Un acuerdo con el capo

Extra 1

La sombra de la sangre equivocada

Alessandro

​La tarde en el puerto comercial de Nápoles siempre apestaba a salitre, brea caliente y a la urgencia de los hombres que sabían que el tiempo equivalía a dinero, o a una tumba prematura. Sin embargo, desde que Leo había aprendido a caminar en círculos alrededor de mis piernas, mis prioridades geográficas se habían reducido estrictamente a un radio de dos metros a la redonda. En ese preciso instante, mi universo entero medía noventa centímetros, vestía una chaqueta de aviador en miniatura y estaba empeñado en inspeccionar una caja de herramientas oxidada que un estibador imprudente había dejado mal cerrada sobre el muelle.

​—No toques eso, campeón —le advertí con voz firme, agachándome para apartar sus deditos manchados de grasa antes de que se cortara con el filo de una chapa—. Tu madre me crucificará si regresas a la hacienda con los nudillos abiertos, y te aseguro que prefiero enfrentarme a un pelotón de los Cárdenas desarmado que lidiar con Chiara cuando se pone protectora.

​Leo soltó una carcajada aguda, corriendo hacia un montón de redes de pesca con la energía inagotable propia de sus tres años. Suspiré, pasándome una mano por la nuca mientras me ponía de pie y ajustaba los puños de mi camisa negra. A mi alrededor, el trasiego portuario continuaba su curso indiferente: grúas mecánicas elevando contenedores, gaviotas graznando sobre el horizonte plomizo y el golpeteo constante del agua contra los cascos de los yates atracados.

​Estaba a punto de dar dos pasos para interceptar a mi hijo antes de que decidiera trepar por una pila de neumáticos cuando el impacto me sacó de golpe de mis pensamientos.

​Algo suave, cálido y excesivamente intrusivo chocó de frente contra mi costado derecho, haciéndome tambalear un par de centímetros hacia la izquierda. Una mano con uñas largas y perfectamente esculpidas en un tono carmín se aferró de inmediato a la solapa de mi camisa para mantener el equilibrio, arrastrando consigo un rastro denso y empalagoso de perfume barato que intentaba disfrazar sin éxito el olor a tabaco mentolado.

​—Vaya, vaya... parece que el destino tiene una puntería exquisita hoy —ronroneó una voz femenina, arrastrando las vocales con una desfachatez calculada que me hizo fruncir el ceño al instante—. Casi me rompes las costillas, grandulón. Aunque, pensándolo bien, no me importaría en absoluto que me compensaras por el susto.

​Bajé la mirada lentamente, sintiendo que la paciencia, esa frágil virtud que había intentado cultivar durante mis años de retiro en la cordillera, amenazaba con evaporarse.

​La mujer que tenía en frente era, en teoría, atractiva. Llevaba una melena rubia platino exageradamente ondulada, un abrigo de piel sintética que le quedaba dos tallas grande para disimular quién sabe qué y unos labios pintados de un rojo tan chillón que parecía una advertencia de peligro biológico. Sus ojos, delineados con un negro cargado que le daban un aire felino y cansado, me recorrieron de arriba abajo con una desvergüenza absoluta, deteniéndose con insistencia en mis hombros y en el anillo de oro blanco que descansaba discretamente en mi dedo anular.

​—Apártate —le solté con un tono plano, gélido, sin mover un solo músculo para ayudarla a incorporarse del todo—. No estoy interesado.

​La mujer soltó una risita estridente, lamiéndose el labio inferior con una lentitud calculada que pretendía ser sugerente y que solo consiguió provocarme arcadas. Dio un paso al frente, invadiendo mi espacio vital con una familiaridad asquerosa mientras deslizaba la palma de su mano por mi antebrazo, apretando con la falsa inocencia de quien cree que puede manipular a cualquier idiota con un par de pestañeos.

​—Qué carácter tan encantador... me encantan los hombres que se hacen los difíciles —susurró ella, inclinándose tanto que el escote pronunciado de su blusa quedó peligrosamente a la vista—. Dime, guapo, ¿un hombre tan imponente como tú hace negocios solo por estos muelles, o está buscando compañía de calidad para pasar la noche? Te aseguro que sé cómo hacer que un jefe de tu categoría se olvide de todos sus problemas. Conozco un reservado en el club de la esquina donde la privacía es absoluta y podemos... negociar los términos de nuestro propio tratado.

​La miré fijamente, sintiendo una repulsión sorda que me recorría la espina dorsal. En ese instante, una fracción de segundo, un pensamiento estúpido cruzó por mi mente: es bonita, sí, pero no como mi osita... me refiero a que tiene algo parecido en la forma de arquear la ceja al mofarse, en el brillo desafiante de esos ojos claros que parecen desafiar al mundo entero. Definitivamente estoy quedando loco. Comparar a esta caricatura vulgar de los bajos fondos con la mujer elegante, feroz y magnánima que me esperaba en la hacienda era un insulto directo a mi propia inteligencia. Chiara tenía fuego en el alma; esta tipa solo desprendía ceniza y desesperación.

​—Escúchame bien, sabandija —mascullé entre dientes, inclinándome hacia ella con la sombra de la intimidación pura que creía haber dejado enterrada en el pasado—. Si vuelves a posar tus sucias manos sobre mi ropa, te juro que haré que los operadores de estas grúas te lancen al fondo del muelle dentro de un saco de cemento. Ahora, lárgate de mi vista antes de que pierda los estribos por completo.

​La mujer retrocedió medio paso, parpadeando con sorpresa ante mi falta de receptividad, pero antes de que pudiera articular otra estupidez o lanzarme un nuevo cumplido obseno, el sonido de unos pasos firmes y decididos retumbó sobre los adoquines húmedos detrás de nosotros.

​—¿Ocurre algún problema aquí, Amor ?

​La voz sonó baja, cortante como el filo de una navaja recién afilada, y con un matiz de peligro latente que hizo que incluso las gaviotas parecieran callarse de golpe.

​Me giré de inmediato. Apenas a tres metros de distancia, Chiara estaba de pie con los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba puesta una gabardina larga de color camel, el cabello suelto meciéndose con el viento del mar y una expresión en el rostro que no auguraba nada bueno para nadie en un radio de diez kilómetros. Sus ojos, fijos e inyectados en una furia gélida, no miraban a la desconocida; me miraban a mí con una mezcla de celos homicidas y posesividad absoluta que, muy en el fondo de mi conciencia culpable, hizo que se me detuviera el corazón un segundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.