La cita del divorcio

Capítulo 38: La Alianza de los Rotos

El beso no fue como el primero.

El beso en el penthouse había sido un accidente. Un choque de desesperación y vulnerabilidad. Había sido un error de cálculo, un "desliz sentimental" (como él lo llamó) que lo había aterrorizado.

Este...

Este fue un acto de guerra.

En el instante en que sus labios tocaron los de ella, no fue un error. Fue una elección.

Fue la interpretación de él, no a ella, sino a la verdad.

La verdad que su padre había visto, que su madre temía y que él había estado negando: que esta mujer, esta "debilidad", era la única cosa real en su vida de hielo.

Y para Isabella, fue... un ancla.

En el momento en que él la besó, la furia de la llamada de Dietrich, el miedo a Sebastian, el dolor de la traición de Eleanor... todo se disolvió. Se fue.

Solo estaba él.

Era un beso crudo, profundo, hambriento.

Sabía a café, adrenalina y a la victoria más sucia que ambos habían probado.

Él la besaba como si estuviera reclamando un territorio, como si estuviera marcando lo que era suyo, no para el mundo, sino para él .

Su mano se apoyó en el escritorio, sosteniendo su peso. Su mano sana, la izquierda, se movió del escritorio a la cintura de ella. La agarro. La atrajo hacia él.

Isabella no lo detuvo. Se aferró a los hombros de su traje, sintiendo los músculos tensos debajo de la tela cara.

Le devolvió el beso. Le devolvió el fuego. Le devolvió la rabia.

Le estaba diciendo, sin palabras: Elegí. Te elijo a ti.

La puerta de la oficina estaba cerrada. Y, por primera vez, cerrada con un pestillo.

Estaban en el acuario de cristal. A la vista de todo el piso 50 (si alguien se atrevía a mirar). Pero estaban solos.

Él rompió el beso.

Se separó, pero solo unos centímetros. Sus frentes quedaron apoyadas.

Ambos estaban jadeando.

Alexander tenía los ojos cerrados. Su pecho subía y bajaba con dificultad. El rey del hielo estaba... deshecho.

—Dios mío... —murmuró él, su voz un gruñido ronco.

Abrió los ojos.

Los ojos de hielo se habían derretido. Lo que la miraba era un incendio forestal. Un azul tan intenso, tan lleno de emoción cruda (furia, miedo, alivio, posesión) que Isabella sintió que la quemaba.

—Le... le colgaste —dijo él, como si no pudiera creerlo.

Isabella tragó saliva. Sus labios ardían.

—Usted... no, tu ... —El cambio. Salio natural. La formalidad del "usted" era absurda ahora—. Tu me enseñaste a pelear.

Alexander la miró. Vio el cambio del "usted" al "tu". Y no la corrigió.

Una sonrisa lenta, casi dolorosa, tiró de la comisura de sus labios.

—No, Isabella. —Su pulgar rozó la línea de su mandíbula. Un toque que la hizo temblar—. Yo te enseñé a ser despiadada. Tu naciste sabiendo pelear.

Retrocedió un paso. La conexión física se rompió, pero la tensión era mil veces más fuerte.

Miró la puerta cerrada.

—Acabas de pintar un blanco en tu espalda que se ve desde la luna —dijo él.

-No.

—Isabella recuperó el aliento. Se sintió... fuerte. Peligrosa—. Acabamos de pintar un blanco en la nuestra .

Él asintió. —Él va a venir por ti. Con todo. Ya no con dinero.

—Que venga —dijo ella.

Alexander la miró. La rabia. La fuerza. La mujer que había desafiado al diablo.

Sé río. Una risa corta, genuina, que la sorprendió.

—Dios, mi padre tenía razón. Soy un poco sentimental. —Se pasó la mano por el pelo—.

Me he enamorado de un arma.

Isabella se quedó helada.

¿Qué?

¿Lo había dicho? ¿"Enamorado"? ¿O era una metáfora?

Él vio su shock. La sonrisa se borró, reemplazada por una urgencia feroz.

—No tenemos tiempo para esto. —Volvió a ser el estratega—. Acabas de colgarle al hombre que controla la mitad de las finanzas de Europa.

¿Qué crees que va a pasar ahora?

—¿Llamará a Sebastián?

—Llamará a sus abogados. A sus banqueros. Va a intentar aplastarnos. Va a intentar aplastar a Vance Industries . Va a intentar aplastarte a ti .

—¿Qué hacemos?

—Nos vamos.

—¿Irnos? ¿Huir?

-¡No! —Él la agarró del brazo—. ¡Reposicionamos! ¡No podemos quedarnos aquí! ¡Este lugar no es seguro!

—¿El penthouse ?

—El ático . —Asintió—

Fueron hasta su oficina y él Presionó el intercomunicador de su escritorio.

-¡Hawk!

—Señor .

—Prepara el auto. Garaje ejecutivo. Ahora. Y activa el protocolo Nivel Alfa en el penthouse .

— ¿Nivel Alfa, señor? Eso es...

—¡Haslo! ¡Nadie entra! ¡Nadie sale! ¡Ni siquiera mi madre! ¿Entendido?

—Entendido , señor. Cinco minutos.

Alexander colgó.

Miró a Isabella. La adrenalina de la batalla volvió.

—Agarrá tu bolso. Nada más.

—Pero... ¿la oficina? ¿El trabajo?

—¡El trabajo eres tú ! ¡El trabajo está en tu cabeza! ¡El trabajo es esta guerra! ¡Vamos!

Agarró su saco. Se lo puso. Tomó su maletín.

Isabella corrió a su oficina. Agarró su cartera. Vio el portaretratos de Eleanor sobre el escritorio.

Dudó.

—¡Isabella, AHORA! —rugió él.

Dejó la foto.

Corrió de vuelta.

Él la estaba esperando en su oficina.

—Cuando salgamos por esta puerta —dijo él, su voz baja, urgente—, volvemos a la actuación.

—¿Qué actuación?

—La de "Alinea". Tu eres mi VP. Yo soy tu jefe. Salimos del edificio. Con calma. ¿Entendido?

-Si.

—Pero cuando esas puertas del ascensor se cierren... eres mía. Y yo soy tuyo.

Porque somos los únicos dos en esta puta ciudad que entendemos contra qué estamos peleando.

Isabella lo miró. La mano vendada. Los ojos ardientes. El rey roto que acababa de declararle la guerra a su propio padre.

—Entendido —dijo ella—. Tu escudo.

Él la miró. —Mi espada.

Abrió la puerta.

El piso 50 estaba en silencio. Meredith levantó la vista, sorprendida de verlos salir de la oficina .




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