa —susurró la enfermera, acercándose al oído de Lucas—. La tenía escondida debajo de una tabla floja del piso en su habitación, al fondo del armario. La he tenido guardada todos estos años dentro del sanatorio, en un depósito al que nadie entra, esperando a que alguien viniera a preguntar la verdad. Si de verdad quiere saber qué pasó aquí y qué clase de monstruos son los Tezanos, lea esto.
—Soy Lucas Soto, soy policía en Chile dígame cómo contactarla.
—Mejor deme usted su teléfono y yo lo contacto si algo sucede
Lucas registró su contacto en el móvil de la mujer y sin añadir una sola palabra más, dio media vuelta y caminó a paso rápido hasta perderse en la esquina, dejándolo solo bajo el sol abrasador de la tarde.