"El temor a los ataques provocó una reducción significativa en el tránsito de caravanas hacia y desde Gavasta. Como consecuencia, el flujo de bienes se vio interrumpido, afectando directamente a la economía."
Fragmento de: Última edición - Historia de Offrasolned.
Libro oficial de historia para las escuelas de Gavasta.
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El castillo tembló, fue un estremecimiento profundo, como si las entrañas mismas de piedra se hubiesen sacudido. Los candelabros vibraron, las hojas sobre la gran mesa se sacudieron, y una racha de silencio tenso se apoderó de los presentes… solo para romperse de inmediato con un estallido de caos.
Cuando la macabra risa lejana se detuvo comenzaron los gritos, tan fuertes que atravesaban las gruesas paredes de piedra y anchas puertas, desgarrando la ilusión de seguridad con la rapidez que un corazón da un latido. Aunque eso no cambió nada, reaccionando de forma casi instintiva al instante la líder de las Ventiscas Doradas ya se encontraba al lado del trono.
Con la velocidad de una ventisca fría se posición frente al Rey y sus dos hijos, alzando la mano para llamar a los Snognis que patrullaban la sala. Todos se reunieron a su alrededor como una muralla de hielo sólido, a su par, sin esperar instrucciones los nobles se agruparon cerca de los guardias que custodiaban el trono.
Ellos intentaban mantener la compostura, y de todas formas el miedo se infiltraba en sus pupilas, aun así, respetaban la jerarquía y ninguno osó acercarse demasiado, manteniéndose a una distancia prudente para no invadir el circulo de protección íntimo de la familia real.
Las puertas por las que llegó Foran, Elia y Evania se abrieron de repente, una alvinter irrumpió con su uniforme de sirvienta desordenado. Tenía la respiración entrecortada y los ojos abiertos a más no poder, el cansancio de tanto correr la hizo detenerse justo en el umbral, aferrándose al marco con una mano mientras con la otra temblaba.
—¡Nos atacan! —gritó —. ¡Unos Jotuns se metieron a la ciudad, están en los jardines. Y alguien muy poderoso se metió en el castillo! Cruzó la puerta principal.
Un murmullo frio recorrió la sala, parecía que los nobles se sincronizaron para exhalar su miedo. Aunque a diferencia de ellos los cuatro Neamh Mairbh se miraron entre sí mientras Foran se mantenía firme, clavada al suelo como una estaca de hielo en plena tormenta nevada.
Y fue Elia quien habló. —¿Algún enemigo extra del que tengamos que saber?
La Receptáculo del Crepúsculo le sostuvo la mirada un segundo antes de negar con la cabeza. —Ninguno más. La única amenaza posible que se me ocurre es la misma que ustedes deben tener en mente —dijo con cada palabra cortando el aire al salir.
Esa respuesta hizo sobresaltar a Loren y se quedó más preocupado cuando escuchó hablar a Eydisjar, el falso noble tenía un rostro tenso y habló con claridad a pesar de los labios apretador. —No perdamos tiempo, tenemos que sacar a la familia real de aquí.
Girando el rostro hacia él Foran arqueó una ceja con irritación, no respondió con palabras ya que su expresión bastó para enviar un mensaje claro como el reflejo en hielo recién quebrado “Obvio que si” decía. Entonces se volvió hacia el Rey quien la observaba con arrugas profundas en su frente.
—Los llevaremos al lugar seguro designado —informó, sonando a que pedía permiso—. Y después me encargaré de la amenaza, su Alba Alteza.
El hombre de pie cerca de su trono le sostuvo la mirada a la mujer, sus ojos lejos de encontrar el pánico parecían brillar con confianza. —Haz lo que tengas que hacer —respondió con voz serena—. Enséñales porque no se tienen que meter con nosotros.
La Receptáculo del Crepúsculo asintió con firmeza, actuó con movimientos medidos y certeros como siempre. Habló con su voz autoritaria. —Ustedes dos —ordenó, dirigiéndose a Elia y Evanai—. Vendrán conmigo, vamos a escoltar a la familia real y a los nobles al lugar seguro.
Las dos mujeres no dudaron ni un solo segundo, en medio del caos que empezaba a desbordarse se acercaron a ella, asumiendo su deber sin necesidad de palabras. Eso le gustó a Foran, le recordó a cuando los Neamh Mairbh eran obedientes en la época del imperio.
Solo que no todos podían ser como ellas, Loren no pudo contener sus impulsos y tensión, alzó la voz desde un costado de la mesa mientras sus ojos oscilaban entre los guardias, las puertas cerradas y el sequito real. —¿Y nosotros que? ¿No podemos ir todos?
La duda flotó en el aire cada vez más frio, y la respuesta no vino de Foran, ni de las dos mujeres, sino que fue Eydisjar quien dio un paso al frente frunciendo el ceño y le respondió casi rugiendo. —Es obvio que no. —Su tono no fue de burla, sino de irritación, le hizo sentir al neonato que preguntaba una tontería como si el cielo era azul.
El noble farsante apretó los puños enguantados y añadió aun firme. —Nos quedaremos aquí con los Snognis. Haremos tiempo para que la familia real y los nobles puedan escapar primero.
Loren abrió sus parpados al máximo, por un momento sintió que el rostro se le desfiguraba de la sorpresa. Esa actitud no concordaba en absoluto con lo que había visto hasta ahora de este noble farsante, tan presuntuoso como egocéntrico. Pero ahí estaba, con los labios apretados, la postura rígida y la determinación de alguien honorable.
Para Foran no pasó desapercibido ese gesto, observó al neonato con una leve sonrisa de orgullo. Bien breve y bien genuina. —A pesar de que te hayas vuelto un Neamh Mairbh —le dijo con un matiz de respeto—. Mantuviste tus valores ardientes. Excelente.
No hubo falsa modestia en la reacción de Eydisjar, tampoco gratitud. Solo un asentimiento seco, una forma silenciosa de aceptar el cumplido sin detenerse demasiado en él. Loren, en cambio, echó un vistazo rápido al entorno. Los demás nobles también se habían agrupado cerca del Rey y sus hijos, manteniéndose cerca pero sin entorpecer la labor de los llamados Snognis ni la de los escoltas. Ninguno parecía escandalizado por la idea de quedarse atrás mientras la familia real escapaba primero, ninguno tomó la palabra para protestar.
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Editado: 15.09.2026