La cita del divorcio

Capítulo 36: La Jaula de Cristal

Los primeros tres días fueron una tortura silenciosa.

El exilio era peor que la jaula de oro.

En el ático , había furia. Había whisky roto, confesiones en la oscuridad y un beso que le había quemado los labios.

Había vida , aunque fuera una vida tóxica, de guerra.

Aquí, en el apartamento corporativo 30B, no había nada.

Silencio.

Esterilidad.

Y el teléfono que nunca sonaba.

Bueno, miento. El teléfono sonaba.

Pero solo eran llamadas de trabajo.

Y el número de Eleanor... Isabella lo miraba, pero no podía llamar.

¿Qué le iba a decir? ¿"Me usaste, pero te extraño"? ¿"Me ascendió y ahora me odia"?

Se sentía... sucia.

Pero la peor parte era la oficina.

Llegar a las 8 am a Vance Tower.

Solá.

El viaje en el auto de la compañía (ya no el Maybach, sino un sedán estándar de ejecutivo) era un recordatorio de su degradación.

Caminaba por el vestíbulo.

Los susurros la seguían.

"La amante caída". "La que duro una semana".

Y luego, llegaba al piso 50.

Y el terror se apoderaba de todos.

Porque la "amante caída" seguía siendo la Vicepresidenta. La que había decapitado a veinte ejecutivos en quince minutos.

Era un fantasma. Un objeto de terror y burla, todo al mismo tiempo.

Se sentaba en su acuario de cristal.

Y trabajaba.

Se hundía en Acero Atlas. Era su droga. Era su refugio.

Reestructuró la deuda, renegoció los contratos de logística, movió miles de millones de euros por el mundo con la misma frialdad con la que él le había enseñado.

Descubrió que era buena en eso.

Aterradoramente buena.

Y él...

Él estaba allí.

A través del atrio. En su propia fortaleza de cristal.

No la miraba.

Durante tres días, no cruzó sus ojos.

Lo veía en reuniones (a las que ella no era convocada).

Lo veía caminar por el piso, su mano vendada (ahora con un guante médico negro y elegante, que era aún más intimidante) en el bolsillo, mientras hablaba por su auricular.

Era como si el penthouse nunca hubiera existido.

Como si la noche del beso, del llanto, de la confesión... hubiera sido una alucinación compartida.

La única prueba de que había pasado era el correo.

El memorando.

"Protocolo 2b: Se prohíbe estrictamente la presencia de CUALQUIER producto que contenga maní..." "Protocolo 2c: La señorita Rossi supervisará el cumplimiento..."

La "Policía del Maní".

La humillación era un sabor metálico constante en su boca.

El primer día, tuvo que enviar un correo masivo a todo el edificio, explicando los nuevos procedimientos de la cafetería ejecutiva.

Se sintió como una niña glorificada.

La respuesta de él a su borrador fue una sola palabra, enviada a las 2 am: "Ejecútese".

El jueves por la tarde, la burbuja se rompió.

Isabella estaba en una videoconferencia brutal con el nuevo equipo legal de Zúrich, desmantelando los últimos vestigios de la influencia de Thorne Enterprises.

Estaba en su elemento, hablando de cláusulas de incumplimiento y apalancamiento de activos, cuando la línea roja de su teléfono de escritorio parpadeó.

La línea directa de Meredith.

—Un momento, señores —dijo Isabella, silenciando el micrófono de la videoconferencia.

Contestó.

—Señora Vicepresidenta. —La voz de Meredith era puro hielo, pero había... una nota de diversión maliciosa en ella—.

Lamento interrumpir su integración.

Pero tenemos una situación.

—¿Qué situación, Meredith?

—Una violación. Protocolo 2b.

Isabella sintió que la sangre se le iba de la cara.

Una violación. Una amenaza a la vida de él.

—¿Dónde? —su voz era un susurro.

—Piso 42. El antiguo piso de usted. La cafetería.cafetería.p

—¿Hawk lo sabe?

—Hawk está en camino.

Pero el memorándum es claro.

Usted supervisa el cumplimiento.

Es su responsabilidad manejarlo.

Meredith le había colgado.

La videoconferencia de Zúrich seguía en espera.

Los trajes caros la miraban, confundidos, desde la pantalla.

—Caballeros, surgió una emergencia operativa. Reprogramamos —dijo, y cortó la llamada.

Se puso de pie.

Su corazón golpeaba con fuerza.

Miró a través del atrio.

Alexander estaba en su oficina. Y la estaba mirando.

Él lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Meredith era su perro faldero.

Sus ojos, a treinta metros de distancia, a través de dos paneles de vidrio blindado, la desafiaron.

"La correa sigue ahí. Solo cambié la cadena".

Isabella salió de su oficina.

Camino hacia el ascensor.

Cada paso era una humillación.

La VP de Integración Estratégica, corriendo a revisar los almuerzos.

Llegó al piso 42. Su antiguo hogar.

El silencio fue instantáneo. Los cubículos. La gente que antes eran sus colegas, ahora sus subordinados aterrorizados.

Y la cafetería.

Hawk ya estaba allí. Dos de sus hombres, con trajes negros, estaban parados junto a una mesa.

Y en la mesa, sentada, desafiante, había una mujer.

Amanda. La protegida de Julian Thorne.

Una de las pocas que Isabella no había tenido autoridad para despedir, porque pertenecía a una división diferente.

—Señorita Rossi —dijo Hawk, su rostro inexpresivo.

- ¿Cuál es el problema?

Amanda , con una sonrisa fea, venenosa.

—El problema, Vicepresidenta —dijo, su voz burlona—, es que traje mi almuerzo.

Sobre la mesa había un tupper de plástico.

Y dentro, una ensalada tailandesa.

Cubierta. De maní picado.

—Ups —dijo Amanda, tomando su tenedor—. El memorándum se me fue al spam.

Isabella la miró.

Miró a la docena de empleados del piso 42 que se habían reunido, fingiendo ir por café, para ver el espectáculo.

Esto era un motín. Una prueba.




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