Un acuerdo con el capo

Especial

Leo🐣

Estoy muy furioso con mi Tito el cree que no lo sé pero nos está cambiando por una fea , quiero una Tita pero ella se ve muy mala , me acerco hasta donde está

- hola has visto a mi Tito ? - le pregunto a la fea dama, pero ella me empuja y me hace cara de popo

- que haces bastardo no me diríjas la palabra, la servidumbre no puede hablarle a la señora de la casa - por qué dice eso ? Le diré a mi mami que está señora me dijo cosas muy feas

- no me llamo como esa grosería, mi nombre es leo y te estoy preguntando si has visto a mi tito- le digo como me enseñó mi papi

- no se quién carajos es tu Tito pero a mí me hablas bien mocoso - levanta la mano y me golpea, es la primera vez que alguien me pega y empiezo a llorar, no me gusta ser pequeño, no me gusta que me griten , mis papis y mi Tito siempre me hablan bonito, la señora fea me agarra del cabello y agarra algo y me tapa la boca- esto te pasa por bastardo y por no saber cuál es tu lugar mocoso- me mete en el armario pequeño de mi Tito y cierra la puerta, está todo oscuro tengo miedo

- espero que mueras como la basura que eres - dice la señora mala - lloró mucho me duelen mis cachetitos y mi cabeza

Tengo mucha hambre todavía la señora fea no me abre la puerta, tengo sueño y miedo quiero a mis papis , ya no quiero tanto a mi Tito por qué el no me creyo cuando le dije que esa señora era mala y dijo que estaba confundido por estar pequeño...

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Damon

El zumbido constante de los monitores en la habitación del hospital era lo único que lograba amortiguar el sonido de mis propios latidos, que amenazaban con reventarme el pecho. Tenía la mirada fija en el pequeño bulto recostado en la camilla. Mi sobrino. Mi rey. La única persona en este maldito mundo, junto con mi hermano Alessandro, mi cuñada Chiara y los tres bebés que venían en camino, por la que yo sería capaz de incendiar ciudades enteras sin vacilar ni un solo segundo.

​Retrocedamos unos días en mi mente, a ese maldito instante en el que el mundo se detuvo.

​Llegué a la mansión sintiendo el cansancio acumulado de las últimas semanas. No vi a Martina por ninguna parte, lo cual me dio un respiro; lo más probable es que estuviera en el distrito comercial gastando mi dinero en ropa de diseñador. Para la organización y para mantener las apariencias frente a los socios, Martina era mi «puta con privilegios», una fachada conveniente para demostrar que mi vida personal no era un caos inestable. Sin embargo, nunca le permití cruzar la línea de lo sagrado. Mi sobrino Leo la aborrecía desde el primer día, y aunque en su momento pensé que era capricho de niño, ahora entendía que el instinto de los inocentes rara vez se equivoca. Jamás le conté a Martina que Leo era mi todo, porque sabía que una mujer vendida y ambiciosa no es de fiar; si se viera arrinconada, sería capaz de vender al mismo diablo, o peor aún, hacerle daño al niño.

​—¿Mocoso? Ya llegué —anuncié al entrar al ala principal, colgando el abrigo en el perchero.

​No hubo respuesta. Quizás se había quedado dormido en su sala de juegos. Caminé hasta su habitación —una recámara inmensa que ocupaba la mitad de la planta alta, decorada con maquetas de autos y juguetes que yo mismo le mandaba a fabricar en Italia—. No estaba.

​—¡Max! —grité con un tono de voz que hizo que los candelabros del pasillo parecieran temblar—. ¡Max!

​—¿Dije jefe? —respondió Max corriendo por el pasillo, apareciendo frente a mí con el ceño fruncido y la respiración agitada por la carrera.

​—¿Dónde diablos está Leo? Llevo rato buscándolo por toda la mansión y no responde.

​Max me miró con una extrañeza genuina, ladeando la cabeza.

​—¿El pequeño jefe... no se fue con usted a las bodegas del puerto?

​El aire se congeló en mis pulmones. Lo tomé de la solapa de la chaqueta y lo empujé contra la pared con una fuerza brutal.

​—¿Por qué diablos habría ido conmigo a las bodegas de armas, idiota? ¡¿DÓNDE ESTÁ LEO?! —rugí, sintiendo cómo el pánico comenzaba a envenenar mi sangre.

​Max palideció al instante. Comprendió la gravedad de la situación antes de que yo terminara de parpadear. De inmediato, sacó el radio comunicador y ordenó a los guardias perimetrales y al personal de servicio que bloquearan todas las salidas y registraran cada rincón de la propiedad.

​—Pregúntale a todo el maldito personal por él, Max —le ordené con una voz helada, mortal, desprovista de cualquier atisbo de humanidad—. Y si alguien abre la boca para decir tonterías o se atreve a ocultar algo... los matas tú mismo con tus propias manos.

​Pasó media hora. Luego una hora. El tiempo se estiró como una pesadilla de la que no podía despertar. Ya le había avisado a Alessandro, quien venía en camino conduciendo como un demente, y el terror de tener que enfrentar a Chiara cuando se enterara de esto me helaba los huesos. Yo sabía lo que mi cuñada era capaz de hacer; si a mí me daban ganas de arrancarme la piel por la desesperación, lo que ella haría con los responsables iba a ser una masacre bíblica.

​—¿Dónde estás, pequeño? No me hagas esto... por favor, no me hagas esto, Leo... —murmuraba para mí mismo, caminando de un lado a otro por el pasillo como un animal encerrado en una jaula.

​Más de ocho horas de búsqueda frenética. Ocho malditas horas de infierno. Necesitaba un trago de whisky para calmar el temblor de mis manos, así que entré a mi estudio privado, abrí la puerta del armario pequeño donde guardaba las botellas de reserva y...

​Caor.

​Un bulto pequeño se desprendió del interior, rodando contra el suelo de madera con un sonido seco y lamentable.

​—¡Leo! ¡Pequeño! —grité arrojándome al suelo.

​Lo alcé en mis brazos con una desesperación ciega. El cuerpo de mi sobrino estaba helado, rígido, con un rastro de sangre seca cruzándole la mejilla y un pañuelo sucio atado con fuerza alrededor de su pequeña boca como mordaza. Estaba inconsciente. Su respiración era tan débil, tan frágil, que sentí que el corazón se me detenía de inmediato.




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