Chiara
El vapor de la salsa de tomate y albahaca subía lentamente hacia la campana extractora, llenando la cocina de ese aroma cálido y casero que tanto le gustaba a Leo. Llevaba una camiseta holgada de Alessandro que me quedaba como un vestido corto y el cabello recogido en un desordenado moño del que ya se habían escapado varios mechones. Aún arrastraba un ligero rastro del malestar de los últimos días, pero mantenerme ocupada con las manos en la masa me ayudaba a mantener la cabeza despejada, sobre todo después del altercado con mi patética familia en el recibidor.
Estaba a punto de remover la salsa con una cuchara de madera cuando una presencia densa, imponente e inconfundible me ancló al suelo.
No hizo falta que lo viera. El calor de su cuerpo, la fricción familiar de su pecho contra mis omóplatos y el rastro inconfundible de su colonia mezclada con el sándalo y el tabaco frío me dijeron que ya estaba ahí. Sus brazos fuertes y venosos me rodearon la cintura con una posesividad feroz, aplastándome contra su cuerpo duro como el acero.
Y entonces lo sentí.
Duro, pesado, palpitante e imposible de ignorar, su miembro esculpido y caliente se presionó con una urgencia brutal contra la parte baja de mi espalda, buscando abrigo a través de la delgada tela de mi ropa interior.
—Osita... te necesito —ronroneó su voz en mi oído, áspera, rota, con esa nota de necesidad masculina y oscura que hacía que se me aflojaran las rodillas de inmediato.
Inhalé hondo, intentando mantener un ápice de compostura mientras apoyaba las manos engarrotadas en el borde de la encimera de granito.
—Alessandro... por el amor de Dios, estoy cocinando —protesté en un suspiro entrecortado, sintiendo cómo el calor de su miembro se marcaba con más fuerza contra mí al dar un paso más y acorralarme contra los muebles—. Si la salsa se quema, Leo se quedará sin macarrones.
—Que se queme la maldita casa entera si es necesario —gruñó él en mi nuca, y antes de que pudiera articular otra excusa, su mano grande y dominante se deslizó con precisión quirúrgica hacia los mandos de la cocina, apagando la estufa de un golpe seco—. No tengo paciencia para esperar a la cena, Chiara. Llevo horas firmando contratos en el despacho con la maldita imagen de tu cuerpo metida en la cabeza, y lo único que quiero quemar ahora mismo eres tú.
En un movimiento tan rápido, fluido y violento que me arrancó un grito ahogado, Alessandro me levantó en vilo por la cintura, arrancándome los pies del suelo. Solté la cuchara de madera, que cayó al piso con un repiqueteo seco, y por instinto puro envolví sus caderas con mis piernas, enterrando las manos en el cabello oscuro de su nuca mientras me giraba con una fuerza descomunal.
Sin apartar su boca de mi cuello, donde comenzó a dejar una hilera de mordiscos húmedos y ásperos que me hicieron arquear la espalda, me llevó a zancadas largas hasta la isla central de la cocina. De un manotazo brutal, barrió los recetarios, los frascos de especias y el frutero, haciendo que todo rodara y se estrello contra el suelo de piedra.
Me sentó de golpe sobre el borde frío del granito, separándome las piernas con autoridad absoluta antes de colocarse exactamente en medio, aprisionándome con su peso y su hambre desbocada.
—Mírame, osita —ordenó con la voz ronca, los ojos oscuros completamente oscurecidos por el deseo, brillando con esa locura posesiva que solo yo conocía—. Di mi nombre.
—Alessandro... —jadeé, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones cuando su mano áspera se coló por debajo de la camiseta, recorriendo la curva de mi muslo con una posesividad desesperada hasta encontrar la tela mojada de mi ropa interior.
Mis dedos se clavaron con fuerza en sus hombros, arañando la tela de su camisa negra mientras su dedo medio se deslizó directamente hacia mí, encontrándome empapada, temblando y rindiéndome antes de empezar. El gemido que se me escapó de la garganta fue por completo obsceno, un sonido roto que él devoró con un beso hambriento, salvaje, metiendo su lengua en mi boca con la misma furia con la que reclamaba cada centímetro de mi piel.
—Eres mía... solo mía, ¿oíste? —murmuró contra mis labios, mordiéndome el inferior hasta sacarme un hilo de sangre mientras su mano dentro de mí comenzaba a moverse con un ritmo rápido, profundo y calculado que me hizo arquearme contra el granito, perdiendo la cabeza por completo—. Ninguna sabandija de tu familia va a volver a pisar este lugar. Aquí mando yo, pero en la cama mandas tú, carajo.
—¡Más... Alessandro, por favor...! —le suplicué, perdiendo toda la dignidad, con las uñas hundiéndose en su espalda mientras el placer comenzaba a acumularse como una marea caliente y eléctrica en la base de mi vientre.
Sin apartar sus ojos negros de los míos, con una destreza salvaje que desafiaba la gravedad, desabrochó su pantalón de un tirón seco y liberó su erección palpitante y enorme. No hubo juegos previos ni suavidades innecesarias; con una estocada brutal y perfecta que me arrancó un grito lleno de éxtasis, se hundió dentro de mí hasta el fondo.
El impacto fue tan intenso, tan lleno de fuego y fricción, que sentí que el mundo entero se desmoronaba alrededor de la cocina. Las caderas de Alessandro comenzaron a embestir con una furia implacable, rítmica y sucia, golpeando contra las mías con una fuerza primordial que hacía vibrar el granito y me dejaba sin aire. Cada estocada era un recordatorio físico de a quién pertenecía, de que éramos carne de la misma tormenta, de que ningún fantasma ni pariente del pasado podía tocar lo que habíamos construido con sudor y sangre.
—¡Mírame! ¡No dejes de mirarme, Chiara! —exigía él entre jadeos pesados, agarrándome de las caderas con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas violáceas en mi piel mañana.
El placer subió por mi columna como una descarga de corriente pura, haciéndome contraer alrededor de él mientras el clímax estallaba en mi interior con una violencia ciega. Apreté las piernas contra su cintura, gritando su nombre contra su hombro mientras mi cuerpo convulsionaba en oleadas intensas. Al verme caer al abismo, Alessandro soltó un rugido gutural, un sonido primitivo arrancado desde lo más hondo de sus entrañas, y con tres embestidas finales, profundas y desesperadas, se derramó dentro de mí, temblando de pies a cabeza mientras hundía el rostro en mi cuello, respirando mi nombre como si fuera el único aire limpio en este mundo.
Editado: 17.09.2026