Un vampiro suelto en Brooklyn.

Capítulo 8: Pánico.

Lucien.

Quiero dejar constancia de que atrapé a Sylvie Black en el aire antes de que tocara el suelo, con una mano bajo las rodillas y otra tras la espalda, mientras la capa me ondeaba con un viento que no sé de dónde salió y que Gaspard atribuyó a mi presencia escénica.

Lo digo porque en los minutos siguientes perdí buena parte de mi dignidad, y conviene que quede registrado el momento heroico.

La llevé en brazos hasta el sofá de terciopelo de la biblioteca, la deposité con la delicadeza con que se coloca una porcelana de la dinastía Ming, que ahora sé que es mucho más delicada que ella, y le acomodé el cabello rojo sobre un cojín. Estaba pálida como una vela, con las pestañas húmedas y el medallón brillando sobre el pecho como un carbón encendido.

—Que alguien haga algo —dije.

Lo que ocurrió a continuación fue una catástrofe organizada.

—¡Sales! —gritó Mortimer, y salió corriendo con una pierna más corta que la otra por la emoción—. ¡Hay que traer sales!

—¡Aire! —ordenó Sir Ruperto, que acababa de entrar con un estrépito de hojalata—. ¡Que le den aire a la dama! ¡Retrocedan todos! ¡Soy un caballero cruzado entrenado en primeros auxilios!

—Tú no sabes de primeros auxilios, Ruperto —dijo Baltasar desde el techo, adonde se había vuelto a subir con un cable nuevo y un orgullo viejo—. Tú solo sabes de camellos.

—¡Los camellos también se desmayan!

—Los camellos no se desmayan. Se escupen.

Ruperto se plantó junto al sofá, levantó el hacha por encima de la cabeza y empezó a abanicar a Sylvie con ella, con una cadencia tan temeraria que el filo pasaba a un dedo de su nariz. Yo le sujeté la muñeca de hierro.

—Ruperto, deja el hacha.

—¡Es un abanico de emergencia, mi señor!

—Es un hacha de guerra del siglo trece.

—Es multiuso.

Mortimer volvió con un frasquito de cristal en la mano y la cara de quien lleva toda la vida esperando ese momento. Lo destapó con solemnidad y lo acercó a la nariz de Sylvie.

—Sales aromáticas, mi señor. De las buenas. Con esencia de ajo.

—¿Con ajo?

—Es lo que hay en la despensa.

Sylvie dio un respingo, abrió los ojos de golpe, estornudó tres veces seguidas y le soltó a Mortimer una patada en la espinilla que habría derribado a un buey.

—¡Mi tibia! —gimió el mayordomo, saltando a la pata coja—. ¡Es la única que me queda entera!

—Despierta —suspiró Gaspard, aliviado—. Mi señor, está despierta. Y con ganas de pelea. Qué maravilla.

Sylvie se incorporó en el sofá, con el cabello revuelto, la respiración agitada y los ojos verdes desorbitados, y miró a su alrededor como un animal acorralado: la biblioteca, las estanterías, el Archivista asomado tras un atril, la armadura con el hacha en alto, el candelabro colgando, el espejo en mi bolsillo y, por último, a mí.

—Tú —dijo con voz ronca.

—Yo —confirmé, con mi mejor media sonrisa de consuelo.

—Eres un mentiroso.

—Nunca te he mentido sobre mi belleza.

—¡No es verdad! ¡Es una trampa! ¡Todo esto es una trampa! —Se puso en pie de un salto, tambaleándose, con una mano apoyada en el respaldo del sofá—. Mis padres son brujos. Mi madre vende pociones. Mi padre fabrica amuletos y hace sopa de cebolla. Yo soy humana. Me da el sol. Me salen granos cuando como chocolate. Me duelen los pies cuando llevo tacones. Ninguna vampira tiene granos.

—Ninguna vampira de calidad, querida —admitió Gaspard.

—¡Cállate, espejo!

—Perdón.

Alcé las manos con la palma abierta, en la postura de un hombre que se acerca a un caballo desbocado.

—Sylvie, respira. Nadie ha dicho que seas una vampira.

—¡Has dicho que no era una broma!

—He dicho que no era una broma que existiera esa lista de apellidos. No he dicho nada de tu ADN.

—¡Eso es peor! ¡Es mil veces peor!

—Es posible.

—¡Dime qué sabes!

Me quedé callado un instante, escogiendo las palabras con el cuidado de un joyero. No es fácil decir la verdad cuando uno está acostumbrado a decirla con adornos. Pero la miré, tan pálida, tan furiosa y tan frágil, y por primera vez en tres siglos me salió una frase sin una pizca de teatro.

—Sé que tu sangre sabe a hogar —dije—. Sé que ese medallón es el sello de la casa que yo serví antes de que cayera. Sé que desapareció una niña hace veintitrés años y que alguien la escondió con un hechizo tan bueno que ni siquiera yo, con mi olfato, lo detecté. Y sé que anoche llegó una carta anunciando que los renegados han vuelto a oler su rastro.

—¿Los renegados?

—Los que mataron a los reyes. Los que se quedaron con su poder.

Sylvie se llevó una mano a la boca. Después movió la cabeza despacio, de un lado a otro, como una niña a la que le cuentan que el mundo es redondo.

—No. No, no, no. Mis padres me lo habrían dicho.

—Quizá tuvieron buenos motivos para no decírtelo.

—¡Me criaron para cazar vampiros!

—Un disfraz de primera categoría —murmuré, y ella me miró con unos ojos tan llenos de dolor que quise retirar la frase.

Hubo un silencio largo. En él se oyó a Mortimer, que frotaba su espinilla con la tristeza de un hombre acostumbrado a las pérdidas, y al Archivista, que susurraba a un libro vecino que esa era la mejor escena que había visto desde la de Romeo y Julieta.

—Necesito ir a casa —dijo al fin Sylvie, con una voz minúscula—. Necesito hablar con mis padres. Ahora mismo.

—No puedes salir del castillo.

—¡Eso me da igual!

—Me temo que a mí no. El castillo está encantado y los renegados saben que estás aquí. Si sales, te cazarán antes de pisar el puente.

—¡Entonces abre las puertas!

—Sylvie, escúchame...

—¡No! ¡Tú me escuchas a mí! —Me clavó un dedo en el pecho, justo donde no tengo corazón—. Me secuestraste. Me mordiste. Me tienes encerrada. Y ahora me dices que mi vida es una mentira y que unos asesinos vienen a por mí. ¡Estoy harta! ¡Abre ahora mismo esa maldita puerta o te juro que te arranco la peluca!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.