Sylvie.
Mi madre siempre decía que hay tres reglas que una cazadora de vampiros nunca debe romper.
La primera: nunca muestres debilidad ante un chupasangre.
La segunda: nunca salgas de casa sin estacas de repuesto.
La tercera, y esta la añadió mi padre un martes cualquiera mientras remendaba un calcetín: nunca aceptes una invitación a pasar en una mansión oscura, porque quien dice «adelante, por favor» a medianoche tiene colmillos o un seguro de vida mal planeado.
Mis padres son brujos. Mi madre, Marguerite Black, tiene una tienda de pociones en la calle Atlantic, entre una panadería de duendes y un taller de escobas voladoras donde nunca pasan la inspección de tráfico. Mi padre, Edmund, hace amuletos y una sopa de cebolla que cura la melancolía y, de paso, el estreñimiento. Me criaron en esa casa que huele a romero y a miedo, y me enseñaron que el mundo se divide en dos clases de seres: los que respiran y los que se alimentan de los que respiran. Yo respiro con muchísimo orgullo.
Por eso, a las dos de la madrugada de un jueves helado de octubre, yo estaba agazapada sobre una viga del techo del Gran Teatro Lúgubre, un teatro abandonado en el muelle de Brooklyn, con una estaca de fresno en cada mano y el trasero entumecido.
El Gran Teatro Lúgubre llevaba cuarenta años cerrado. Decían que en su último estreno una soprano se tragó una nota tan aguda que los vitrales se rajaron y el público huyó en estampida, y que desde entonces no volvió a entrar nadie, excepto las ratas, las palomas y, según mi fuente, un vampiro con muy mal gusto para elegir escondites.
Mi fuente era un troll que conduce un taxi y que me cobró doce dólares por la información y otros tres por un chicle de menta que ni siquiera me dio. Los trolls no son muy confiables, pero son los únicos que conocen todos los atajos de la ciudad.
Revisé mi equipo por quinta vez. Soy una profesional, y las profesionales revisan su equipo hasta que los nervios se rinden.
En mi cinturón llevaba cuatro estacas de roble, dos de fresno y una de repuesto llamada Gertrudis, a la que le tengo un cariño irracional porque con ella despaché al vampiro de Queens que vivía dentro de un contenedor de basura. En la mochila cargaba un crucifijo de plata bendecida, un frasco de agua bendita que disfracé con una etiqueta de perfume francés para que los vigilantes del metro no me hicieran preguntas, y una trenza de ajos tan grande que yo misma olía a pizzería de barrio. Colgado del cuello llevaba el amuleto que me regaló mi madre cuando cumplí cinco años, un medallón de plata viejo con una piedra roja en el centro. Lo uso siempre. No es que crea en la suerte, pero mi madre se ofende si no lo llevo puesto.
Esa noche el medallón estaba raro. Estaba tibio. Me lo toqué por encima de la chaqueta de cuero y pensé que sería la calefacción de mi cuerpo, o que me estaba dando fiebre, o que mi madre le había echado alguna pócima nueva sin avisarme. Lo dejé pasar. Tenía cosas más importantes en la cabeza.
Mi presa de esa noche no era un vampiro cualquiera.
Se hacía llamar Sir Drácula.
Sí, Sir. Como si el apellido de la leyenda no fuera ya suficiente arrogancia, el sujeto le había añadido un título de caballero que nadie le dio. Llevaba siglos fastidiando a la población del condado, según los registros del gremio de cazadores: desapariciones misteriosas, ventanas abiertas, damas desmayadas con dos agujeritos en el cuello y una sonrisa tonta en la cara. Eso último me enfurecía más que lo primero. Una cosa es que te muerdan y otra muy distinta es que te guste.
El gremio le había puesto precio a su cabeza y el precio era tan alto que podía pagarme un año entero de alquiler y, con suerte, un sofá que no estuviera hecho de caja de cartón. Y yo, Sylvie Black, veintitrés años, pelirroja de nacimiento y de temperamento, la cazadora número uno del distrito, estaba decidida a cobrarlo.
Aguanté en la viga una hora y media. Se me durmieron las piernas. Se me durmieron también los dedos de los pies, que ya es mucho decir, porque los dedos de los pies no sirven para nada y aun así se duermen. Un murciélago pasó colgando a mi lado y me miró con desaprobación. Le devolví la mirada. Aquí la que mandaba era yo.
Y entonces, a las dos y media de la madrugada, las puertas del teatro se abrieron solas con un chirrido digno de una película de bajo presupuesto.
Contuve la respiración.
Primero entró el viento, que arrastró hojas secas por la alfombra roída. Después entró un olor a cuero, a tormenta y a una colonia carísima que debía de costar lo que mi alquiler de tres meses. Y por último entró él.
Debo ser honesta, porque la honestidad es un valor de cazadora: me quedé quieta no por precaución profesional, sino porque algo en mi cerebro hizo clic y se apagó.
Era alto. Muy alto. Tenía el cabello negro azabache, largo hasta los hombros, peinado hacia atrás con una elegancia que daba rabia. Llevaba una capa negra con el forro rojo, un chaleco de terciopelo, una camisa blanca con las mangas desabrochadas y un pañuelo de seda anudado al cuello que no tenía ninguna utilidad y que le quedaba de maravilla. Tenía la piel pálida, los pómulos afilados, y una boca de esas que parecen siempre a punto de decir algo indecente.
Me enfadé. Me enfadé con cada célula de mi cuerpo. Un asesino de siglos no tiene derecho a verse así.
—Querido Gaspard —dijo con una voz grave que me recorrió la espalda como un escalofrío con mala intención—, dime que no estoy exagerando. Dime que esta noche me veo tan magnífico como creo.
Frunció el ceño y sacó de su capa un espejo de mano con marco de oro, adornado con unos ojos pintados que parpadeaban. Un espejo. Con ojos. Que parpadeaban.
—Oh, Vuestra Oscuridad —respondió el espejo con una vocecita cantarina y empalagosa—, estáis más resplandeciente que la luna en un cementerio de lujo. Esa mandíbula, mi señor, es una obra de arte. Los museos pagarían por ella.