La boda estaba cada vez más cerca.
Después de elegir el lugar, hacer la lista de invitados, escoger el vestido y el traje, y escribir sus votos en secreto, Valeria y Nicolás pensaban que ya habían tomado las decisiones más importantes.
Pero aquella mañana, mientras desayunaban juntos, Valeria recordó algo.
—Nos falta nuestra canción.
Nicolás levantó la mirada de su taza de café.
—Lo sé.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque quería ver cuánto tardabas en darte cuenta.
Valeria lo miró con una sonrisa.
—Eres terrible.
—Pero te vas a casar conmigo.
—Eso es cierto.
Los dos rieron.
Ese viernes decidieron salir sin ningún plan demasiado complicado. Querían caminar por la ciudad, entrar a algunas tiendas de música y escuchar diferentes canciones hasta encontrar una que realmente sintieran como suya.
—No quiero escoger una canción solamente porque sea bonita —dijo Valeria mientras caminaban—. Quiero que cuando la escuchemos dentro de muchos años, nos recuerde exactamente a nosotros.
Nicolás asintió.
—Entonces tiene que contar nuestra historia.
—¿Nuestra historia completa?
—Aunque dure cuatro minutos, sí.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Eso sería imposible.
—Entonces tendremos que elegir una que diga lo suficiente.
Entraron a una pequeña tienda de música que Valeria había visto muchas veces, pero en la que nunca había entrado.
Había discos, instrumentos y una sección dedicada a canciones románticas.
El encargado les permitió escuchar algunas opciones.
La primera era demasiado tranquila.
La segunda les pareció bonita, pero ninguno sintió algo especial.
La tercera hizo que Valeria negara con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—No sé. Simplemente no somos nosotros.
Nicolás sonrió.
—Eso es exactamente lo que estamos buscando.
Siguieron escuchando.
Pasó casi una hora.
En cierto momento, Valeria se sentó en uno de los pequeños sillones de la tienda mientras Nicolás revisaba otra sección.
—¿Encontraste algo? —preguntó ella.
—Todavía no.
—Entonces estamos igual.
Nicolás se acercó y se sentó a su lado.
—¿Te acuerdas de cuando empezamos a trabajar juntos?
Valeria sonrió inmediatamente.
—Cómo olvidarlo.
—Yo pensé que jamás íbamos a llevarnos bien.
—Yo también.
—Y mira dónde estamos ahora.
Valeria bajó la mirada hacia su mano.
El anillo de compromiso brillaba bajo la luz de la tienda.
—Estamos a punto de casarnos.
Nicolás la miró.
—Exactamente.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
No necesitaban hacerlo.
Entonces Valeria tomó una canción de una pequeña lista que el encargado les había preparado.
—Escuchemos esta.
Nicolás colocó los audífonos.
La melodía comenzó.
No era una canción famosa.
Era una composición sencilla, con una letra sobre dos personas que habían empezado como desconocidos, que habían aprendido a caminar juntas y que habían convertido los momentos cotidianos en recuerdos importantes.
Valeria escuchó en silencio.
Nicolás también.
Cuando terminó, ninguno habló inmediatamente.
—¿Qué piensas? —preguntó él.
Valeria respiró profundamente.
—Creo que es esta.
Nicolás sonrió.
—Yo también.
—No habla de un amor perfecto.
—Porque nosotros tampoco somos perfectos.
—Habla de quedarse incluso cuando las cosas cambian.
—Eso sí somos nosotros.
Valeria apoyó suavemente su cabeza en su hombro.
—Y habla de encontrar un hogar en alguien.
Nicolás la miró.
—Entonces definitivamente es nuestra canción.
El encargado anotó el título en la hoja de sus preparativos.
“Donde empieza el hogar”.
Valeria leyó el nombre y sonrió.
—Me gusta.
—A mí también.
Salieron de la tienda tomados de la mano.
El resto de la tarde caminaron sin prisa. Compraron algo para comer, hablaron de la boda y hasta comenzaron a imaginar cómo sería el momento en que esa canción comenzara a sonar.
—¿Crees que voy a llorar? —preguntó Nicolás.
—Sí.
—¿Tanto?
—Muchísimo.
—¿Y tú?
Valeria fingió pensarlo.
—Yo no.
Nicolás levantó una ceja.
—No te creo.
—Bueno… quizá un poquito.
—Sabía que sí.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
—No te burles.
—Nunca.
Al llegar al parque donde Nicolás le había pedido matrimonio, se sentaron en la misma banca.
Valeria miró hacia el lugar donde había ocurrido aquel momento.
—Qué rápido pasó todo.
—Sí.
—Hace poco estábamos preocupados por proyectos, reuniones y fechas de entrega.
—Y ahora estamos preocupados por flores, invitados y una canción.
Valeria soltó una carcajada.
—Definitivamente nuestra vida cambió.
Nicolás tomó su mano.
—Pero hay algo que no cambió.
—¿Qué?
—Que todavía quiero estar contigo los viernes.
Valeria sonrió.
—Y los lunes.
—También los lunes.
—¿Y los martes?
—También.
—¿Los miércoles?
—Todos los días, Valeria.
Ella lo miró durante unos segundos.
—Entonces sí elegimos la canción correcta.
Nicolás sonrió.
—¿Por qué?
—Porque nuestra historia no trata de un solo día.
Miró sus manos entrelazadas.
—Trata de todos los días que hemos elegido quedarnos.
Nicolás apretó suavemente su mano.
Y aquella tarde, sentados en el mismo lugar donde su historia había dado uno de sus pasos más importantes, ambos supieron que habían encontrado algo más que una canción.
Habían encontrado la melodía que acompañaría el comienzo de su nueva etapa.
La boda estaba cada vez más cerca.
Y ahora ya tenían el lugar, los invitados, la ropa, los votos y hasta la canción.
Solo quedaban unas cuantas cosas por preparar.