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Pequeños espasmos empezaron a sacudir mi cuerpo, hasta convertirse finalmente en sollozos.
Cuánto lo había extrañado.
Restregué mi rostro en su pecho, intentando calmarme.
—Lo siento. Lo siento mucho —dije con un hilo de voz.
—Está bien, Amira —dijo con voz dulce.
—No, no lo está —dije separándome para ver una mirada furiosa en su rostro.
Pero fue todo lo contrario: sus ojos me miraban con dulzura y con ese característico brillo.
Acarició mi mejilla y limpió las lágrimas que se encontraban en ella.
—¿Por qué no estás molesto? —dije con el corazón estrujado.
Rhys era demasiado bueno.
—No estoy molesto contigo. Estoy molesto conmigo mismo.
Estaba confundida.
—No lo entiendo.
—Debí haberte protegido mejor; si lo hubiera hecho bien, no estarías aquí.
Negué con la cabeza.
—Lo has hecho muy bien, es solo que…
—Que intentabas protegernos a todos.
¿Cómo no iba a saberlo? Si sabía leer muy bien a las personas.
Me quedé en silencio, pensando en cómo había dado conmigo en Suiza, cuando acercó su rostro al mío y apoyó su frente sobre la mía.
—No eres mi misión… pero te elegiría en todas.
Cerré mis ojos, sintiendo su cálido aliento en mi rostro, y luego lo escuché suspirar.
Como había escrito en mi carta, había palabras que llevaba mucho tiempo queriendo decir, pero debido a la situación, preferí guardarlas para el día en el que el destino decidiera cruzar nuestros caminos otra vez.
Y ese día había llegado.
—Te amo —dije desde lo más profundo de mi corazón.
Rhys se apartó y abrí los párpados.
Aún estaba a centímetros de mí, y mis ojos se dirigieron a los suyos en busca de alguna reacción.
El miedo me invadió al pensar que él podía no sentir lo mismo, pero su expresión era una mezcla entre sorprendido y expectante.
Pensé que no diría nada al respecto, hasta que estampó sus labios contra los míos.
Una de sus manos recorrió mi espalda y la otra seguía en mi mejilla.
Mis brazos se rindieron a su hechizo y rodeé su cuello.
Fue un beso apasionado, lleno de euforia y, al mismo tiempo, de ansiedad.
Al parecer no había sido la única que había estado extrañando demasiado.
Cuando por fin se separó, tomé una bocanada grande de aire.
Este hombre me dejaba sin aliento.
Mis manos no se quedaron quietas en su cuello: acariciaron sus hombros, el cabello debajo del gorro y su perfecta y marcada mandíbula.
—Lamento todo esto —dije con la respiración entrecortada—. Quiero decir, confío en ti, demasiado, pero tenía tanto miedo de que te hicieran daño —dije con la voz quebrada.
—Amira —dijo con voz ronca, rozando su nariz con la mía—. No necesito que confíes en mí… necesito que no huyas.
Su mano recorrió mi mejilla y volvió a unir nuestros labios en un corto beso. Luego se separó para ver bien mi rostro.
—Y te entiendo —dijo con calma—. Amar puede ser el mayor riesgo… cuando tienes algo que perder.
Asentí, aferrándome todavía a su cuerpo.
Rhys sonrió y depositó un tierno beso en mi frente.
No parecía molesto; más bien, parecía feliz y tranquilo.
Suspiré, pensando en Rhys y en los demás.
Solo esperaba que mi ausencia no hubiera provocado en los que había dejado atrás la incertidumbre de haber sido abandonados.
—Entonces... —dijo acomodándome mejor el gorro—. ¿Qué has estado haciendo?
—He estado visitando algunos lugares y haciendo algunas actividades recreativas. ¡Incluso hice parapente! —dije entusiasmada—. Y soy muy buena. Deberías intentarlo.
—Tengo suficiente con el paracaidismo —dijo con media sonrisa.
—Es cierto, por un momento olvidé que habías sido un militar —dije, imaginando todas las veces que tuvo que saltar de un avión.
Rhys era tan genial, además de varonil y atractivo.
Sonreí feliz de tenerlo a mi lado, pero la sonrisa desapareció al pensar en que también podía estar en peligro.
—Tranquila —dijo como si supiera lo que estaba pensando, y apoyando su frente en la mía—. Todo va a estar bien. Lo prometo.
Algo en su tono de voz me tranquilizó. Me sentía segura a su lado, y sabía que cumpliría su promesa a como diera lugar.
—Por cierto, hay algo que debo mostrarte —dijo apartándose un poco y sacando su teléfono del bolsillo—. Cuando desapareciste, me di a la tarea de investigar un poco más —y procedió a contarme todo lo que había sucedido en el muelle.
Mi corazón se encogió al pensar que podrían haberle hecho daño, pero me tranquilizaba saber que no había ido solo.
Un tal Cillian, ex compañero de trabajo, lo había ayudado. También me dijo que había sido él quien había localizado a los motociclistas.
Rhys me mostró la pantalla después de decirme que Cillian había enviado las fotos que le había tomado al intermediario cuando se reunió con su cliente.
—¿Reconoces esto? —inquirió.
Mis ojos se clavaron en la imagen. Era un anillo antiguo y bastante peculiar, y me parecía familiar.
Fue entonces cuando mi respiración se cortó de golpe.
—No —murmuré—. No puede ser.
—Amira —Rhys trató de llamar mi atención, y desvié la mirada hacia él.
—Es de Damien —dije con un hilo de voz.
Rhys se tensó, y su mirada se volvió fría.
—Con que era de él —susurró con seriedad.
¿Cómo podría ser aquello posible?
—¿Por qué Damien quería hacerme daño? —pregunté, desconcertada.
—No lo sé —susurró Rhys, y al ver mi rostro, el suyo se tornó con preocupación.
Damien era una persona en la que confiaba demasiado, hasta el punto de dejar la corporación a su cargo.
Entonces mi mente empezó a atar cabos, a recordar la manera en que se tensaba a veces cuando hablábamos, o su mirada vacía cuando me miraba, y luego las cartas…
—Rhys… ¿Aún tienes las fotos de las cartas? —pregunté pensativa.
—Sí, tengo fotografías de toda la evidencia.
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empresaria poderosa, guardaespaldas y protegida, exmilitarenigmaticoyvaliente
Editado: 26.09.2026