Chiara
Llevaba tres días arrastrando un malestar sordo y pesado, una náusea constante que se me anidaba en la boca del estómago y un cansancio que desafiaba cualquier lógica del descanso. Al principio había intentado culpar al ritmo de la escritura, a las horas interminables frente a la pantalla corrigiendo los últimos detalles de mi novela, pero una parte de mi intuición —esa misma que me había salvado de morir en los callejones oscuros de la ciudad años atrás— me susurraba que el origen del problema no era el trabajo.
Y cómo no iba a sentirme enferma, con el cuerpo hecho un nudo y los nervios a flor de piel, si la aparición de mi queridísima hermana Naría en los muelles de la cordillera solo podía significar una cosa: el pasado había encontrado el rastro y el eco no tardaría en llegar hasta nuestra puerta.
Era casi patético, pero el verdadero motor de mi ansiedad no era el miedo a que descubrieran dónde vivíamos, sino el conocimiento absoluto de la naturaleza de mi familia. Si María había puesto los ojos en Alessandro y se había percatado del poder, la elegancia y la evidente holgura económica que rodeaban a mi esposo, no perdería ni un segundo en intentar engatuzarlo con sus tretas de baja categoría. Lo que me producía una mezcla hilarante de gracia y desprecio era pensar en la reacción de Alessandro. Mi esposo era un hombre peligroso, un capo de mirada glacial cuya obsesión por mí rozaba la devoción enfermiza; la idea de que una mujer vulgar como María pudiera siquiera captar su atención durante medio segundo era un insulto a su inteligencia y a la mía.
Aun así, el malestar físico no cedía. Sentía las sienes punzarme y las manos frías mientras caminaba por el pasillo principal de la hacienda, intentando ordenar mis pensamientos antes de que Alessandro regresara con Leo del paseo por el pinar.
Un golpe seco, rítmico y estridente en la puerta principal cortó de tajo el silencio de la tarde.
Fruncí el ceño, extrañada. Nadie en la cordillera se atrevía a tocar de esa forma, y las visitas de rutina del doctor o las llamadas de entrega se anunciaban con discreción en las verjas de hierro. Con un suspiro pesado, sintiendo que el estómago me daba un vuelco traicionero, me dirigí al recibidor y abrí la puerta sin ceremonia, dispuesta a espantar a cualquier vendedor ambulante o mensajero perdido.
El aire se congeló en mis pulmones.
Allí, de pie en nuestro porche, flanqueados por las macetas de lavanda que Alessandro había plantado para mí, estaban ellos.
—¡Chiara, hija, por fin te encuentro, mi amor! —sollozó mi madre, abalanzándose sobre mí con los brazos abiertos en un teatrero despliegue de melodrama que me dio arcadas de inmediato.
Detrás de ella, con el rostro surcado de arrugas de falsa preocupación, apareció mi padre; y a su lado, María, secándose unas lágrimas de mentira con un pañuelo de encaje que desentonaba por completo con su abrigo de imitación de visón.
—Hija, ¿dónde has estado? ¡Te estuvimos buscando por cielo y tierra! Marco también ha estado destrozado y muy triste desde que desapareciste... —balbuceaba mi madre, intentando cruzar el umbral de la puerta como si esta fuera su casa.
Y entonces, como si el universo se hubiera propuesto poner a prueba los límites de mi paciencia y la resistencia de mis nervios, de entre las sombras del sendero apareció él.
Luca ,El hombre que durante años me había ignorado, que me había tratado como una sombra prescindible en los negocios de la familia, y que finalmente me había cambiado de la noche a la mañana por mi propia hermana mayor, anunciando su compromiso con la misma naturalidad con la que se cambia de chaqueta.
—Amor mío... ¿dónde estuviste todo este tiempo? ¿Por qué me abandonaste así? ¿En serio ese era el amor que decías tenerme? —gimoteó Luca, dando un paso al frente con los ojos húmedos y una expresión de reproche tan cínica que sentí que la sangre me hervía hasta evaporarse.
¿WTF? ¿Esto era en serio? ¿Tenía el descaro monumental de presentarse en la puerta de mi hogar, después de haberme rechazado públicamente, después de haberse enredado con la sabandija de mi hermana, a reclamarme abandono?
La indignación fue tan grande que por un segundo olvidé las náuseas. Retrocedí un paso, bloqueando la entrada con mi propio cuerpo, y los miré con un desprecio tan frío que hizo que hasta mi padre bajara la vista por un instante.
—No sé qué demonios están haciendo aquí todos ustedes, ni cómo diablos consiguieron ubicar esta hacienda, pero quiero que se larguen de mi propiedad en este preciso segundo —les espeté con una voz baja, temblorosa de pura rabia—. Mi esposo no tarda en llegar, y te juro, Luca que si te encuentra aquí con tus estupideces de amante abandonado, no vas a salir vivo de estas montañas.
María, que hasta el momento se había estado haciendo la víctima, soltó una risita cínica y dio un paso al frente, apoyando una mano con uñas postizas sobre el marco de nuestra puerta.
—Hermanita, ¿cómo puedes hablarnos así? Somos tu familia de toda la vida —dijo ella con una falsa dulzura que apestaba a manipulación—. Tu esposo es un hombre de negocios razonable; seguro que él sabrá entendernos y recibirnos como Dios manda. Al fin y al cabo, un hombre con dinero necesita a su lado a gente de alcurnia, no a una fugitiva con complejo de escritora ermitaña.
Una sonrisa amarga y peligrosa tiró de la comisura de mis labios. ¿Creía que era estúpida? ¿Pensaba que no sabía exactamente qué traía entre manos? Venían a por lo de siempre: a extorsionar, a mendigar, a intentar apropiarse de una vida que me había costado sangre, fuego y lágrimas construir al lado del único hombre que me había valorado de verdad.
—Créeme, a mi esposo no le gusta la multitud, detesta a los parásitos, y lo que más odia en este mundo es que irrumpan en nuestro hogar sin invitación —le advertí, sintiendo que el pulso me latía en las sienes con violencia—. Además, necesito atender a mi hijo. Así que, si me hacen el maldito favor...
Editado: 17.09.2026