Chiara
El tic-tac del pequeño reloj de la mesita de noche parecía un martillo golpeando directamente contra mis sienes. Estaba sentada en el borde de la cama, con los dedos entrelazados y las manos heladas, temblando de una forma que no experimentaba desde los días en que huíamos por los callejones de la costa. Empezar de nuevo no era fácil; saborear la paz y construir un hogar en medio de la montaña nos había costado sangre, pero la vida siempre encontraba la manera de sacudir el tablero con sorpresas monumentales.
Mi mayor temor no era el dolor físico, ni el desvelo, ni las náuseas que me habían acompañado durante semanas. Lo que me encogía el corazón era mi pequeño Leo. Él era el rey indiscutible de nuestra casa, el centro de nuestro universo. ¿Cómo reaccionaría al saber que la exclusividad de nuestra atención tendría que dividirse? Tenía miedo de que se sintiera desplazado, de que el niño dulce y risueño que me pedía un hermanito con tanta inocencia cambiara de parecer cuando entendiera que los bebés requieren horas enteras de llantos, brazos y cuidados.
Un pitido electrónico corto, seco y definitivo cortó mis pensamientos. La alarma del cronómetro había terminado.
Contuvo la respiración, cerré los ojos un segundo para reunir el poco valor que me quedaba y, con una lentitud exasperante, estiré la mano y volteé los pequeños dispositivos de plástico blanco que reposaban sobre la sábana.
—Oh, Dios mío... estoy embarazada... —sollocé en un susurro apenas audible, sintiendo que las lágrimas, cálidas y liberadoras, comenzaban a desbordarse por mis mejillas.
Estaba feliz, inmensamente feliz, pero el pánico y los nervios me ahogaban el pecho. Me quedé allí, llorando en completo silencio, absorbiendo la magnitud de lo que significaba esa pequeña doble línea roja que marcaba el inicio de una nueva tormenta de amor en nuestras vidas.
—Mami... mami... —escuché unos pequeños susurros con una voz tan tierna que supe de inmediato quién estaba intentando infiltrarse en la habitación.
Finjí seguir profundamente dormida, apoyando la mejilla contra la almohada y cerrando los ojos con suavidad para ver qué se traía entre manos mi pequeño conspirador.
—Osita floja... si no despiertas ahora mismo, me voy a buscar a otra mami —susurró Leo junto a mi oído, seguido de una lluvia de besitos húmedos y torpes en mis mejillas que me hicieron cosquillas en el alma.
No aguanté más. Solté una carcajada sonora que lo sobresaltó, y antes de que pudiera escapar dando media vuelta, lo atrapé en el aire, tirando de él hacia la cama y envolviéndolo en un abrazo cerrado mientras empezaba a hacerle cosquillas sin piedad.
—¿Así que te vas a ir a buscar otra mami, eh? —le recriminé entre risas, mientras el niño se retorcía y carcajeaba a pulmón abierto—. ¡Creo que mereces un castigo severo, pequeño mocoso! ¡Oh, chiquillo, te vas a quedar sin carros de colección por un buen tiempo por andar amenazando a tu madre!
—¡No, mami, no es justo! —protestó Leo entre risas ahogadas, intentando apartar mis manos mientras sus ojitos brillaban de pura travesura—. ¡Puede haber muchas mamis en el mundo, pero es a ti a quien elegí y a quien amo con todo mi gran corazón!
Dios mío. Aquellas palabras cayeron sobre mi pecho como un golpe de gracia. ¿Cómo era posible que un niño de tres años tuviera esa capacidad tan devastadora para desarmarme? Una lágrima solitaria, pesada y brillante, volvió a deslizarse por mi mejilla, traicionando mi intento de mantener la compostura.
—Yo te amo más, mi chiquito —le susurré, acunando su carita entre mis manos y besando su frente con devoción infinita—. Siempre serás el bebé de mami, aunque te vuelvas un viejito feo de doscientos años con bastón.
Leo frunció el ceño de inmediato, inflando los carrillos con una indignación teatral que me robó otra carcajada.
—Mami, ¿cómo puedes decir que seré un abuelito feo? —se llevó una mano al pecho en un gesto tan dramático que parecía una fotocopia exacta de su padre cuando lo confrontaba en los negocios—. ¡Yo voy a ser un abuelito muy guapo y con muchos carros deportivos!
—Vamos, cielo, levántate —le dije, ayudándole a arreglarse la ropa y secándome disimuladamente los ojos—. Papi ya debe estar por llegar del puerto y tenemos que darle una gran sorpresa.
—¿Qué sorpresa, mami? —preguntó él con curiosidad, ladeando la cabeza.
—Para ti también va a ser una sorpresa gigante, igual que para tu tito Damon.
—No me hables de Damon, estoy enfadado con él todavía —sentenció el niño con una seriedad absoluta, cruzando los brazos sobre el pecho.
Oh, Dios mío. La enemistad temporal entre mi hijo y el capo de San Petersburgo iba en serio. Pobre de mi cuñado; esta vez yo no pensaba interceder ni un solo segundo para salvarlo del hielo emocional de su sobrino.
Bajamos al salón principal de la enorme mansión. Allí estaba Damon, sentado en uno de los sillones de cuero con una expresión de perro lastimero y abandonado que, de no ser porque conocía su historial de brutalidad en los bajos fondos, me habría dado hasta lástima. Ver al mafioso más temido de Rusia completamente dominado y aterrorizado por el desprecio de un niño de tres años era un espectáculo digno de enmarcar. Si mi nuevo bebé resultaba ser niña, pensé con una mezcla de diversión y terror, iba a tener a ambos hombres comiendo de la palma de su mano en cuestión de segundos.
—Pequeño... ¿sigues molesto con tu tito? —intentó tantear Damon con una voz inusualmente suave y cautelosa.
Leo ni siquiera giró a mirarlo; desvió la vista hacia el ventanal con una superioridad digna de la realeza. Damon, desesperado, me miró a mí pidiendo auxilio con los ojos abiertos de par en par, pero me hice la total y absoluta desentendida, dedicándole una sonrisa cínica.
—Cuñado, necesito un favor —le dije a Damon, ignorando su sufrimiento infantil—. Voy a salir un momento al centro de la ciudad. ¿Puedes quedarte a cargo de Leo? Ya casi es la hora de su siesta y no quiero que ande de mal humor el resto del día.
Editado: 17.09.2026