Chiara
El zumbido constante de los motores del avión privado comenzó a descender de tono, anunciando el inminente aterrizaje en el aeropuerto de San Petersburgo. Viajar por delante de Alessandro había sido su orden estricta, una medida de precaución mientras él terminaba de asegurar los últimos cabos sueltos en los muelles de Italia y preparaba el terreno para reunirse con nosotros un par de días después. El destino era claro: Moscú y, posteriormente, la imponente e inaccesible mansión de Damon, nuestro querido y temido cuñado postizo, además de padrino oficial de Leo.
He de admitir que Damon era probablemente la persona más fría sobre la faz de la tierra. Su sola presencia intimidaba, con esa mirada glacial que parecía calcular el valor y el destino de cada alma en la habitación; sin embargo, existía una extraña y selectiva excepción con nosotros, y sobre todo con Leo. Aunque, viéndolo desde otra perspectiva, a veces sentía que el mismísimo Damon planeaba secuestrar a mi hijo para convertirlo en su heredero en algún sindicato secreto del frío.
—Mami... hoy voy a ver a mi tito? —escuché la tierna y aguda voz de mi hijo a mi lado. Leo era un niño adorable y dulce con su familia, pero con los extraños poseía una coraza impenetrable, una réplica exacta de la fría y calculadora compostura de Alessandro y de Damon. Parecía más un mini capo en entrenamiento que un niño de tres años.
—Sí, mi cielito. Y recuerda que debes portarte bien... o hacerle muchas bromas nuevas a tu tito para ver si despierta de su letargo —le seguí el juego con una sonrisa cómplice.
—¡Yeiiii! —gritó el pequeño, saltando sobre su asiento con la energía al 100%. De pronto, se quedó en silencio, me miró con unos ojitos destellantes y preguntó—: Mami... ¿te puedo pedir algo?
Lo supe de inmediato. Iba a pedir algún carro de colección, un juguete costoso o una montaña de dulces prohibidos por su padre.
—Sí, mi amor, dime.
—¿Me puedes regalar una hermanita?
Me ahogué de golpe con mi propia saliva. Un acceso de tos repentino me sacudió el pecho, mientras la dura y caótica realidad me golpeaba en la cara, trayendo de vuelta todas las piezas del rompecabezas: las náuseas de los últimos días, el cansancio inexplicable, los cambios de humor desquiciados... y el maldito retraso que llevaba ignorando por pura negación.
—Oh, mi amor... por supuesto que sí, mi niño —atiné a balbucear, acariciándole los rizos oscuros mientras el corazón me latía a mil por hora—. Pero cielo... puede ser una hermanita o un hermanito, ya sabes que la vida decide, no te puedo prometer el género exacto.
Leo frunció los labios un segundo, lo pensó con madurez militar y encogió los hombros.
—No importa, mami. Igual lo voy a querer muchísimo y así ya no voy a estar solito jugando con el perro.
Escuchar esas palabras me destrozó el alma de la ternura más pura. Estuve a punto de romper a llorar allí mismo en medio del pasillo del avión. Era el niño más dulce del universo.
—Mi amor, despierta, ya estamos llegando —le dije a Leo, que se había quedado dormido de repente sobre mi regazo con la misma facilidad con la que su padre caía rendido después de una maratón de trabajo. Parecía que en eso de la pereza sí se había sacado la lotería conmigo.
—¿Ummmmm? Mami, tengo sueño... —murmuró tallándose los ojitos, hasta que de golpe la realidad lo sacudió—. ¡¿Ya llegamos?! ¡Ya llegamos, mami! ¡Apúrate, quiero ver a mi tito!
No pude evitar soltar una carcajada sonora ante su bipolaridad repentina.
Quince minutos más tarde, ya con las maletas en mano y cruzando las puertas de llegada del aeropuerto privado, la sonrisa de Leo comenzó a transformarse en un puchero de impaciencia. Daba pequeños pisotones contra el suelo de mármol; ni rastro de Damon por ninguna parte. Justo en ese instante, el teléfono en mi bolsillo vibró con insistencia.
—¿Hola, Damon? —contesté con una ceja arqueada.
—Chiara... perdoname, se me había olvidado por completo que aterrizaban hoy —la voz ronca y cínica de mi cuñado sonó al otro lado de la línea, acompañada por el sonido de papeles moviéndose—. Si no es porque Alessandro me manda un mensaje amenazándome de muerte desde Italia, ni me acuerdo.
—Ya decía yo que tanta puntualidad no era de tu estilo —le solté con sequedad—. Bueno, no te preocupes, me lo imaginé. Pero te aviso una cosa: vas a tener bastantes problemas con cierto individuo. Tu ahijado te ha estado esperando en la puerta del avión y, por lo que veo en su cara, está que echa chispas de enojo.
—Espera, no me digas eso... Chiara, me tienes que ayudar con el mocoso —bufó Damon al otro lado, perdiendo por un segundo su habitual fachada de intocable—. La última vez que lo hice enojar me ignoró por un día entero, ¡incluso me dijo que ya no era su tito! Tienes que mediar, por el amor de Dios.
—Ah, no, querido cuñado, esta vez te toca solucionar tus líos por tu cuenta. Yo voy a pasar primero a la farmacia a comprar unas cosas y luego nos vemos en tu casa... Y una advertencia, Damon: espero no encontrar cuatro cariñosas desnudas y tiradas en el salón como la última vez que vine de visita.
—No prometo nada, ¡Jaja! —se burló él antes de suspirar—. Bueno, tengan cuidado en el camino, no vaya a ser que Alejo mande a un comando a matarme por descuidarlos.
Cuelgo el teléfono con una sonrisa en los labios y le hago señas a un taxi privado que nos esperaba en el hangar.
—Lléveveme primero a una farmacia, por favor —le indiqué al chófer en ruso fluido, sintiendo que las manos me temblaban ligeramente de los nervios.
Diez minutos después, salía del establecimiento con una pequeña bolsa blanca firmemente apretada contra mi pecho. Cuatro pruebas de embarazo caseras descansaban en el fondo. Tenía que estar segura antes de que Alessandro cruzara medio mundo para venir a enterarse de que iba a ser padre por segunda vez en medio de la mafia rusa.
Editado: 17.09.2026