La cita del divorcio

Capítulo 30: El Dueño de la Correa

El clic de sus tacones sobre el mármol del piso 50 era una cuenta regresiva.

12:30 pm

La mañana había sido una purga. Un baño de sangre corporativo. Los veinte ejecutivos despedidos se habían ido, dejando tras de sí un silencio de cementerio y un olor a miedo que impregnaba el aire.

Isabella estaba en su oficina de cristal. El acuario.

No había tocado el almuerzo que Aida (que ahora, al parecer, era una asistente fantasma en el edificio) había dejado en su escritorio. Su estómago era una bola de hielo.

El mensaje de Sebastián ardía en el bolsillo de su traje gris marengo.

En su oído izquierdo, el auricular, frío e invisible, estaba en silencio. Pero sabía que él estaba allí.

Alexander. Al otro lado del atrio, en su propia fortaleza de cristal.

Observando. Escuchando.

Bzzt.

No fue su teléfono.

Fue un susurro dentro de su cabeza. Un clic.

— ¿Sigue respirando, Rossi?

La voz de Alexander. Tan clara, tan íntima, que Isabella saltó en su silla. Era obsceno. Él estaba dentro de su cabeza.

—Apenas —susurró ella, fingiendo mirar un informe en su pantalla.

-Bien .

El miedo agudiza los sentidos.

Hawk está en el vestíbulo. Te espera en cinco minutos.

El auto está en la entrada ejecutiva.

—Qué... ¿qué pasa si no puedo? —murmuró, la primera ola de pánico real golpeándola.

— Fracasaste en el Registro Civil. Te mintieron.

—La voz de él era hielo puro, sin compasión—.

Esta es tu oportunidad .

No fracases dos veces.

El canal se cortó. Clic .

Se acabó la charla motivacional.

Isabella se puso de pie. Alisó su traje.

Se miró en el reflejo del cristal de su oficina.

Eran las 12:45 pm Hora de ir al matadero.

Camino por el pasillo.

Meredith, en su escritorio, ni siquiera levantó la vista. El miedo que Isabella inspiraba ahora era casi tan potente como el de Alexander.

Bajó en el ascensor privado. Hawk estaba en el lobby, con su traje negro y su auricular. No dijo nada.

Solo la escoltó al Maybach que esperaba.

—Hawk —dijo ella, mientras él le abría la puerta.

—¿Señora?

— ¿Dónde... dónde está él?

—El señor Vance está en el vehículo de vigilancia. Una cuadra al norte de su destino. Tiene vista directa de la entrada y control total del audio.

—Entendido.

Se subió. El auto se deslizó en el tráfico.

Quince minutos. Quince minutos en los que Isabella sintió que su corazón iba a salir del pecho.

— Prueba de sonido —la voz de Alexander en su oído.

—Lo oigo —susurró ella.

-Bien . Recordá ... No sos la esposa. No sos la víctima. Sos la Vicepresidenta.

Él va a tirar. Vos vas a morder.

El auto se detuvo.

—Llegamos, señora —dijo el conductor.

No era un restaurante. Era una fortaleza de pretensión. Vidrios oscuros, sin cartel. Solo una puerta de acero negro.

El tipo de lugar donde los cócteles costaban más que su alquiler y se servían en nubes de nitrógeno líquido.

Era...tan Sebastián.

— Estás sola desde aquí —dijo Alexander en su oído—.

Hawk te está observando.

Entra.

Isabella bajó del auto.

El aire olía a comida de la calle.

La puerta de "The Aviary" se abrió ante ella como la boca de una tumba.

Entró.

Oscuridad total.

Silencio.

Sus ojos tardaron en ajustarse.

El lugar estaba casi vacío.

No era un lugar de almuerzo. Un maître d' impecable, que parecía un vampiro, se deslizó hacia ella.

—¿Puedo ayudarla?

—Tengo una... reserva. Para la una.

—¿El nombre?

—Isabella Rossi.

El maître d' revisó su tableta.

Sus cejas se levantaron, imperceptiblemente.

—Ah, sí. Por supuesto.

La señora Thorne . —El golpe. El primero. Deliberado—.

El señor Thorne la espera.

Por aquí.

— No lo corrijas —la voz de Alexander en su cabeza era un ancla de hielo—.

Déjalo jugar. Déjalo creer que tiene el control. Sigue caminando.

Isabella siguió al maître d' a través del salón oscuro.

Había dos hombres en la barra, bebiendo líquidos de colores extraños.

Vio que sus ojos la seguían. Amigos de Sebastián. La audiencia.

Y allí, en el reservado más grande, en una banqueta de terciopelo morado, estaba él.

Sebastián Thorne.

Se veía impecable. Relajado.

Llevaba una camisa de lino color lavanda, desabrochada dos botones. Sin saco. Su cabello castaño claro brillaba bajo la tenue luz.

Parecía un dios romano en vacaciones.

Estaba bebiendo algo que humeaba.

Levantó la vista cuando ella se acercó. Y una irritante sonrisa perezosa se dibujo en su rostro .

—Esposa. —Su voz era suave, divertida—.

Qué puntual. Siéntate.

El maître d' retiró la silla. Isabella se sentó. Frente a él.

— ¿Qué quieres beber? —le preguntó—. ¿Un "Perro Callejero"? ¿Un "Error Sentimental"? Ah, no. Esos son los tragos de mi hermano.

La burla.

—Agua. Sin gas —dijo Isabella al mesero.

Sebastián Río.

—Tan... aburrida. Tan Vance . Alex te está arruinando, querida.

—Hola, Sebastián.

—"Sebastián"? —Se llevó una mano al pecho, fingiendo dolor—. Qué frío.

— Está provocando —la voz de Alex era un gruñido bajo su oído—. Quiere que te quedes quieta.

No le des nada. Miralo a los ojos. Pregúntale qué quiere.

—¿Qué quieres, Sebastián? —dijo Isabella, su voz sonaba tranquila.

La calma de ella lo descolocó por un segundo. Su sonrisa vaciló.

—Uy directo al grano. La VP está ocupada.

—Tomó un sorbo de su trago—. Me encantó tu trabajo.

La purga.

¡Qué dramático! ¡Qué... americano! Papá no estaba contento.




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