Sylvie.
Despertar siendo reina se parece mucho a abrir el armario de tu abuela y que te caiga encima toda la ropa.
Primero llega el peso. Tres siglos de recuerdos que no son tuyos, apilados sin orden, con las mangas enredadas y olor a naftalina. Después, el caos de las cosas que sí reconoces: una nana en seis notas, una habitación oscura, unas manos frías acariciándote el pelo. Y por último, enterrado debajo de todo, un recuerdo diminuto que te saca las lágrimas sin que sepas por qué: un joven vampiro de tercera fila, con un pañuelo de seda al cuello y el flequillo ya impecable, meciendo una cuna con una mano mientras tarareaba fatal y con la otra le sostenía el sonajero a una niña recién nacida.
Era él. Lucien. Con trescientos años menos de vanidad y un sonajero.
Me quedé quieta, con los pies sobre la alfombra de la biblioteca y los ojos fijos en aquel hombre despeinado, de frac negro, que me miraba con la boca abierta y las manos temblando. Yo sabía perfectamente quién era. Era mi marido desde hacía cuatro minutos. Era el vampiro que me había besado siendo sapo y yo a él siendo mujer. Era el hombre que había dicho sí sin peinarse.
Abrí la boca para decírselo.
—Perdone —dijo mi boca, con una voz grave, regia, de acento antiguo—. ¿Quién es este hombre?
No fui yo quien lo dijo. Quiero dejarlo claro. Fui yo quien lo pensó, pero las palabras salieron por otra puerta, con la barbilla alta y las cejas arqueadas y una elegancia que me heló el estómago.
Lucien se puso pálido. Y eso que ya lo estaba.
—Majestad —balbuceó, con una reverencia tan baja que casi se da con la frente en el atril—. Soy Lucien Moreau. Conde de las Tierras Brumosas. Serví el té en vuestra casa hace veintitrés años. Y... —Tragó saliva—. Y acabo de casarme con vos. Con quien erais. Con la que sois. Es un poco largo.
—Un conde de la servidumbre —dijo mi voz, con un aire de absoluto desinterés.
—Sí, majestad.
—Con un tatuaje.
—Es un malentendido.
—Dice FRÍVOLO.
—Es una cuestión administrativa.
Dentro de mi cabeza, una Sylvie con las manos en el pelo gritaba que parara, que parara ya, que ese hombre acababa de decir mi nombre en voz alta delante de cuarenta personas y de un ácaro. Pero la que mandaba en ese momento tenía otras ideas. Era una presencia alta, fría y majestuosa, de ojos rojos y túnica negra, que se había sentado en mi cerebro con las piernas cruzadas y una taza de té en la mano.
—Perdona —le dije, hacia dentro—. ¿Puedes dejarme hablar?
—Hablamos nosotras —contestó la voz, en mi cabeza.
—Es mi cuerpo.
—Es nuestra dinastía.
—Es mi marido.
—Es un servidor.
—Es un servidor con el que me he casado esta mañana.
—Qué descuido de nuestra parte.
—¡No fue un descuido! ¡Fue una boda!
—Una boda de urgencia, sin damas de honor ni cuarteto de cuerda.
—¡Había un ácaro con un cojín!
—Eso es un detalle de mal gusto.
Nos pusimos las dos a discutir en el cráneo con una violencia silenciosa, mientras por fuera la mujer del velo burdeos y los ojos rojos permanecía inmóvil, con la barbilla levantada y un ligero temblor en la ceja izquierda. Nadie se movió en la biblioteca. Mi padre se había llevado la mano a la boca. Marguerite lloraba, pero con el sonido apagado. Bartolomé, con el lápiz en alto, no se atrevía ni a parpadear. En la primera fila, mi abuelo Casimiro se había puesto de pie con la capa en la mano y la expresión de un hombre que reconoce a su propia madre en el cuerpo de su nieta.
—Es ella —murmuró—. Es la voz de mi madre. La reina Sylvia Primera. Siempre tuvo ese tono de acabar con las conversaciones.
—Papá —dijo Isolda, con un hilo de voz—. Esto no lo tenía previsto el hechizo.
—Los hechizos nunca prevén a las abuelas.
—Cuidado —dijo Úrsula, con la mano apretada sobre el bolso de cocodrilo—. La sangre antigua tarda un rato en acomodarse. Dejadla.
—Pero ¿y si se queda así?
—Pues tendremos una reina muy seria. Han pasado cosas peores.
Yo, mientras tanto, estaba librando la batalla más extraña de mi vida. Había intentado levantar una mano y se me había levantado la ceja. Había intentado dar un paso y había hecho una pequeña reverencia a la nada. Había intentado decir tengo hambre y mi boca había pronunciado: Nos placería un refrigerio.
—¡Un refrigerio! —exclamó Mortimer, con un sobresalto de felicidad—. ¡Majestad, para eso estoy! ¿Desea Su Majestad un desayuno de coronación?
—Deseamos sangre —respondió mi voz.
—Le sugiero chocolate caliente.
—Deseamos sangre.
—Con nata.
—Deseamos... —Mi voz titubeó un segundo—. Chocolate. Con nata. Y un croissant.
—Faltaría más.
Se alejó con una reverencia, con las manos temblándole de emoción, y Gregorio y Hugo salieron corriendo detrás con una cesta. En mi cabeza, la Sylvie de Brooklyn soltó un aullido de victoria.
—¿Has visto? ¡Has pedido chocolate!
—Fue un momento de debilidad.
—¡Has cedido!
—Hemos cedido.
—¡Yo he cedido! ¡Tú has disfrutado!
—Era un chocolate de calidad.
—Estás hablando de un chocolate que no existe.
—Existirá.
Me puse a pensar en una táctica. Era una cazadora. Había derrotado a ciento veintitrés vampiros con una pata de silla. No iba a dejarme dominar por una reina del siglo catorce con un complejo de plural mayestático. Respiré hondo y busqué dentro de mí, en aquel armario de abrigos antiguos, el rincón más pequeño, el más tonto, el más mío. Una cosa que ella no hubiera podido heredar.
Pensé en el sapo. En un flequillo mojado sobre unos ojos dorados. En un croac de dignidad herida.
Y mi boca, sin pedirle permiso a nadie, soltó una carcajada.
Fue una risa grande, brusca, ahogada, de esas que te doblan por la mitad. Me llevé las manos al estómago. La voz regia se quebró. La Reina Sylvia, en mi cabeza, soltó un chillido de desconcierto y se agarró a la taza de té con las dos manos, mientras la del vestido burdeos, la de Brooklyn, la de los tres pares de botas, se echaba hacia delante con los ojos llenos de lágrimas y el velo hecho un nido.