La cita del divorcio

Capítulo 31: La Armadura de la Reina

El Maybach se deslizó en el tráfico de Chicago, una burbuja de silencio blindado en medio del caos del mediodía.

Isabella miraba por la ventana, pero no veía nada.

Estaba temblando. El temblor no era de miedo, esta vez. Era la resaca de la adrenalina. La vibración de un motor sobrecargado que seguía girando después de apagar el auto.

Ganó.

Había entrado al "Aviary" como la esposa trofeo. Y había salido como la negociadora que acababa de salvar (¿o condenar?) a la familia Thorne. Había usado el poder de Alexander para comprar su propia libertad.

El auricular hizo clic. El sonido la hizo saltar.

— Contesta.

La voz de Alexander. Hielo puro. Sin felicitaciones. Sin "buen trabajo". Solo la siguiente orden.

Isabella miró el teléfono negro que tenía en la mano. El que le había dado él.

La pantalla brillaba. LLAMADA ENTRANTE: ELEANOR.

Su pulgar tembló. Miró al conductor, a la partición de vidrio. Estaba sola, pero no.

—¿Ahora? —susurró, sintiéndose enferma.

— Ahora. Ponlo en altavoz. Y recordá el guión.

Estás aterrorizada. Te estoy obligando. Y tenés miedo.

La crueldad. Usar a Eleanor así...

Obedeció. Deslizó el dedo.

—¿...Eleanor?

—¡Isa ! ¡Dios mío! ¡Isa, nena, contestaste!

La voz de Eleanor era un torrente de pánico y alivio. Sonaba como si hubiera estado llorando.

—¡Estoy... estoy en un auto! —dijo Isabella, y el pánico en su propia voz no fue difícil de fingir.

Acababa de salir de un enfrentamiento con su marido fantasma.

¡Lo sé todo! ¡Vi que Sebastián te citó! ¡Mis contactos me dijeron...!

La voz de Alexander en su oído, superpuesta a la de Eleanor: — Ella también tiene vigilancia. La Reina Madre está jugando. Bien. Usalo.

—¡Él me llamó! —lloró Isabella al teléfono—. ¡Eleanor, fue horrible! ¡Me llamó... me llamó "perro"!

— ¡Ese bastardo! ¡Igual que su padre! ¡Isa, tenés que salir de ahí! ¿Dónde estás? ¡Te saco!

—¡No puedo! ¡No puedo! ¡Él... él lo sabe todo!

— ¿Sebastián?

-¡No! ¡Alexander! —El nombre salió como un sollozo ahogado—. ¡Vio la foto! ¡Sabe qué hablamos! ¡Cree... cree que soy una espía

-Bien . Perfecto. Ahora, la cena….

—¡Y ahora... —continuó Isabella, cerrando los ojos, odiándose a sí misma por esta traición— ...me está obligando!

— ¿Obligando? ¿A qué, nena? ¿Qué estás haciendo?

—¡Me está obligando a salir! ¡Esta noche! ¡Una... una cena! ¡En "Alinea"! —Las lágrimas ahora eran reales. Lágrimas de furia por el juego en el que estaba atrapada—.

¡Quiere exhibirme, Eleanor! ¡Quiere que todo el mundo me vea con él! ¡Creo... creo que está loco! ¡Tengo miedo!

— ¡Alinea! ¡Dios mío, eso es... es una declaración! ¡Es público! ¡Isa, no vayas! ¡Enferma! ¡Haz algo!

—¡No puedo! ¡Él está... está en todas partes! ¡Me estás escuchando! ¡Yo... yo tengo que colgar! ¡Creo que el conductor...!

—Cortá . Ahora.

Isabella presionó el botón rojo, cortando el grito de pánico de Eleanor.

El silencio en el Maybach fue absoluto.

Se quedó allí, temblando, el teléfono negro en su regazo. Había traicionado a la única persona que había sido amable con ella.

— Bien hecho.

La voz de Alexander en su oído era... ¿cálida? No. No cálida. Satisfecha

— Bien hecho.

Isabella no respondió. Se apoyó contra el vidrio frío de la ventana y cerró los ojos, sintiéndose la persona más sucia del mundo.

El penthouse estaba silencioso cuando ella entró.

Se quitó el auricular, dejándolo sobre la isla de mármol de la cocina como si fuera un insecto muerto. El silencio en su propia cabeza fue un alivio.

No había rastro de Alexander. El auto de vigilancia se había ido.

Estaba sola. Libre. Y completamente atrapada.

Fue a su habitación. Se quitó el traje gris marengo..

Se duchó. El agua caliente no la limpiaba. Se sentía manchada por la victoria contra Sebastian, por la mentira a Eleanor.

Se puso una bata y se desplomó en la cama. Eran las 2:30 pm

Estaba agotada.

Se durmió. Un sueño pesado, negro, sin sueños.

Se despertó sobresaltada. La habitación estaba oscura. Las luces de la ciudad brillaban.

Miró el reloj. 6:45 pm

El pánico la golpeó. "Alinea".

Se levantó de un salto.

-¿Alexander?

Silencio.

Fue al salón principal. Estaba vacío. La cocina, impecable. La "oficina", apagada.

¿Se había ido? ¿La había dejado?

No. El intercomunicador del ascensor estaba en verde. El piso seguía sellado.

Él estaba allí. En el Ala Oeste. En su guarida. Dándole espacio. O, más probablemente, dejándola sudar.

Esta noche, la verdadera guerra empieza.

El miedo volvió. "Alinea". No era una emboscada en la sombra. Era el escenario mundial.

Fue a su armario.

¿Qué se ponía?

La ropa de "amante" que él había comprado (Chanel, Prada). Los trajes de "VP" que le había dado. Su propia ropa vieja (los jeans).

Nada servía. Una era demasiado íntima, la otra demasiado de oficina, la última demasiado patética.

Bzzt.

El teléfono negro. En su mesita de noche.

Un mensaje. De A. Vance.

De: A. Vance Aida te dejo el vestuario que llevarás , en la puerta de tu habitación.

Isabella frunció el ceño. ¿vestuario?

Fue a la puerta . Abrió.

En el suelo del pasillo del Ala Este, había una bolsa de ropa larga, negra, de una tienda que no reconocía. Y una caja de zapatos.

Lo llevó adentro. Lo puso sobre la cama.

Sintió un escalofrío.

Abrí la cremallera de la funda.

El aliento se le quedó atascado en la garganta.

No era un traje. Era un vestido.

Pero no era un vestido cualquiera.

Era... una locura.

Era de seda. Pero no una seda suave y fluida. Era una seda pesada, estructurada. Y el color...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.