Susurros del Frio y el Alba

Capítulo 20

"El vínculo que surgen entre la voluntad del usuario y la sustancia NDG requiere del doble de densidad áurica que con la que se nace en un principio. Lo que es el equivalente a que alguien necesita dos Chispas...."

Extracto de:

Tesis sobre la Opstelamancia

en otros mundos

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En base a eso fue que terminaron llegando de regresó con los demás, aunque no era lo que querían. La posibilidad de un enfrentamiento era cálida, pero se había congelado cuando el noble se colocó un anillo con gemas mágicas en cada mano, con la capacidad de absorber calor de su cuerpo para invocar fuego podía mantener controlado a los enormes lobos salvajes.

Los animales sin duda querían comer, y perder la vida no era una opción para ellos así que se mantuvieron amenazantes, aunque sin desatar una lucha real. Esos animales eran rápidos, con certeza Hakon podría incinerarlos si acumulaba el suficiente calor pero con la velocidad de ellos como mínimo podrían llegar a lastimar de gravedad a Raidia, algo que no podía permitirse.

Debido a eso la situación quedó así, por cada paso que los lobos avanzaban, ellos retrocedían uno. Nadie atacaba, pero la tensión era tan densa como el aire frío de la caverna. Ambos lados estaban al borde del estallido. Tal como había anticipado Hakon, lograron regresar, paso a paso, hasta el punto donde habían dejado a Élodi y Lucien.

El noble no escuchaba más ruidos provenientes del agujero por donde había caído la investigadora herida y donde Kari y Magnus debían estar luchando ahora, pero no podía permitirse el lujo de mirar hacia ella. Un solo descuido, un solo parpadeo fuera de lugar, y los lobos podrían lanzarse.

—¡¿Por qué regresaron?! — bramó Lucien con el ceño fruncido, su voz áspera por la confusión. Su barba y cabello negro apenas se movían con el frío del entorno, pero sus ojos seguían con alarma cada uno de sus pasos vacilantes.

Sin mirar atrás, la investigadora de cabello rizado y rubio oscuro respondió con voz suave y firme, en un idioma que Hakon no comprendió. Su compañero tardó un instante en reaccionar antes de contestar una sola palabra, breve y en esa misma lengua desconocida.

Fue entonces cuando Raidia se inclinó hacia él, y con un susurro en su oído, lo sacó del vilo en el que pendía. —Confía en mí, se sacarnos de esta. Haz lo que te diga cuando lo diga.

El muchacho, con las marcas brillando en sus mejillas como brasas encendidas, asintió en silencio. Un instante después, ambos dejaron de retroceder. Permanecieron quietos, enfrentando al par de lobos que los observaban con ojos llenos de odio y mandíbulas rebosantes de colmillos tan largos como cuchillas. Las bestias estaban a escasos metros, tensas, con los músculos listos para saltar y convertirlos en carne desgarrada.

—¡Agáchate! —ordenó la investigadora de ojos dorados. Solo que ella sabía que el cuerpo humano necesita una fracción de segundo para obedecer una orden, y esa fracción era demasiado. Por eso le habló, más que para avisarle, para preparar su cuerpo… porque ella pensaba forzarlo a actuar. Y no podía permitirse que él opusiera resistencia cuando el momento llegara.

Ella presionó un botón en la muñeca de su traje y, al instante, colocó ambas manos sobre los hombros de Hakon. Usando toda su fuerza, lo empujó hacia abajo, obligándolo a agacharse con ella al mismo tiempo. A unos pasos de Lucien y Élodi, el dron que había entregado el equipo de primeros auxilios flotaba en silencio. Su cuerpo esférico, con la mitad superior metálica y la inferior de calurosa luz se elevó por el aire en el centro de la caverna.

Justo en el momento en que ambos se agachaban, el dron salió disparado hacia adelante como una bala de luz, impactando contra un saliente rocoso del techo. La explosión fue contenida, pero suficiente para hacer temblar la piedra, fragmentos de roca se desprendieron y colapsaron sobre la entrada, sellando el túnel con una lluvia de polvo y escombros. Hakon y Raidia quedaron cubiertos de tierra y pequeños golpes de piedra, pero no fue nada grave… y sin duda, mucho mejor que terminar entre las fauces de los lobos.

Cuando todo el estruendo terminó ambos se levantaron y giraron para concentrarse en los otros dos investigadores, la mujer del pelo atado en trenzas no parecía en peligro si le preguntaran a Hakon. Sus ojos dorados eran como un par de soles que se ocultaban por el lejano horizonte, derramando su luz apenas visible.

Ella parecía muy agotada, pero la buena noticia es que también parecía fuera de peligro. Su brazo derecho estaba vendado y con poca sangre manchando los vendajes, mientras que el izquierdo también estaba vendado, solo que la tela se hundía en la carne masticada y desgarrada como si fuera un valle lleno de colinas y agujeros con el césped teñido de rojo.

—No lo puedo creer —dijo Lucien acariciando el hombro de su compañera recostada, cosa que parecía tranquilizar a la muchacha.

—Era lo mejor que podíamos hacer —contestó con determinación Raidia—. No vale la pena perder una vida intentando salvar otra, Élodi está fuera de peligro así que tenemos tiempo en buscar otra solución.

—Eso no tendría que ser difícil. —La mirada gris de Lucien, en cuyo interior círculos parecían formar una estrella de cinco puntas, se concentró en los ojos grises de Hakon con solo un círculo dentro—. Díganos señor guía ¿Qué podemos hacer? Solo nos queda seguir el sendero ¿por ahí podemos llegar a otra salida o que hacemos?

Las miradas de los demás también se centraron en él y sintió que el calor le llegaba hasta el cuello, Hakon no era el experto conocedor de estas tierras ¡Ese era Kari! Y como mucho debido a acompañarlo a trabajar tantas veces conocía bien ciertos lugares como el bosque, pero justo esta zona no. El campesino era el de la experiencia, cuando fueron por primera vez al lago le hablo de este lugar. En cambio, el noble solo estuvo una vez antes y ni siquiera se metió muy adentro.




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