" Eres mi debilidad, Isabella."
Y la besó…
No fue un beso suave.
No fue el beso de una cita romántica.
Fue un shock.
En el instante en que sus labios tocaron los de ella, fue como si un cable de alta tensión hubiera hecho tierra.
Fue un beso de desesperación, de hambre contenida, de semanas de furia, control y una posesividad que él mismo no entendía.
El sabor a whisky y café caro la inundó.
Sus labios eran firmes, exigentes, pero debajo había un temblor.
El "monstruo sentimental" estaba exponiendo su herida.
Isabella quedó congelada por un segundo, su cerebro incapaz de procesar el cortocircuito.
El hombre que la había enjaulado, que la había llamado "perro", que la había convertido en su soldado... la estaba besando.
Y ella...
Ella, en contra de toda lógica, en contra de todo instinto de supervivencia... le respondió el beso.
Fue un impulso.
Un segundo de rendición total a la locura.
Sus manos, que habían estado inertes a sus costados, se levantaron.
Una se aferró a la solapa de su traje negro, como si temiera caerse.
La otra... rozó su mejilla.
La mejilla que su madre había abofeteado.
El contacto fue eléctrico.
En el momento en que sus dedos tocaron su piel, Alexander se rompió.
Un sonido, un gruñido ahogado, vibró en su garganta.
El beso se profundizó, volviéndose crudo, casi brutal.
La mano de él, que estaba en su mejilla, se deslizó hacia su nuca.
Se enredó en su pelo suelto.
La sostenía.
La reclamaba.
No era un beso de estrategia.
Era un beso de rendición.
Y eso fue lo que lo detuvo.
Tan rápido como había comenzado, se terminó.
Alexander la soltó como si fuera fuego puro.
Se apartó de un salto, retrocediendo dos, tres pasos.
Chocó contra la estructura de metal de una de las sillas del salón.
La miró.
La máscara de hielo no estaba.
Lo que había en su rostro era algo peor: pánico.
Terror puro, desnudo.
Horror de sí mismo.
De lo que acababa de hacer.
De lo que acababa de sentir .
—No —murmuró, su voz un graznido.
Isabella se quedó de pie, paralizada, su mano aún en el aire donde él había estado.
Sus labios ardían.
Podía sentir el pulso de él en sus labios.
Estaba temblando de pies a cabeza.
-Alexander...
-¡No! —El grito fue un latigazo de furia y vergüenza—.
¡No!
—¿Qué... qué acaba de...?
—¡Un error! —espetó él.
Se pasó la mano por el pelo, desordenandolo, parecía un salvaje—.
Un...desliz táctico.
Eso es todo.
—¿Un desliz? —la voz de Isabella tembló—.
¡Me llamó... me llamó su debilidad!
—¡Estaba... probándote! —mintió él.
Era una mentira pésima, y ambos lo sabían—.
¡Era... parte de la actuación! ¡Viendo si te lo creías!
Isabella lo miró.
Vio al hombre más poderoso de Chicago reducido a un mentiroso patético, aterrorizado por lo que acababa de sentir.
Y la rabia la golpe.
La rabia por la humillación de la mentira.
—Mentira —dijo ella, su voz baja.
—¡Es la verdad! ¡La adrenalina de la cena, la victoria contra Sebastián! ¡Fue un error de cálculo!
—Usted no comete errores de cálculo, Alexander.
—Isabella dio un paso hacia él.
Y por primera vez, fue él quien retrocedió—.
Usted no es "sentimental".
Usted no hace nada sin un propósito.
—¡El propósito era...!
—¿Qué? —lo desafió ella—.
¿Humillarme más? ¿Ver si podía reclamar lo que su hermano no quiso?
La acusación lo golpeó más fuerte que la bofetada de su madre.
La sangre desapareció de su rostro.
—No... —susurró él, la furia desapareció, reemplazada por el horror de esa idea.
—¿Eso fue? —preguntó ella, sintiendo las lágrimas de rabia subir—.
¿El "premio" que abandonó? ¿El "bien" que él mencionó?
—¡Jamás! —rugió él—. ¡No soy él! ¡No soy Sebastián!
—Ah, ¿no? —replicó ella, su voz rompiéndose—.
¡Acaba de hacer exactamente lo que él haría!
¡Úsarme! ¡Juegar conmigo!
¡Solo que su juego es más cruel!
Él la miró. Rota.
Atrapado en su propia trampa.
La había llamado "Reina" y "debilidad", y ahora estaba intentando meterla de nuevo en la caja de "soldado".
Y no podía.
El beso lo había cambiado todo.
Se dio vuelta.
Le dio la espalda.
La vergüenza y la furia irradiaban de él.
—Vete a tu habitación.
La voz estaba muerta.
Fría.
El hielo estaba volviendo, pero ahora era un hielo quebradizo, desesperado.
-No. No hasta que me diga la verdad.
—¿La verdad? —Se río, la risa rota—.
¡La verdad es que mi padre tenía razón! ¡Soy una idiota sentimental! ¡Dejé que una noche, un vestido rojo y una victoria me hicieran... cometer un error!
—¿Fue un error? —susurró ella.
Él se giró.
Sus ojos eran dos pozos de oscuridad.
—Fue lo que fue.
Y no volverá a pasar.
Camino hacia el escritorio.
El de la "oficina".
—Mañana. A las 9 am —dijo.
El abogado de Sebastián estará aquí.
En este ático .
Isabella parpadeó.
El cambio de tema la mareo.
—Aquí?
-Si.
No en la oficina.
No quiero que ese... gusano... pise mi edificio.
Vendrá aquí.
Firmarás los papeles. Y serás libre de él.
—¿Y después?
Él la miró. El frío era total ahora.
La pared estaba levantada.
—Después... te vas.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
—Te vas de este penthouse —aclaró él, su voz cortante—.
La amenaza de Sebastián está neutralizada.
Tu presencia aquí... ya no es necesaria.
La estaba echando.
Después de besarla... la estaba echando.
El dolor fue tan agudo, tan inesperado, que Isabella se sintió como si la hubieran apuñalado.
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Editado: 03.10.2026