Lucien.
En trescientos doce años he asistido a más de cuatrocientas entradas dramáticas. He visto a reyes irrumpir en salones con trompetas, a magos aparecer entre nubes de humo y a un tenor italiano caer de un balcón en plena aria. Pero jamás, en toda mi larga y brillante existencia, había presenciado una entrada tan espectacular como la de un candelabro de veinticuatro brazos atado a una puerta de roble que se estrellan juntos contra el suelo de una fortaleza de queso.
Hay que reconocerlo: tuvo estilo. Poco, pero tuvo.
—¡ABRÁNSEEEE! —seguía gritando Baltasar, rodando entre las baldosas con las velas encendidas y la llama azul convertida en un cometa—. ¡QUE LLEGA LA CABALLERÍA!
—¡Soy la caballería! —gritó Eufrasia, aplastando de paso a dos ballesteros que se habían quedado mirando hacia arriba con la boca abierta—. ¡Me llamo Eufrasia de las Bisagras Doradas y vengo a repartir portazos!
Los renegados se quedaron paralizados. Era comprensible. No se les había preparado en ninguna academia para el ataque de una puerta con opiniones. Uno de ellos, un joven de aspecto tímido que sostenía una ballesta con ambas manos, se volvió hacia su compañero y preguntó con un hilo de voz:
—¿Eso se puede hacer?
—No lo sé —respondió el otro—. Nadie nos dijo nada de las puertas.
Aproveché ese instante de duda, que fue de unos dos segundos y medio, para tomar a Sylvie por la cintura y arrojarla detrás de la mesa más cercana, que era un monstruoso tablón con patas de barril, lleno de quesos a medio comer y de cuchillos de mantequilla.
—¡Ay! —gritó ella al aterrizar—. ¡Avisa!
—¡No había tiempo!
—¡Siempre hay tiempo para avisar!
—¡Cuidado con las ballestas!
Un silbido cruzó el aire. Una flecha de plata se clavó en el tablón, a dos centímetros de mi oreja, con un golpe seco. Otra rozó mi capa, y se llevó un trozo. Una tercera, y esto lo digo con el corazón en la mano, que no late, me arrancó un mechón del flequillo.
Lo vi caer en el suelo, despacio, en una espiral negra y sedosa. Un mechón. Mi mechón. Con toda su historia.
—Gaspard —susurré, con voz temblorosa.
—Dime, señor.
—¿Ha caído mi flequillo?
—Un mechón, señor. Pequeño. Del lado derecho.
—Voy a matarlos a todos.
—Os entiendo perfectamente, mi señor.
Salí de detrás de la mesa con la espada desenvainada y una expresión que no se veía en mi rostro desde la Revolución Francesa. Sylvie me miró con ojos desorbitados.
—Lucien, ¿qué haces?
—Defender mi honor.
—¡Estás sangrando!
—¡Es un mechón!
—¡Los mechones no sangran!
—¡Los míos sí!
Fue entonces cuando Gaspard, que se había asomado a mi bolsillo con el marco ladeado y las pestañas pintadas muy abiertas, soltó un grito de genio.
—¡Mi señor! ¡Sacadme! ¡Sacadme y apuntadme a las antorchas!
—¿Para qué?
—¡Soy un espejo, mi señor! ¡Tengo un reflejo de calidad! ¡Puedo cegarlos!
Lo saqué del bolsillo con una mano, lo giré hacia la antorcha más cercana y lo levanté en alto con la gracia de un esgrimista. Gaspard captó la luz y la lanzó como un rayo blanco contra los ballesteros de la galería. Cinco renegados soltaron un grito y se taparon los ojos. Uno de ellos disparó al techo. Otro se cayó de espaldas sobre un barril de requesón.
—¡Funciona! —aulló Gaspard, con un entusiasmo de niño—. ¡Funciona, mi señor! ¡Qué momento tan glorioso para un espejo!
—¡Sigue así!
—¡Estoy cegando a todo el mundo! ¡Soy un faro! ¡Soy una estrella!
—¡Eres un héroe, Gaspard!
—¡Lo sé! ¡Y además, hoy llevo bien el marco!
La confusión se extendió por el salón como un reguero de pólvora. Los vampiros chocaban entre sí, gritaban, disparaban a ciegas. Alguien arrojó una red con cuchillas que atrapó a tres compañeros. Alguien más derribó un candelabro, que prendió fuego a un tapiz con forma de queso curado. El tapiz ardió con un olor a pizza quemada.
—¡Es la hora, amigos! —proclamó una voz cascada junto a la puerta de la cocina.
Madame Griselda acababa de entrar de espaldas, empujando su caldero con las dos manos y una expresión de absoluta determinación. Detrás de ella venía Mortimer, con la peluca torcida y la cesta de bocadillos colgada del brazo, y por último, con un estrépito de hojalata y un grito de guerra que se oyó hasta en las Tierras Brumosas, Sir Ruperto, con el hacha en alto y un salchichón colgado del casco.
—¡Por el honor y el cocodrilo! —rugió.
—¡Aquí estamos! —anunció Griselda—. ¡Hemos pasado por la cocina! ¡Todo despejado! ¡Bueno, casi!
—¿Cuántos guardias había? —pregunté.
—Siete. Pero Mortimer los ha convencido de que se tomaran un té con pastas.
—Lo ofrecí con la mejor educación —explicó Mortimer, solemne—. Les dije que era un recibimiento cordial. Estaban encantados. Ahora duermen. Eran pastas con valeriana.
—¡Brillante! —exclamé.
—Gracias, mi señor. Aunque tendremos que pagar el servicio de limpieza.
Draven, que había permanecido inmóvil junto a la columna con la daga en la mano, observaba la escena con una expresión cada vez más sombría. Era un vampiro de cara afilada y ojos amarillos, con la clase de sonrisa que se le pone a los que están acostumbrados a ganar. Había sido el verdadero cerebro de los renegados desde la muerte de Isolda, y su única debilidad conocida era que no soportaba que le interrumpieran un monólogo.
—¡Basta de payasadas! —gritó, con una voz que retumbó en la bóveda—. ¡Cojan a la chica!
—Lo intentamos, jefe —respondió un renegado, con la cara llena de requesón—. Pero hay una puerta.
—¡Pues derribad la puerta!
—Es muy agresiva, jefe.
—¡ES UNA PUERTA!
—¡Soy Eufrasia! —gritó Eufrasia, y le dio un portazo en la nariz al pobre vampiro, que cayó de espaldas con un ruido de cartílago.
Griselda levantó entonces el caldero, que burbujeaba de un modo ominoso, y le dio una palmada en el costado.