Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 31: Vestido.

Sylvie.

Cuando a una cazadora le dicen que tiene cinco horas para casarse con un vampiro, lo normal es desmayarse, clavar una estaca o hacer ambas cosas por orden alfabético. Yo hice una tercera, mucho menos elegante: me puse a hacer inventario de zapatos.

—Tengo unas botas —dije en voz alta, en medio del patio, con la mirada perdida—. Negras. De cuero. Con una suela muy buena para correr tras vampiros. No tengo ningunos zapatos de novia.

—Eso es lo de menos, hija —respondió mi padre, Ambrosio, con una sonrisa radiante, aún en pijama de seda verde—. Yo me casé descalzo.

—Te casaste en un castillo.

—Con el suelo helado. Pero fue muy romántico.

—Papá, esto no es romántico. Es un trámite.

—Todo lo romántico es un trámite si lo miras con ganas.

Lucien, a mi lado, no dijo nada. Llevaba un minuto largo con la boca abierta, con las dos mitades del medallón colgándole del cuello y la palabra FRÍVOLO asomando por la camisa rasgada, y tenía la expresión de un hombre al que acaban de entregar la partitura de una ópera sin avisarle de que él era el tenor. Me miró. Le miré. Los dos apartamos la vista a la vez, con idéntica velocidad, y Gaspard soltó desde su bolsillo un suspiro de espejo que se oyó hasta en la torre.

—No es una propuesta —repetí, por si no había quedado claro.

—Por supuesto que no —dijo Lucien, con una voz diez centímetros más aguda de lo normal.

—Es una operación de rescate.

—Una maniobra de contención.

—Con testigos.

—Y con frac.

—Qué ilusión —murmuró mi madre humana, Marguerite, con un pañuelo en cada mano y los ojos como dos fuentes.

Bartolomé, subido a su barril, dio una palmada que nos hizo saltar a todos.

—Atención, familia. Son las dos menos diez de la madrugada. El sol sale a las siete y doce. Tenemos cinco horas y veintidós minutos para organizar una boda, y propongo que lo hagamos con método.

Sacó la libreta, humedeció el lápiz con la lengua y empezó a leer con voz de general.

—Uno, oficiante. Dos, testigos. Tres, anillos. Cuatro, vestido de la novia. Cinco, traje del novio. Seis, flores. Siete, música. Ocho, banquete. Nueve, licencia. Diez, que nadie se oponga.

—Yo me opongo —dijo Doña Perpetua, desde su rincón.

—Queda anotado, señora, y rechazado por improcedente.

—No he dicho por qué.

—No hace falta. Está jubilada.

La anciana bufó, se acomodó sobre su bolso sellado y aceptó otra pasta de manos de Mortimer, que había adoptado la costumbre de ofrecérselas cada diez minutos, con la delicadeza de quien alimenta a un gato furioso.

—Oficiante —dijo entonces una voz tímida.

Todos nos giramos. Gaudencio Gris Gris, con el chaleco de punto, el bigote lleno de crema y un sello pequeño de goma en la mano, había levantado un dedo como un alumno que sabe la respuesta.

—Yo puedo. Soy funcionario de primera clase del Registro General. Tengo atribuciones para celebrar matrimonios, nacimientos y cambios de domicilio.

—¿Y tienes licencia?

—La tengo en el bolsillo. —Sacó un papel arrugado, lo alisó con cariño y lo sostuvo en alto—. Licencia de oficiante, con tasas reducidas. Es de 1743, pero no consta que haya caducado.

—¿Y tú, Griselda, qué opinas?

La bruja, sentada a su lado con un trozo de bizcocho en la mano, miró al Canciller jubilado, miró el papel, y esbozó una sonrisa temblorosa.

—Opino que es lo menos que me debe.

Quedó decidido por unanimidad, con un voto en contra de Doña Perpetua que no se contó.

Lo demás fue un torbellino. Mortimer repartió tareas con la voz fúnebre de un general en retirada. Ruperto, nombrado padrino del novio por aclamación, salió disparado hacia el castillo gritando que iba a buscar su mejor salchichón. Baltasar se ofreció para la iluminación y empezó a colgarse de todas las vigas del patio, con la llama azul al máximo. Gregorio y Hugo corrieron a la cocina a hornear lo que quedaba de harina, que no era mucho, con el compromiso solemne de producir un pastel de bodas hecho de croissants apilados. Eufrasia fue designada puerta de honor. Fernando, el ácaro, recibió el cargo de portador de los anillos, y se puso tan contento que se comió una cortina.

—Fernando, no es comestible —dijo Hugo.

—Chiii —respondió, masticando.

—Es una cortina.

—Chiii.

—Pues de ahí no sale.

Y a mí, que no sabía dónde meterme, me agarró por el brazo una mano pequeña y arrugada, la de la Condesa Marchita, que había aparecido a mi lado con una cinta métrica colgada del cuello y unas agujas de punto en el moño.

—Querida —dijo, con su voz tranquila—. Necesitas un vestido.

—Es una de las cosas de la lista.

—Pues lo tendrás en tres horas.

—¿Cómo?

—Tejiéndolo.

—¿Tejiendo un vestido de novia? ¿En tres horas?

—Tengo mucha práctica y unos ovillos burdeos que he estado reservando. —Sonrió con una dulzura inquietante—. Llevo setenta años esperando que alguien me pida algo difícil.

La torre este, mi torre, la de la reja, se convirtió en un taller de alta costura. La Condesa se instaló junto a la ventana con siete ovillos, doce agujas y una velocidad de dedos que a mí me dio un ligero mareo. A su alrededor revoloteaba un equipo de ayudantes: Marguerite cortando cinta, Edmund enhebrando agujas con un calcetín, Gregorio traído de la cocina con un delantal manchado para hacer de maniquí improvisado, y Mortimer, siempre Mortimer, sosteniendo en alto un espejo de mano que no era Gaspard sino un espejo sin nombre, que suspiraba en voz baja cada vez que le tocaba reflejarme.

—Gírese un poco, señorita —decía Mortimer—. Ahora un poco hacia la izquierda. Un poco más. Ya está. Perfecto. Qué pena que no tengamos tiempo de bordar.

—Bordaremos en el tramo final —aseguró la Condesa, sin levantar la vista de su labor.

—Bordad un pañuelo —dije yo, y no sé por qué se me escapó.

—¿Un pañuelo?

—En el escote. Burdeos con un murciélago pequeño.




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